Guía Cereza
Publicado hace 20 horas Categoría: Sexo con maduras 234 Vistas
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LA TIA DE MI MUEJR

El murmullo de voces en el salón se volvió frenético con la llegada de los novios; el aire viciado de tantos parientes reunidos me aburria. Me había apartado del grupo, junto a la vitrina donde Mabel conversaba con su madre, resignado a fingir interés mientras mi mujer revoloteaba entre los invitados con ese aire de mujer sociable que le encantaba adoptar delante de la familia: falda gris oscuro, blusa de seda beis, los hombros siempre hacia atrás, como si la modestia fuera una coraza. Mabel era así: en la calle, adorable; en la cama, una fiera que chorreaba cuando le metía el dedo en el culo. Y yo, como quien cuida un tesoro, nunca le había contado a nadie cómo gemía cuando la embestía por detrás ni lo fácil que se le escapaban los “Ay, papito, lléname toda” cuando le dejaba el ano cargado de leche.


Pero algo debió contar, porque desde la llegada a la fiesta notaba miradas de reojo, frases que quedaron colgadas en el aire. “Dicen que Gustavo aguanta y ella le afloja todo”, en fin. En ese instante lo tuve claro: Mabel, por gracia de su labia venezolana, había contado detalles de nuestra intimidad y, sin proponérselo, me había convertido en la pieza del chisme doméstico. Mi primera reacción fue molesta: reclamarle y hacer bronca. La segunda, agarrar el vaso y dejar que el hielo me enfriara el malhumor.


Me disponía a buscarla para lanzarle el reclamo cuando alguien se me plantó delante. La luz del salón me impedía verle la cara; solo olí el aroma a mujer madura y, después, sentí el roce. Se deslizó por mi entre pierna hasta toparse con la protuberancia del pantalón. La mano que al instante se cerró sobre mi paquete era demasiado segura, demasiado adulta. Incliné ligeramente la cabeza: Gloria Amparo, la tía de Mabel, la misma que a sus cincuenta y tantos presumía de viudita devota y que siempre parecía haber salido de un velorio. Me miró a los ojos, sin parpadear, y apretó otra vez; los dedos largos dibujaron la forma de mi verga por la tela.


El corazón me dio un brinco. En un segundo evaluó: ¿Qué paso aquí, la aparto, me altero? Con la excusa de acomodarme el saco, estiré el brazo y después lo descargué sobre su trasero; la falda de lino se ajustaba a una redondez que no me había percatado antes. Sentí la cadera ancha y la nalga dura y regordeta. La apreté un poco.


Gloria Amparo se movió hacia atrás; recargándose en mí. Ya no hubo sutileza: deslicé la palma sobre la falda y deslicé el dedo por el centro exacto de su anillo, y la yema del pulgar frotó el hueco del culo bajo la tela. La oí tragarse su propio suspiro. No dijo nada, pero su espalda se entregó así mejor, como confirmando: “Adelante, señor Gustavo”. Y adelante fui.


Me arrimé a la pared, fingiendo mirar hacia el comedor donde sonaba música. seguramente a ella le notaría la calentura entre las piernas. Deslicé la mano bajo su falda; encontré la tela de la tanga, apenas un hilo que se perdía en la hendidura. Con el índice y el pulgar la aparté, y sin pausa clavé todo el dedo medio en el agujero caliente, apretado, que se apretó con un silbido sordo.


Se le doblaron las rodillas. “Sí, por favooor…”, gimió suavemente, tan bajo que casi no la oí. Pero la respiración que siguió, ronca y brava, me lo ratificó. Removí el dedo como quien gira una llave; sentí los pliegues mojados, la contracción de su ano que me apretaba el dedo, ahogándolo. Volvió a jadear: “Estoy arrecha, Gustavo… arrecha que me quema”. mi verga, con cada frase, crecía contra la cremallera como si quisiera liberarse y meterse en su culo antes que en su boca.


La miré de reojo: tenía las mejillas sonrojadas, los ojos brillantes. Dijo con la frente sudada: “Vamos al baño”. No lo pensé dos veces. Retiré el dedo lentamente, oliéndolo sin pudor cuando ya doblábamos la esquina del corredor; el aroma fuerte, ambarino, me recordó el olor a sexo anal con mi mujer. Agarré a Gloria Amparo de la muñeca y la empojé hasta un baño; por suerte estaba desocupado; cerré con llave.


Gloria se dio media vuelta, se agarró de la taza del sanitario y me presentó el trasero como quien lanza oferta: Se alzó la falda por encima de las caderas, dejando al descubierto el culote, apenas mordido por la tela de la tanga. “¡Por el culo, métemelo ya!”, suplicó; la voz quebrada. Me ardían los testículos.


Me bajé la bragueta, el cierre bajó rapido. La verga, roja, dura, se me agitó al aire; de la punta brotaba un hilo pegajoso. Aparté la tanga de un tirón, la hice descansar sobre la raja de la izquierda y, con la punta gorda y gruesa, le dibujé circulitos alrededor del asterisco antes de apuntar. Quise dilatarlo con jabón de manos: con la mano, froté el hoyo  de arriba abajo mientras ella se estremecía. Luego, sin más preámbulos, clavé la cabeza contra la entrada; se me abrió el paso con un chasquido mojado. Un gemido que vino desde la planta de los pies se le escapó: “Ah-ah, hijueputa… así, así”.


Agarré su cintura, empujé hasta hundir media verga. La carne cedió y luego apretó, casi estrangulo, mi tronco; yo temblaba, cada centímetro era un recorrido de fuego y ella temblaba conmigo. Gloria apretó las mejillas, me agarró la cadera con los dedos, mientras yo, super excitado, me retiraba y volvía a entrar. El ritmo llego, penetrada profunda y sale, y otra vez y otra . Los únicos sonidos eran las nalgas que rebotaban contra mi vientre y la música amortiguada de la fiesta que vibraba en las baldosas del piso.


En una de las sacudidas abrí los ojos: el espejo me devolvió nuestra imagen. Yo, camisa caqui arremangada, pantalones abajo, cara desencajada de hombre de cincuenta y siete; ella, la falda enrollada hasta la cintura, llorando placer por dentro, la boca abierta contra su propio reflejo. La excitación me subió por la nuca. Le pasé la mano por delante, busqué el clítoris con los dedos y lo atrape fuerte, presioné con la yema mientras lo masturbaba. “Dame más duro, que ya me vengo …”, susurró; y yo sin quererlo empecé a alternar: salía del culo, bajaba la verga hasta su raja, le recorría entera el canal de la vagina, empapado, y luego salia de golpe para volver a clavarme en el ano. Un vaivén obsceno: una, dos, diez veces.


La respiración de Gloria eran solo gemidos pequeños. “¡Voy a venirme, hijueputa …que ricoooo!”, gritó, y de pronto todo su cuerpo se contrajo; me apretó la verga con fuerza brutal  y se vino en un chorro caliente que le empapó los muslos, cayó a borbotones sobre mis calcetines y sobre las baldosas. Se estaba meando de placer. No tuve tiempo de sacarla: me corrí entre su ano, llenándole el culo de leche cremosa que la lleno casi de inmediato, deslizándose hacia fuera junto a su propia orina.


Quién sabe cuánto nos quedamos así, abrazados por la espalda, jadeando como perros. Afuera, la música pasó a otra canción bailable; dentro, el olor a sexo anal, sudor, jabón de manos. Al separarnos escuché el chapoteo lechoso al caer al sanitario . Gloria se enderezó, se limpió con las yemas de los dedos, casi pecando de coqueta, y después se los llevó a la boca, chupándose mi propio semen en una muestra de lujuria que me acabo de excitar.


Me acomodé la ropa; ella se alisó la falda, se subió la tanga, revisó en el espejo si el maquillaje resistía. Antes de abrir la puerta me miró y dijo con una sonrisa apenas contenida: “Ahora sí sé por qué tu Mabel anda diciendo que tu eres todo un semental … Gustavito querido”. Yo no respondí; en el fondo, una mezcla de culpa y triunfo me mordía. Habíamos sido rápidos, brutales, exactos. Me había culeado a la tía de mi esposa y el mundo seguía girando con la misma música salsera.


Salimos uno detrás del otro; yo primero para verificar que el pasillo estuviera vacío. Al regresar al salón vi a Mabel conversando con sus primas: risas, copas en alto, nada que lamentar. En su expresión no había sospecha, pero algo en sus ojos me dijo que estaba excitada —esa chispa que dan los secretos compartidos—algo normal entre nosotros.


No supe entonces si me excitaba o me asustaba. Lo que sí supe es que mi pene, aún empapado, ya amenazaba con erguirse de nuevo si alguien me rozaba el hombro. Palpé mi bulto, tomé aire, y me serví otra copa. La fiesta continuaba y, a mis cincuenta y siete años, la noche apenas comenzaba.

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