Guía Cereza
Publicado hace 1 día Categoría: Sexo anal 185 Vistas
Compartir en:


Las nalgas redondas y caderas anchas de la viuda, no permitieron apartar la mirada de Gustavo. Parecían una promesa de placer bajo las sábanas. su cuerpo aún mostraba la ausencia de un hombre y él fue elegido por ella para llenar ese vacío. Su verga se endureció de nuevo, palpitante contra su vientre, y sintió una oleada de deseo que le nubló la razón.


Ella, recostada de lado, comenzaba a despertar apenas, su respiración profunda y pausada. Pero Gustavo, no quería esperar. La suerte de haber conectado con aquella mujer —tan madura, tan sola, tan cargada de deseo contenido— lo excitaba. Deslizó la mano con lentitud sobre su cadera, sintiendo la tibieza de su piel, y acarició aquella línea perfecta entre la cintura y el costado, hundiéndose después por el pliegue de sus nalgas. Ahí se detuvo un segundo, el corazón martillándole en las sienes; luego repasó la hendidura con un movimiento suave, encontrando el pequeño orificio que ella aun no le había ofrecido.


La viuda dio un espasmo, tensó las nalgas y apretó el ojo oscuro de su ano, como si rechazara aquel contacto. Él apenas rozó la entrada con las yemas, pero notó que la dilataban, recibiéndolo con calor húmedo, sabía que había sido usado antes, quien sabe con cuánta frecuencia, por sus propios dedos o quizá por otros. Ella abrió un ojo, se incorporó apenas y emitió un murmullo aturdido:


—¿Gustavo…Que me haces?


Él no respondió con palabras, y desplazó los dedos hacia afuera, húmedos ya de flujo que se había filtrado al tocar su clítoris. Se excitó más al comprobar que la resistencia de ella no era más que un velo de pudor. Le apretó el hombro, la hizo quedar boca abajo y se arrodilló entre sus piernas mientras su lengua abría un camino a su culito.


Lamió de nuevo aquel hoyo del placer, apretó las nalgas con ambas manos y las abrió. El hoyo oscuro, fruncido, titiló al contacto de la punta húmeda de la lengua. Ella lo miro a los ojos. Gustavo entonces deslizó la palma por el interior del muslo, palpó la humedad que subía desde su sexo y la extendió hacia atrás, empapando el ano, mojándolo sin dejar de frotar. La viuda gimoteó, pero él ya deseaba con demasiada excitación.


Se incorporó de rodillas en la cama, monto su cuerpo sobre ella, frotó la punta de su pene contra aquella entrada tensa y lo empujó, presionando con el peso de su cuerpo. Sintió la primera traba, el anillo de carne que lo rechazaba; después un húmedo resbalón, y medio tronco   se deslizo en el interior cálido de ella. La viuda arqueó la espalda, se agarró a la almohada y su voz se quebró en un gemido tembloroso:


—¡Ahh! ¿Pero qué hace? … ¡Gustavo, no!


La protesta resonó en la habitación, pero las manos de él ya se habían posesionado de sus caderas, los pulgares abriendo surcos en sus glúteos para abrir paso a su grosor. Dio otra sacudida y tres cuartas partes del tronco se hundieron en aquella carne que cedía con lenta obediencia. El placer subió como un relámpago: caliente, apretado, prohibido. Notó cómo ella mordía las sábanas para ahogar un segundo grito, y aprovechó aquella tensión para acomodarse del todo hasta que sus testículos rozaron la humedad de sus labios vaginales.


Un segundo después se escuchaba solo la respiración entrecortada y los gemidos de arrechera. La viuda tensaba y destensaba inconscientemente el culo, mientras él permanecía quieto, dejando la presión sobre el dorso de ella y, sin retirarse, inclinando el su pecho para susurrarle al oído:


—Relájate… disfruta…yo tengo toda mi verga dentro de tu culo…


Ella no respondió con palabras, pero el cuerpo lo hizo: una ligera caída de cabeza, un suspiro que se quebró en gemido contenido. Gustavo retiró lentamente la mitad de su tronco y volvió a hundirlo. La viuda apretó las sábanas entre los puños, luego abrió las manos, extendió los dedos sobre la tela y adoptó una postura de sumisión absoluta: caderas en alto, espalda curvada, nalgas expuestas.


Él descubrió entonces el verdadero sabor de la victoria. Reguló la respiración, apretó las nalgas y comenzó un bombeo lento y profundo que abría paso al fuego interno de ambos. Cada embestida indicaba su dominio; cada retroceso, la entrega de ella. El cuarto se llenó de los ruidos sexuales de aquella culeada prohibida: el roce de la cama contra la pared, el roce de las bolas contra los muslos, su exhalación profunda y el sonido agudo de los gemidos de ella, ahora más libres.




La frase cayó sobre él como una orden y como un permiso al mismo tiempo. Gustavo aceleró el ímpetu; aferró sus hombros, usó el peso para clavarla contra el colchón y la taladró con una furia contenida, como si cada embestida fuera remarcando que era suya, aunque sólo fuera en aquella madrugada de luto roto. La viuda ya no ocultaba sus quejidos; los mezclaba con maldiciones y ruegos, abrió más las rodillas y apretó el ano en torno al invasor, provocando destellos de placer en ambos.


—¡Oh, ¡qué rico, síi, culeame asiiii, Gus, ¡más duro, papito!


Él notaba el calor que se concentraba en la base de su verga hinchada al máximo; sintió el pene palpitar en aquella morada cálida mientras las manos femeninas buscaron los bordes de la cama. Un aroma denso, mezcla de sexo, sudor, se quedó atrapado entre sus cuerpos. Pero no bastaba.


El levantó la mano derecha, descargó un suave azote en la nalga expuesta y el sonido seco sonó al mismo tiempo que ella en un fuerte gemido dijo «Más…» entre dientes. Gustavo repitió el golpe y tanteó con la otra mano hasta hundir dos dedos en su clítoris empapado. Una sensación única de placer la recorrió: ser llenada por las dos vías, ser usada, ser culeada.


El cuerpo de ella se inclinaba hacia el colapso del orgasmo. Él sentía la presión subir por su verga entera, queriendo estallar; pero quería verla rendirse primero. Apretó los dedos contra el punto G de ella, curvándolos hacia arriba mientras el ritmo anal se volvía despiadado. La viuda arqueó la espalda con violencia, sus pies se crispaban, las rodillas vibraban, y de su garganta brotó un alarido roto:


—¡Ay, me vengo… me estoy viniendo, no pares, por favor, no pares!


El orgasmo se apoderó de ella: primero un temblor interno, luego una oleada de calor que subió por el vientre, le puso los pezones como puntas de flecha y descargó un grito salvaje desde la garganta. Sus muslos se humedecieron aún más cuando su chorro fue a parar a la sábana, mientras el interior de su culo se contraía palmo a palmo, masturbando al hombre que la poseía.


Fue demasiado para Gustavo. Apretó los dientes, hundió un último empuje hasta tocar fondo y estalló en medio de un gruñido ahogado, vertiendo chorros de semen que ocuparon el espacio ajustado y abierto. Cada espasmo de él provocó un temblor recíproco en ella; sus cuerpos quedaron encajados, sudorosos y temblorosos, como una sola criatura.


Transcurrieron unos segundos que parecieron horas. Él se desplomó a un costado, temiendo aplastarla. Su pene resbaló al fin hacia afuera, dejando un hilillo blanquecino que manchó la curva de su nalga antes de caer sobre la cama. La viuda, jadeante, se giró lentamente, buscó con la mejilla el pecho de él y se acurrucó entre sus brazos, exhausta.


El silencio volvió a la habitación. Sólo se oía la respiración descompuesta de los dos, y el golpeteo lejano del corazón de ella contra el pecho de él. Gustavo acarició su espalda húmeda, marcada por las   sábanas, y percibió cómo su pulso bajaba en oleadas tranquilas. La viuda entrelazó una pierna con la suya y se durmió sin mediar palabra, como si el mundo apenas acabara de empezar y ya fuera demasiado tarde para preguntar qué vendría después.


La lujuria quedó flotando en la alcoba, en forma de caricia y en olor a sexo reciente. La noche seguía, y ambos sabían, sin necesidad de decirlo, que apenas comenzaba. Mientras su respiración se regulaba y sus cuerpos se fundían en un sueño profundo, el sexo quedó suspendido, lleno de posibilidades que ninguno se atrevía a nombrar.

Publica tu Experiencia

🍒 Pregunta Cereza

¿Usarías una app que te muestre moteles cercanos de forma rápida y discreta? ¡Cuéntanos qué piensas en la sección comentarios!