Compartir en:
El centro comercial bullía con la energía del mediodía. La luz del sol se filtraba por todos lados, iluminando los rostros de compradores apresurados, niños correteando y parejas tomadas de la mano. Yo, Pablo, me encontraba en la terraza, un lugar estratégico que había elegido después de semanas de observación. Desde mi posición, podía ver casi todo el piso inferior sin ser detectado. La terraza estaba medio vacía, lo cual era perfecto para lo que tenía planeado.
Llevaba días preparando este encuentro. Soraida, una joven de veintidós años con ojos verdes penetrantes y una sonrisa que prometía pecado, había sido mi contacto en Guía Cereza. Desde el primer mensaje, había sentido una conexión eléctrica entre nosotros. Ella era curiosa, inteligente, y lo más importante, desafiadora. En uno de nuestros intercambios de mensajes, me había dicho que mis relatos eran demasiado extremos, que nadie podía ser así de atrevido. Que era pura fantasía.
«Mis relatos no son mentiras, Soraida,» le había respondido. «Son realidades que la mayoría no se atreve a vivir.»
Ella me había retado. «Demuéstramelo,» había escrito. «Hazme venir con squirt en un lugar público. Sin penetración, solo con tus dedos y tu boca. Si lo logras, te tragaré todo lo que me ofrezcas después.»
Acepté el reto sin dudar. Y aquí estábamos.
La vi acercarse desde el ascensor, vestida con un vestido corto de color azul eléctrico que resaltaba su figura perfecta. Sus piernas bronceadas parecían interminables, y llevaba tacones altos que hacían que cada paso suyo fuera un movimiento de sensualidad pura. Nuestros ojos se encontraron y ella sonrió, una sonrisa que me dijo que estaba tan excitada como yo.
«Hola, Pablo,» dijo, su voz suave pero con un tono de desafío. «¿Listo para tu prueba?»
«Más que listo,» respondí, guiándola hacia una esquina de la terraza donde un sofá de dos plazas estaba estratégicamente ubicado. Desde allí, podíamos ver a la gente pasar, pero nadie podía vernos claramente entre las plantas decorativas y la luz del sol que se reflejaba en las ventanas.
Nos sentamos, y el calor entre nosotros era palpable. Soraida cruzó las piernas, y el movimiento hizo que su vestido subiera ligeramente, dándome un atisbo de su ropa interior de encaje negro.
«Eres una tentación,» susurré, acercando mi mano a su muslo. «Pero no voy a ser tan fácil contigo.»
Mi mano se deslizó bajo su vestido, y ella contuvo un gemido cuando mis dedos encontraron el borde de sus bragas. Con movimientos lentos y deliberados, comencé a acariciar su piel, sintiendo cómo se estremecía bajo mi toque.
«¿Te gusta esto, Soraida?» pregunté, mi voz baja y seductora. «¿Te gusta saber que cualquiera podría mirar?»
Ella asintió, mordiéndose el labio inferior. «Sí, Pablo. Me encanta.»
Mi mano se movió más arriba, y mis dedos encontraron su centro ya húmedo. Gimiendo, separó un poco más las piernas, dándome mejor acceso. Comencé a masajear su clítoris con movimientos circulares, sintiendo cómo se ponía cada vez más excitada.
«Mira hacia abajo,» le ordené. «Mira cómo te toco. Quiero que veas lo mojada que estás.»
Soraida obedeció, sus ojos se posaron en mis dedos que trabajaban en ella. El hecho de que pudiera ver lo que estaba haciendo parecía excitarla aún más. Su respiración se volvió más rápida, y sus caderas comenzaron a moverse al ritmo de mis dedos.
«Eres hermosa cuando estás excitada,» susurré, inclinándome para besar su cuello. «Tan hermosa que quiero que todo el mundo te vea así.»
Mi boca encontró la suya en un beso apasionado, y al mismo tiempo, introduje un dedo dentro de ella. Ella gimió en mi boca, sus manos se aferraron a mis hombros. Añadí un segundo dedo, y luego un tercero, estirándola y preparándola para lo que vendría.
«Pablo,» susurró, su voz entrecortada. «Por favor, no te detengas.»
«No lo haré,» prometí. «Voy a hacerte venir tan fuerte que sentirán el eco en todo el centro comercial.»
Aumenté el ritmo, mis dedos entrando y saliendo de ella mientras mi pulgar seguía masajeando su clítoris. Soraida comenzó a moverse más violentamente, sus caderas se levantaron del sofá. Sabía que estaba cerca, podía sentirlo en la tensión de su cuerpo y en los sonidos que emitía.
«Vamos, nena,» le dije, mi voz ronca de deseo. «Déjate ir. Quiero verte squirtar aquí, ahora mismo.»
Como si mis palabras fueran un detonante, Soraida llegó al orgasmo. Su cuerpo se tensó, y luego se liberó en una explosión de placer. Gritó mi nombre, un sonido que fue ahogado por mi boca en la suya, pero que aún resonó en el espacio privado de la terraza. Su cuerpo se convulsó, y sentí cómo se liberaba, mojando mis dedos y el sofá debajo de nosotros.
«Dios mío,» susurró, sus ojos cerrados y una sonrisa de satisfacción en su rostro. «Eso fue increíble.»
«Solo el principio,» le dije, limpiando mis dedos mojados en su muslo antes de llevarlos a su boca. «Ahora es mi turno.»
Soraida abrió los ojos, una mirada de anticipación en ellos. Sin decir una palabra, se deslizó del sofá y se arrodilló entre mis piernas. Sus manos se movieron para desabrochar mis pantalones, liberando mi erección ya dura. Antes de que pudiera decir nada, me tomó en su boca, sus labios cálidos y húmedos envolviendo mi longitud.
Gemí, echando la cabeza hacia atrás y disfrutando de la sensación. Ella comenzó a mover su cabeza, sus labios y su lengua trabajando en armonía para llevarme al borde. Sus manos se unieron a la acción, acariciándome mientras me chupaba, y pude sentir cómo me acercaba rápidamente.
«Soraida,» gruñí, mis caderas comenzando a moverse al ritmo de sus movimientos. «Voy a… voy a…»
Ella no se detuvo, sino que aceleró el ritmo, chupando más fuerte. Con un gemido final, llegué al orgasmo, liberándome en su boca. Ella tragó todo lo que le di, sus ojos fijos en los míos mientras lo hacía.
«Muy bien,» dije, acariciando su cabello. «Eres increíble.»
«Gracias,» respondió, limpiándose la boca con el dorso de la mano. «Pero creo que ambos merecemos un premio por eso.»
Nos levantamos del sofá, nuestros cuerpos aún temblando por el encuentro. Sabía que teníamos que irnos antes de que alguien nos descubriera, pero no podía evitar sentir una satisfacción profunda por haber cumplido mi palabra. Soraida había sido el desafío que necesitaba, y había sido más que digna de mi atención.
«Vamos,» le dije, tomando su mano. «Vamos a casa. Cada uno a la suya, pero esto no ha terminado.»
Ella sonrió, una sonrisa que prometía más encuentros por venir. «No, Pablo. Esto solo ha sido el comienzo.»







