La primera prueba del soldado
En mi pueblo siempre ha habido conflicto armado. Nadie es completamente bueno ni completamente malo; todo es guerra, supervivencia y días que se viven como si fueran los últimos. Cada año llegaba un grupete nuevo de soldados jóvenes a “cuidarnos”. Se instalaban en las afueras, montaban carpas, hacían rondas y, entre el miedo y la adrenalina, muchos terminaban buscando distracción en las muchachas del pueblo.
Yo era jovencísima, pero ya tenía el diablo metido en el cuerpo. Mi amiga Carolina era todavía peor: una berrionda de primera, siempre buscando cómo meterse en problemas calientes. Juntas éramos peligrosas.
Esa tarde me vestí para provocar. Falda corta plisada que apenas me cubría los muslos, medias largas hasta arriba que se veían cuando caminaba, una blusa ajustada al cuerpo que marcaba bien mis tetas jóvenes y una maleta al hombro como si solo estuviera pasando por ahí. Carolina iba parecida. Pasamos cerca del campamento militar contoneándonos, riéndonos y mirando descaradamente a ver qué soldados estaban más buenos.
Uno en particular se fijó en mí. Alto, moreno, con el uniforme ajustado y esa cara de muchacho que aún no ha visto demasiado horror. Se acercó con una sonrisa segura.
—¿Para dónde van tan solas y tan lindas? —preguntó.
Charlamos un rato. Le di mi número sin pensarlo dos veces. Esa misma noche empezamos a escribirnos. Le conté que éramos dos y que nos gustaba la aventura. Le propuse algo grande:
—Organízanos una fiestica con diez de tus compañeros. Solo diez. Queremos divertirnos bien con todos ustedes.
Él se rio nervioso y me respondió que era demasiado, que eso podía traer problemas. Quería una “primera prueba” solo con él. Quería conocerme primero antes de meter a más gente. Acepté. Me excitaba la idea de probarlo a solas.
Dos semanas después, por fin se dio la oportunidad. Le mandé un mensaje corto: “Estoy cerca. Ven”. Nos encontramos en la zona de las carpas, ya de noche. Había poca luz, solo algunas linternas lejanas y el sonido de los insectos. El riesgo de que nos descubrieran era alto; cualquier soldado o superior podía aparecer en cualquier momento.
Lo llevé detrás de una carpa grande, donde apenas había una lona que nos tapaba parcialmente. Apenas nos escondimos, lo empujé contra un poste y me arrodillé frente a él. Le bajé el pantalón del uniforme con prisa. Su verga ya estaba dura, gruesa y palpitante. Ella si estaba muy firme mientras que a mi soldadito le temblaron las piernas con la primera lamidita de huevas,....
Empecé despacio. Primero le lamí toda la longitud, luego me metí las huevas en la boca una por una, chupándolas con cuidado mientras lo miraba desde abajo. Él gemía bajito, agarrándome el pelo.
—Qué boca tan rica tienes… —susurraba.
Le di una mamada completa y profunda durante casi quince minutos. La metía hasta el fondo, la sacaba babeada, le pasaba la lengua por toda la cabeza y volvía a bajar. Le chupaba las huevas otra vez, las lamía y regresaba a la verga. Mientras tanto, me abrí la blusa y saqué mis tetas para que las viera. Él las pellizcaba y las apretaba con ganas. Recuerdo sentirlas grandes y gelatinositas en las manos de el, algo callosas y rudas. Me apretaba con algo de dolor, pero estaba muy caliente para sentirlo, mi tanguita estaba empezando a humedecerse, podia sentir mi conchita con una humedad en aumento y mis fluidos, que empezaban a acumularse, deseando sentir esa vergha bien dentr0o, que se me viniera y volviera a venir. estaba tan caliente que mi adrenalina subio.
"si alguien se asoma - pensé para mis adentros - que me coja por el culo mientras jajaja"
Me interrumpio un quejido, Sentí que estaba a punto. Aceleré, metiéndomela toda hasta la garganta, aguantando las arcadas. Con un gruñido ahogado se corrió fuerte, descargando chorros calientes directo en mi garganta. Tragué todo sin dejar que se saliera nada, sintiendo ese sabor salado y espeso llenándome la boca.
Me levanté, me limpié los labios con el dorso de la mano y le sonreí.
—Esto solo es el comienzo —le dije—. Pronto nos vamos a coger a los dos con mi amiga Carolina. Te vamos a dejar seco.
Le di un beso rápido y me fui caminando entre las sombras, con el corazón acelerado y todavía el sabor de él en la boca. Al día siguiente le conté todo a Carolina. Ella se emocionó como loca.
—Ese soldado ya es nuestro —dijo riendo—. La próxima vez nos lo culeamos las dos juntas.
Y esa… es otra historia.








Comentarios
0 comentarios
Inicia sesión para dejar un comentario.
login Entrar