Algo no planeado y muy excitante que sucedio solo una noche
Relato de comunidad Jovencitasschedule 3 min de lectura calendar_today Enero de 2026

Algo no planeado y muy excitante que sucedio solo una noche

Una noche en una discoteca sin planear nada mi novia fue manoseada y casi llevada al climax por dos extraños

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Llevábamos un año juntos, Marcela y yo. Ella tenia dieciocho años, un cuerpo delgado y endiabladamente delicioso, la piel suave pero con esa firmeza que solo tiene la juventud. Sus caderas estrechas, sus piernas largas, el vientre plano y ese ombligo que siempre me tentaba a hundir la lengua. La boca carnosa, siempre húmeda, y una mirada que prometía travesura. Yo casi le doblaba la edad, pero no importaba: ella quería libertad, y a mí me excitaba darle ese espacio, saber que otros la deseaban, que otros la tocaban.

Desde el principio hablamos de jugar, de romper las reglas sin dañar la relacion. No éramos una pareja abierta, pero sí una que se excitaba con lo prohibido. Habíamos probado tríos con una amiga mía, con chicos de apps de swingers. A veces, Marcela me confesaba que algún chico de su edad le gustaba, y yo la animaba: "Ve por él. Comételo!. Cuéntamelo todo después." Y lo hacía. Me traía detalles, audios, videos. Sabía que me volvía loco imaginármela gemir para otro, sentir cómo la llenaban.

Pero esta noche fue diferente. Estaba tras la barra de mi discoteca en Pereira, sirviendo cócteles, mientras ella al otro lado de la barra se sentaba frente a mí, con una minifalda tan corta que apenas cubría el culo, tacones que alargaban sus piernas y un top que dejaba ver un poco sus pequeños pezones y dejaba al descubierto su vientre liso y ese ombligo que me volvía loco. La música retumbaba, el reguetón vibraba en el aire, y la gente bailaba pegada, sudorosa, excitada.

Marcela se levantó a bailar. Ya llevaba varios tragos, y el alcohol le había aflojado los frenos. Se movía entre la multitud, el culo apretado, las caderas ondulando al ritmo. Dos chicos, que después supe que eran chilenos y estaban de paso, la rodearon. No los conocía. La vi sonrojarse, pero no por el calor: algo más la quemaba.

Se acercó a mí, sus labios rozando mi oreja, su aliento caliente y a licor:

—Me están metiendo los dedos, amor... —susurró, y sentí cómo mi verga se endurecía al instante—. Uno me toca el coño, el otro me frota el clítoris. Están mojados de mí.

No pude evitarlo: mi mirada se clavó en ella. La imaginé ahí, entre esos dos cuerpos, sus dedos hundiéndose en su carne, su coño palpitante, húmedo, abierto. Ella seguía bailando, girando, ofreciéndose. Uno delante, otro detrás, turnándose para meterle los dedos, para sentir cómo se apretaba alrededor de ellos, cómo gemía entre el ruido de la música.

Cuando la música paró, se sentó frente a mí, los ojos brillantes, las mejillas encendidas:

—Ya me metieron los dedos en el culo también. Estoy chorreando. Les he agarrado la verga y están como locos por culiarme.

El deseo me quemaba. No podía pasar nada mas ahí, no con tanta gente que nos conocía, pero necesitaba más.

—Ve al baño. Quítate la tanga y tráemela.

Lo hizo. Cuando me la entregó, no pude resistirme: la llevé a la nariz, aspiré su aroma a sudor, a excitación, a ella. El olor me embriagó. La vi volver a la pista, ahora hablando con los chicos, sus manos rozando sus caderas, sus bocas cerca de sus orejas.

—Diles que te lleven al coche —le ordené—. Que te follen ahí.

Asintió, pero entonces apareció su hermana. La vio con esos chicos, borracha de deseo, y la arrastró a su mesa. Todo se esfumó en un segundo. No hubo coche, no hubo más dedos, no hubo vergas hundiéndose en ella. Solo quedó el recuerdo, el sabor amargo de lo que pudo ser.

Ahora, cada vez que lo recuerdo, siento el mismo calor. Su voz en mi oído, su coño mojado, sus gemidos ahogados entre el ruido. Fue único. Imposible de repetir. Pero cómo me excita recordarlo.

— calarca88

8 de enero de 2026

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