Guía Cereza
Publicado hace 1 día Categoría: Sexo con maduras 198 Vistas
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Llevaba semanas observando a Yelitza desde la ventana contigua, soñando con lo que ahora se me ofrecía desnuda sobre la cama: sus caderas de viuda recatada temblando bajo la sábana húmeda, los senos parados a pesar de su edad, salpicados de lunares, esa piel clara que olía a deseo contenido. Me había jurado no tocarla, pero la había encontrado llorando en la cocina recordando a su marido fallecido hacia algunos años , dejándola sola y con muchas ganas, y algo se despertó entre nosotros cuando le pase el pañuelo para secar sus lágrimas.


«Gustavo, no debería…», murmuró ella cuando la abracé. No pude responder: tenía la boca ocupada saboreando el llanto salado que recorría su cuello. Sentí su taza de té cuando la coloco sobre el mesón de la cocina , la tetera resono como campana de iglesia. Se apartó un segundo, pero la falda sobria y ancha se enredó en mis dedos y la blusa escotada dejó ver el arranque de sus pezones endurecidos. «hace mucho que no tengo a alguien , desde que quede viuda», lo dijo en tono timido, pero agresivo, aunque sus pupilas café brillaban con esa mezcla de culpa y hambre que yo conocía bien. Apreté su nuca y la besé despacio, obligándola a sentirme; contrarié su lengua hasta que me mordió el labio inferior, balbuceando palabras obscenas de  su Caracas natal, que me pusieron excitado.


La llevé al cuarto, desabrochándole los botones entre gemido y gemido. Quise arrancarle la ropa de una vez, pero prefería verla desnudarse con dignidad, como si cada prenda caída supusiera un acta de fidelidad que firmábamos los dos. Cuando quedó solo en sujetador  y medias veladas, la tumbe sobre la  cama y me arrodillé para besarle las rodillas , subiendo por los muslos rellenos, mordisqueando el espacio entre sus piernas . «¿Qué voy a ser después de esto?», preguntó con voz ronca. No tuve respuesta: le separé los muslos y sumergí la lengua en su sexo, saboreando la excitacion de una mujer que llevaba demasiado tiempo sin ser lamida. Gimió, agarró mis cabellos y me empujó contra su clítoris hinchado; le hice un ocho lento, luego succión, después trazos cortos que la obligaron a retorcerse.


El primer orgasmo   llegó tembloroso, largo y mojado; la sentí contra el mentón, un chorro cálido que mojó las sábanas. Me limpié la barba en su vientre y me incorporé, desabrochándome la camisa. Ella me observaba con ojos que pedían más y temían más a la vez. «Quítate todo», ordené, como si la edad me diera voz de mando. Entregó el sujetador, las medias y quedó de rodillas sobre el colchón, con las nalgas en alto, repartiendo culpa y excitación por igual. Me costó desabrocharme el cinturón: tenía la mano temblorosa, el corazón acelerado. Al bajarme los pantalones mi pene saltó erecto, grueso, con la cabeza rosada y  una gota de baba . «Eso duele, Gustavo… nunca por detrás», suplicó al verme aceitarla con su propio jugo. «Confía», respondí, aunque el deseo rugía dentro de mi cabeza viendo ese hermoso circulo cerrado hy apretado.


Acomodé sus caderas entre mis dedos: era la primera vez que tocaba unas nalgas tan generosas ofrecidas sin pedirlo. Le abrí las nalgas, deslicé dos dedos húmedos por su raja hasta el ano apretado; sentí el temblor de su cuerpo. «Prométeme que después me dejarás ir a la misa», dijo con voz jadeante, y la respuesta fue besarle la espalda mientras hacía círculos lentos en el ojo de su culo. Apretó, relajó; apretó, relajó; cuando metí mi primer dedo  noté ese calorcito prohibido que precede la culpa. «Ahh, pero qué…», fue todo lo que alcanzó a articular antes de hundir la cara en la almohada.


Entonces me incorporé colocando mi cuerpo  sobre ella , temblando al sentir aquella rendija cerrada que brillaba con mi saliva y sus jugos. Cogí mi verga, la apunté y froté la punta contra el anillo tenso; sentí su cerco rechazarme, la piel clara que rodeaba el agujero formando pequeños pliegues de resistencia. Presioné con todo el peso del cuerpo, los brazos tensos a cada lado de su cintura. Escuché su respiración entrecortada, el crujido de la cama al estrujarla y, de pronto, la primera barrera cedió con un resbalón húmedo: medio tronco se coló dentro de aquella celda cálida.


Yelitza arqueó la espalda, agarró la almohada con ambas manos y soltó un gemido fuerte y agudo:


—¡Ahh! ¿Pero qué hace? … ¡Gustavo, noo!


No detuve la embestida. La excitación  me enardece más que el alcohol. Mis dedos se clavaron en sus caderas, abriendo las nalgas  redondas: una sacudida y tres cuartas partes del tronco se hundieron en aquel culo cerrado  que me envolvía. El placer subió por mi cuerpo como relámpago; las venas de la verga se hincharon al máximo; los huevos golpeaban fuerte  contra su cuerpo. Sentí la contracción de su ano, el roce seco-con-humedad que me ataba; ella mordió el bordado de la funda, ahogando un segundo grito, y me acomodé hasta que mis testículos rozaron sus labios vaginales temblando.


Permanecimos así, jadeando, prendidos por la pasion. Notaba el corazón de ella golpeándome en la punta de la verga; me relajé un segundo, salí apenas un centímetro y volví a entrar con calma. «Cógeme… desde ahora mi culo es tuyo, toda soy tuya », murmuró la mujer, y la frase me excito aún más: empecé un vaivén lento, frotando cada pared de su recto. Sus nalgas vibraban contra mí. Cada vez que hundía el pene hasta el fondo, ella abría más las rodillas y su vagina chorreaba sobre mis bolas, ofreciendo una lubricación extra que convertía aquello en un delirio.


En un momento, la giré hacia mí sin perder el ritmo: vi su cara enrojecida, los labios entreabiertos pidiendo aire. Besé su boca, saboreando su lengua; luego mordí su oído mientras subía la presión de mis embestidas. «¿Vas a venirte dentro de mi culo, Gustavo?», preguntó con esa mezcla de amenaza y súplica. No contesté: aumenté el ritmo, hundiéndola contra la almohada, sintiendo el orgasmo como una marea negra que me subía desde los pies.


Se la descargue entera, aguantando el chorro hasta que la última gota de semen,  mojo  su culo abierto. Al salir, el anillo se cerró con un sonido húmedo y un hilillo de esperma se deslizó sobre sus muslos. Ella se derrumbó, respirando, gimiendo todavía. Me tendí a su lado, rodeándola por la cintura, notando su corazón contra mi antebrazo. «Tres años sin culear, ya era suficiente», murmuró al fin, como si la frase explicara el olor a sexo que flotaba entre las paredes.

Le besé la nuca y cerré los ojos; el sol se filtraba por la rendija de la persiana, y en algún lugar lejano un gallo anunciaba un nuevo domingo que ella, sin duda, intentaría lavar en la iglesia.

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