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Nunca había ido a un club de intercambios en Colombia , pero aquella tarde solo en Madrid, era pesada para mí y sentí las mismas ganas de sexo de cuando tenía veinte: la necesidad de una boca desconocida que me pidiera hasta la última gota. El pasillo del lugar olía a sahumerio y a cerveza rancia; una hilera de cabinas de madera maciza, como taquillas de colegio para adultos hambrientos de carne. Al fondo, una placa metálica grabada a mano rezaba «María»; el nombre me sonó a mentira piadosa y me dieron ganas de comprobar qué se ocultaba detrás.
Empujé la puerta; la cerradura chirrió y el olor a sexo cerrado me golpeó mientras , esperaba. La cabina apenas tenía espacio para una silla , una tele en la pared y el hueco en un costado . Un bombillo rojo, iluminaba un rectángulo de pared recubierto de vinilo gastado. En el centro el agujero redondo, pulido por el roce de tantas vergas ansiosas; liso como cristal. Me costó respirar: el aire estaba cargado de excitación y la respiración que se filtraba desde el otro lado.
Me acomodé frente al orificio y aguardé. Del otro lado se escuchó un susurro pausado, casi un ronquido contenido:
—Hola, papi, méteme tu cosa, espero que sea grande … se me antojan gruesas y gordas …woowww , que verga rica tienes papi , y yo tengo la boca bien mojada.
La voz, erotica, de sílabas arrastradas, me recordó a una profesora de oratoria a la que le encantaba medir cada palabra. En la penumbra sonó más joven, más hambrienta. Me bajé el pantalón con la urgencia de quien desea pero no quiere parecer desesperado; el cierre dejo al descubierto mis bóxer y luego mi verga erecta . Cuando por fin la luz roja bañó mi erección, noté cómo la sangre latía en la punta; cada latido era un martilleo contra la piel tensa.
Acerqué la verga al círculo. El borde frío rozó la base, pero del otro lado aparecieron labios gruesos, húmedos, que se abrieron como una flor carnosa. Primero fue la lengua: ancha, fuerte, que me dio una larga lamida desde la base hasta las bolas , como si quisiera saborear la geografía entera de mi pene. El contacto me hizo arquear la espalda; apoyé las manos en la pared y contuve un gruñido.
Entonces me succionó. No fue una chupada vacilante: me tragó de golpe, hasta que la cabeza chocó contra el paladar y la punta de mi verga tocó el principio de su garganta. Sentí el estrecho círculo de carne que se cerraba a mi alrededor, una presión tibia que me sacudía cada fibra. La mujer —María o quien fuera— resbalo la lengua por el tronco , me empapó de humedad con una exclamación obscena: Me gusta tu verga entera en mi boca.
Volvió a meterla, esta vez más despacio, jugando. Me retorcía por dentro, retiraba la cabeza hasta dejar únicamente el borde de los labios en la punta, y luego se la tragaba entera de nuevo. Cada vaivén era una mamada de lo lindo : mis rodillas temblaban y la pared crujía bajo mis manos. Me miraba la verga desaparecer en esa boca invisible y sentía que me venia en cualquier momento .
—Así, papi, déjese querer… —susurró, con mi pene entre sus labios; su voz me vibró en la carne.
No pude responder: la leche lleno la cabeza de mi verga y la hizo engrosar al máximo , me subió desde los huevos, se agolpó en la raíz de la verga y estalló con una fuerza que me hizo doblar las piernas. Chorros calientes se vaciaron en su boca cerrada apretando mi verga en su interior ; noté cómo la garganta se apretaba con cada pulsación, tragando, asegurándose de no perder ni una gota. En la absoluta oscuridad de su cabina, su respiración se perdió en un gran gemido , satisfecha.
Permanecimos así unos segundos: yo temblando, clavado al hueco, ella chupándome la última gota de leche. Cuando mi pene se contrajo y el placer termino de llenar su boca , se retiró con lentitud ceremonial. Senti un apretón húmedo, como quien saborea una fruta cerrando los labios.
—No se vaya… todavía me queda hambre —dijo, con voz más erótica aún.
Una puerta pequeña de madera a la altura de mi cadera se corrió; por el hueco asomaron dos dedos que tiraron de una tanga negra, dejándola enrollada en sus tobillos. Acto seguido apareció su culo: dos nalgas amplias y generosas, blancas , marcadas por la franja clara del bikini. Se agarró de la pared y me lo ofreció, arqueando la espalda, abriéndose con las manos para mostrarme el ano rosado, cerrado, brillante de saliva que debía de haberse pasado ella misma.
—Culeeme el chiquito , papi… llénemelo todo de rica leche .
No hubo discusión: mi verga, aún semierecta y chorreante de saliva y semen, se animó de nuevo. Me agaché, alineé la cabeza con su ano y empujé. La entrada cedió con una resistencia deliciosa; un gemido ahogado salió de su garganta cuando la cabeza pasó el anillo. Sentí la tibieza de su interior, un túnel húmedo que me apretaba y luego soltaba para luego volver a palpitar apretando , como si me quisiera mamar con el culo.
—Más… que me duela, culeeme bien rico.
Meti las manos por el hueco , puse ambas en sus caderas, y la hice mía con empujones brutales. Se escuchó un grito entre gemidos , pero al instante empujó el culo contra mí, reclamando profundidad. Comencé a culiarla con ritmo feroz: cada golpe resonaba en la pared, como martillazos. Mis huevos se estrellaban contra sus nalgas; el sudor corría por mi frente y me salpicaba los ojos.
Con lo poco que veía del agujero la veía temblar, sus muslos se contraían, y eso me volvía loco. El placer subió por segunda vez, distinto: más denso, más bestial. Apreté sus caderas y descargué dentro de ella, sentí el chorro llenar su recto hasta salir en un hilillo. Noté cómo su culo se apretaba en espasmos, como si quisiera exprimirme la última gota.
Antes de que el éxtasis me desgarrara del todo, ella se apartó con brusquedad; oí el gemido obsceno salir de su boca como un quejido de fiera herida. Asiiii se culea papi ¡!
Se agachó otra vez y, sin avisar, tomó mi verga entre sus labios: sabía a mezcla de semen, saliva y sabor anal intenso. Pero no dudó: la limpió con su lengua larga, succionando hasta que retiró el último resto de leche blanca.
La puerta de la cabina se abrió de pronto y el aire frío del pasillo me dio en la cara. Supuse que sería el guardia avisando el tiempo, pero no me importó: estaba vacío, temblando todavía. Guardé mi pene aún sensible, subí el cierre y salí caminando satisfecho. Antes de salir, el eco de su voz me siguió:
—Hasta la próxima, papi… que no se le olvide mi culo.
No contesté; el pene me latía con más fuerza que el corazón y mi nombre—Gustavo— sonaba demasiado lejano. En el pasillo, otro hombre me miró con una sonrisa cómplice , como si hubiera sido testigo de lo ocurrido en la cabina. Seguí caminando, con el olor a sexo aún pegado al pantalón y la certeza de que, a mis cincuenta y siete años, la hembra podía ser más joven que yo y devorármela toda en un solo mordisco.






