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—¿Y aquí? ¿En medio del parque? —preguntó Sofia , aunque sus ojos oscuros brillaban con una mezcla de nerviosismo y excitación. Sus labios, pintados de un rojo oscuro, se curvaron en una sonrisa que no era del todo inocente. Sabía que le gustaba el riesgo, que la idea de que alguien pudiera vernos la ponía más caliente que un horno.
Era nuestro tercer encuentro, pero esta vez quise darle una lección de sexo en público. Quería probar hasta donde era capaz de llegar después de dejarlas lista para el sexo anal que nos habíamos prometido
—No hay nadie —murmuré, acercándome hasta que mi aliento le rozó el cuello—. Además, ¿no es esto lo que querías? Algo diferente , algo que te haga olvidar lo aburrida que fue tu vida de casada.
Sus pupilas se dilataron. No negó nada. En lugar de eso, sus manos se aferraron a mis hombros mientras yo deslizaba mis dedos bajo la banda elástica de sus leggings, sintiendo el calor de su piel. No llevaba tangas. Su sexo ya estaba húmedo, resbaladizo, y cuando pasé un dedo entre sus labios hinchados, un gemido ahogado se le escapó.
—¿Ves? Ya estás húmeda y excitada —dije, frotando su clítoris con movimientos circulares—. ¿alguna vez hiciste algo así en un parque? ¿No quieres experimentar conmigo?
—No… no me toques ahí —mintió, arqueando la espalda cuando presioné más fuerte—. Gustavo, por Dios…
—sabes que quiero hacerte el amor ahora —susurré , solo para calentarla más, sabiendo que le excitaba cuando le hablaba al odio—. Quieres que te chupe el clítoris hasta que te vengas en mi boca , ¿verdad?
Sus uñas se clavaron en mi carne a través de la camisa. No respondió con palabras, pero su cuerpo lo hizo por ella: sus caderas se movieron hacia adelante, buscando más contacto, su respiración se volvió entrecortada. La empujé suavemente contra el tronco de un árbol, lo suficientemente ancho como para ocultarnos de cualquier mirada curiosa. El roce de la corteza contra su espalda debía de ser áspero, pero a ella no parecía importarle. Lo único que le importaba en ese momento era el dedo que había introducido dentro de su agujero apretado, curvándolo para rozar ese punto que la hacía temblar.
—¡Ah, mierda! —siseó, mordiéndose el labio inferior hasta casi dibujar sangre—. Más fuerte, Gustavo. Si me vas a culiar, no me trates como a una niña.
Sonreí. Ahí estaba. La Sofia que me excitaba , la que se escondía tras esa fachada de ama de casa aburrida. La zorra que solo necesitaba un poco de presión para salir a la luz. Retiré mi mano de su entrepierna y, sin aviso, la giré hasta que quedó de espaldas a mí, con las palmas apoyadas contra el árbol. Sus nalgas, redondas y firmes a pesar de los años, quedaban a la altura perfecta. No pude resistirme.
Le bajé los leggings hasta los muslos, dejando su culo al aire. La marca de sus tangas aún se veía en su piel, delataba lo poco que solía llevar debajo de esa ropa ajustada. Separé sus nalgas con ambas manos, exponiendo su agujero rosado y apretado, brillando con un poco de humedad. Dios. Era tan exquisitamente perfecto que me mordí el labio para no abalanzarme sobre ella como un animal.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó, mirando por encima del hombro con una sonrisa lasciva—. Porque a mí me encanta cómo me miras. Como si fueras a devorarme.
—No voy a mirar nada —dije, escupiendo en mi mano antes de untar su entrada con saliva—. Voy a saborearte hasta que grites.
No le di tiempo a responder. Me arrodillé detrás de ella, con el piso húmedo mojando mis rodillas, acerqué mi boca a su culo. El primer lametón fue suave, solo la punta de mi lengua trazando círculos alrededor de su ano. Sofia jadeó, sus dedos se aferraron con más fuerza al tronco del árbol.
—¿Te… gusta? —pregunté, soplando aire frío sobre su piel caliente.
—¡Sí! —su voz sonó ronca, desesperada—. No pares, Gustavo. Es delicioso, ricoooo…no pares!!
Volví a lamerla, esta vez con más presión, abriendo su agujero con mi lengua antes de introducirla dentro. El sabor era una mezcla de sudor, jabón y algo único de ella, algo que me volvía loco. Sus gemidos se volvieron más altos, más urgentes, mientras yo trabajaba su culo con movimientos profundos, sacando y metiendo la lengua como si fuera mi verga. Cada vez que la penetraba, sus muslos temblaban.
—¡Más! —exigió, empujando su culo contra mi cara—. Métemela entera, culeame con tu lengua. Quiero sentirte hasta el fondo de mi culo.
No era fácil, pero lo intenté. Agarré sus caderas con fuerza, clavando mis dedos en su carne mientras hundía mi lengua lo más hondo que podía. Sofia gritó, un sonido agudo que se ahogó cuando metí un dedo en su raja al mismo tiempo. Estaba empapada, sus paredes se contraían alrededor de mi dedo como si intentaran tragárselo.
—Sabes a madura puta —gruñí contra su piel, sin dejar de lamer—. A mi puta madura.
—¡Cállate y sigue! —jadeó, moviendo las caderas en círculos, frotándose contra mi boca—. Me voy a venir, Gustavo. Me voy a venir en tu puta boca.
Pero no quería que se viniera así. No todavía. Me levanté de un salto, limpiándome los labios con el dorso de la mano, y la giré para enfrentarla. Sus ojos estaban vidriosos, sus mejillas enrojecidas, el pelo pegado a la frente por el sudor. Jodidamente hermosa.
—Móntate en mi cara —ordené, sentándome en el suelo sin importarme la hierba ni la tierra—. Quiero que me cabalgues como si fuera tu caballo de carreras.
No hubo vacilación. Sofia se subió sobre sobre mí cara , con las piernas a cada lado de mi cabeza, y bajó su raja directamente sobre mi boca. Antes de que pudiera reaccionar, sentí el peso de sus labios hinchados contra mis labios, su clítoris duro como una piedra rozándome la lengua. Agarré sus caderas y la atraje hacia abajo, enterrando mi cara en su entrepierna. El olor a mujer madura, a excitación pura, me llenó los sentidos.
—¡Así, Siii! —gritó, comenzando a moverse, frotándose contra mí como si fuera una perra en celo—. Chupa mi cuca, Gustavo. Chupa mi cuca, cómetela toda , muérdeme el clítoris .
Y lo hice. La lamí de arriba abajo, desde su ano hasta el final de su raja, deteniéndome para succionar su clítoris entre mis labios antes de volver a bajar. Sus muslos me apretaban la cabeza, sus uñas se clavaban en mi cuello, pero no me importaba. Lo único que importaba era el sabor de su excitación, la forma en que su cuerpo respondía a cada movimiento de mi lengua. Metí dos dedos en su raja al mismo tiempo que seguía lamiendo su clítoris, y el grito que soltó fue casi inhumano.
—¡Me vengo! ¡Me vengo, me vengo, me vengoooooo!!
No tuve tiempo de prepararme. Su cuerpo se tensó como un arco, sus muslos temblaron violentamente, y entonces sentí el primer chorro caliente golpearme la cara. No era solo su jugo, era todo. Un orgasmo tan intenso que la hizo mear como una puta llave abierta , bañándome la barbilla, los labios, la nariz. El líquido resbaló por mi cuello, empapando mi camisa, mientras Sofia seguía moviéndose, frotándose contra mí como si no pudiera parar.
—¡Dios mío! —jadeó, finalmente deteniéndose, su pecho subiendo y bajando como si acabara de correr un maratón—. Eso… eso nunca me había pasado.
Me limpié la cara con el antebrazo, saboreando lo que quedaba de ella en mis labios. Cuando la miré, sus ojos brillaban con algo nuevo. Ya no era la mujer tímida que había conocido hacía semanas, la que se sonrojaba cuando le decía cosas sucias al oído. Ahora sonreía, una sonrisa pícara, casi malvada, mientras se bajaba de mí con movimientos lentos y deliberados.
—¿Qué? —preguntó, pasando un dedo por mi labio inferior, recogiendo un poco de su propio fluido antes de chupárselo—. ¿No te gusta cuando las cosas se ponen mojadas?
—No —dije, agarrando su muñeca y llevando sus dedos a mi boca para lamerlos limpios—. Me encanta. Pero ahora es mi turno.
Sus cejas se alzaron, desafiantes.
—¿Ah, ¿sí? —ronroneó, arrodillándose frente a mí con una lentitud calculada—. ¡Entonces enséñame lo que tienes, papito! A ver si aún sabes usarlo.
Nos cogimos de la mano y nos fuimos para su casa ….lo que paso allí , se los contare después de hoy






