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Capítulo 1: La Anticipación
Natalia miraba fijamente su reflejo en el espejo del vestidor, con el corazón latiendo a un ritmo que creía audible. El vestido azul cielo, el mismo que había comprado especialmente para esta noche, se ceñía a sus curvas de una manera que antes le habría parecido atrevida, pero que ahora sentía era perfecta. Tenía veintiún años y, aunque había tenido novios y besos que la hicieron sonrojar, siempre había pospuesto ese paso final, esperando el momento, la persona y la chispa correctos.
Y esa persona era Marco. Lo había conocido en un curso de verano de fotografía, y desde el primer instante supo que era diferente. Su paciencia, su forma de mirarla como si descifrara un misterio precioso y su humor tranquilo habían demolido, una a una, todas sus barreras. Esa noche cenarían en su apartamento. Él cocinaría, había dicho. Un ambiente íntimo, lejos de miradas curiosas.
El timbre sonó y Natalia sintió un vuelco en el estómago. Al abrir la puerta, Marco estaba allí, con una sonrisa cálida y un ramo de lilas, sus flores favoritas. El apartamento olía a salsa de tomate, albahaca y a la vela de sandía que ardía suavemente en la mesa.
—Nunca dejas de sorprenderme —dijo ella, aceptando las flores y dejando que sus dedos rozaran los suyos.
La cena fue una delicia. La conversación fluía tan fácilmente como el vino tinto. Hablaron de arte, de viajes soñados, de anécdotas tontas de la infancia. Con cada risa compartida, con cada mirada sostenida un segundo de más, Natalia sentía cómo la electricidad crecía en el aire, palpable, densa. Sabía, con una certeza que la serenaba y excitaba al mismo tiempo, que esa era la noche. Que él era la persona.
—Natalia —susurró Marco, tomando su mano sobre la mesa—. Eres increíblemente hermosa esta noche.
Ella no respondió con palabras. Se inclinó sobre la mesa y lo besó. Fue un beso lento y profundo, cargado de toda la anticipación y el deseo contenido de semanas. Fue la confirmación. La promesa de lo que vendría después.
Capítulo 2: La Exploración
Terminaron el vino entre besos y caricias que se hicieron cada vez más urgentes. Marco le tomó la mano y la guio suavemente hacia el sofá, donde se sentaron, enfrentados, sin perder el contacto visual.
—¿Estás segura? —preguntó él, su voz un ronco susurro lleno de respeto y deseo.
—Nunca he estado tan segura de nada en mi vida —respondió Natalia, y era la verdad absoluta.
Él asintió, y sus manos iniciaron un lento y meticuloso viaje de descubrimiento. Sus dedos deslizaron la cremallera de su vestido, exponiendo su espalda, su nuca, sus hombros al aire de la habitación y a la caricia de sus labios. Natalia cerró los ojos, entregándose a la avalancha de sensaciones. Cada beso en su clavícula, cada mano que acariciaba su costado, era una nueva lección de placer.
Él la tumbó suavemente sobre los cojines del sofá, y ella lo dejó hacer, confiada. Su ropa fue desapareciendo, prenda a prenda, en un ritual lento y deliberado que aumentaba la tensión hasta lo insoportable. Cuando por fin estuvieron piel con piel, Natalia contuvo el aliento. La sensación de su cuerpo against el de ella, cálido y firme, era abrumadora.
Marco fue un amante paciente y atento. Sus manos y su boca cartografiaron cada centímetro de su cuerpo, encontrando puntos de sensibilidad que la propia Natalia desconocía. Sus gemidos, al principio tímidos, se tornaron más audaces, más necesitados, convirtiéndose en un lenguaje propio que le pedía más, que le rogaba que no parara. La preliminares no fueron un simple preludio; fueron una ceremonia completa de adoración y placer mutuo, diseñada para llevarla al borde una y otra vez, asegurándose de que estaba más que lista, de que lo deseaba con cada fibra de su ser.
—Te deseo tanto, Natalia —murmuró él contra su piel.
—Yo también a ti —jadeó ella, abrazándolo con fuerza—. Por favor, Marco. Te quiero a ti.
Capítulo 3: La Consagración y el Final Maravilloso
Fue en el momento de la unión cuando Natalia abrió los ojos. Quería verlo a él, quería ver la expresión en su rostro. Un breve instante de presión, un suspiro entrecortado de su parte, y entonces… la plenitud. Una sensación íntima y abrumadora de ser completa, de que un espacio que no sabía que existía había sido llenado. No hubo dolor, solo una intensidad profunda y emocionante que se mezcló con el placer que ya recorría sus venas.
Marco se quedó quieto un momento, permitiéndole adaptarse, besando sus párpados, sus mejillas, sus labios, murmurando palabras dulces y de aliento.
—¿Estás bien? —preguntó, su voz cargada de emoción.
—Estoy… perfecta —susurró ella, y una sonrisa iluminó su rostro.
Entonces comenzó a moverse. Lento al principio, un vaivén rítmico y profundo que hizo que Natalia cerrara los ojos de nuevo, perdida en la sensation. Cada movimiento era una ola de placer que crecía dentro de ella, expandiéndose desde su centro hasta la punta de sus dedos. Sus cuerpos se movieron en una sincronía instintiva, encontrando un ritmo que solo les pertenecía a ellos. El mundo exterior dejó de existir. Solo había sus respiraciones entrecortadas, el roce de sus pieles sudorosas, los murmullos de amor y deseo.
Natalia sintió cómo el calor se acumulaba en su abdomen, una espiral tensa y dulce que se apretaba más y más con cada embestida. Lo miró a los ojos y vio su propio éxtasis reflejado en ellos. Eso fue lo que la empujó al abismo. Un gemido largo y tembloroso escapó de sus labios mientras su cuerpo se convulsionaba en un climax intenso y catártico, un estallido de luz y color detrás de sus párpados cerrados que la dejó sin aliento y temblorosa. Sintió cómo Marco la seguía momentos después, con un gruñido ronco y profundo, derrumbándose sobre ella en un abrazo sudoroso y perfecto.
Permanecieron abrazados durante largos minutos, recuperando el aliento, con sus corazones latiendo al unísono. Marco se movió a un lado, sin soltarla, y la cubrió con una manta suave que estaba cerca. La atrajo contra su pecho, y Natalia apoyó la mejilla allí, sintiendo los latidos apaciguarse.
Él colocó un dedo bajo su barbilla y levantó su rostro para besarla suavemente.
—Eres… increíble —dijo, y en sus ojos no había solo la satisfacción del deseo cumplido, sino una profunda ternura y admiración.
Natalia sonrió, una sonrisa serena, feliz y completa. No se sentía diferente; se sentía más ella misma que nunca. El miedo y la ansiedad se habían transformado en confianza y una paz radiante. Sabía, con una certeza que calaba hasta los huesos, que esta primera vez no había sido sobre perder algo, sino sobre ganarlo todo: intimidad, placer, confianza y el comienzo de algo mucho más profundo.
—Fue el final perfecto para una espera… y el comienzo perfecto para todo lo demás —susurró, acurrucándose contra él.
Bajo las suaves sábanas, entrelazados, se durmieron mucho después, no como novios que habían tenido sexo, sino como amantes que habían descubierto un nuevo sendero del placer.
Siempre estaria en su mente la dulzura de sus besos, y su calida exploración, cada parte de ella estremecida ante la entrada de aquel falo, que habia roto su inocencia.
Ellam, ahora mujer, veia como la niña habia quedado en los sueños y fantasias de su pasado. Habia conquistado la cima del placer, habia sentido la humedad y la calidez de su sexo, totalmente relajado y suminso ante el ataque de ese maravilloso miembro que recorrio cada uno de sus pliegues intimos.
Una sensaciín que hasta ahora empezaba a explorar, pero que prometia mucho mas por descubrir.








