Guía Cereza
Publicado hace 6 horas Categoría: Sexo con maduras 25 Vistas
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El mensaje llegó cuando estaba tomando un café solo en la cocina, ese momento del día en el que todo estaba en silencio y el mundo parecía detenerse. El celular vibró sobre la mesa, iluminando la pantalla con un nombre desconocido: Yolanda. No reconocí el número, pero el texto que apareció me hizo sonreír con esa mezcla de incredulidad y morbo que solo un mensaje así podía provocar:


—Hola, mi nombre es Yolanda. Me pasaron tu contacto. Quisiera poder hacer el amor contigo. Hace tiempo que no tengo sexo y la verdad estoy muy necesitada. Mi marido nunca está y entre los hijos y la casa todo es muy monótono. Espero tu respuesta.


Lo leí dos veces, asegurándome de que no era un error o alguna broma pesada de esos amigos que saben demasiado de mi reputación. Pero el tono era serio, casi desesperado, con esa urgencia que solo una mujer insatisfecha puede transmitir. El dedo se me quedó suspendido sobre la pantalla, preguntándome si responder o ignorarlo. Al final, la curiosidad ganó. Marque su número y el teléfono sonó apenas una vez antes de que una voz femenina, ronca y con ese dejo colombiano que acentúa las erres, respondiera:


—¿Sí? —preguntó, como si ya supiera quién era.


—¿Yolanda? —confirmé, bajando un poco la voz, aunque no había nadie cerca para escucharme.


—Sí, ¿Gustavo? —Su tono cambió al instante, más suave, casi íntimo—. Me alegra que hayas llamado.


—¿Cómo sabes que soy yo? —pregunté, jugando con el borde del vaso de café.


Ella rio, una risa corta y sensual, como si ya estuviéramos en confianza.


—Porque tengo tu número registrado en mi celu ,  además porque  varias amigas mías te conocen muy bien —dijo, arrastrando las palabras—. Y me han contado que eres… muy bueno en esto y muy discreto Por eso te busqué.


El comentario me encendió la sangre. No era la primera vez que una mujer casada, frustrada por un marido ausente, me buscaba para saciar esa sed que llevaban meses—o años—reprimiendo. Pero había algo en su voz, en esa mezcla de timidez y deseo sin disimulos, que me hizo querer verla ya.


—¿Y qué es exactamente lo que buscas, Yolanda? —pregunté, dejando que mi voz se volviera más grave, más íntima.


Oí cómo tragaba aire al otro lado de la línea.


—Lo que sea —susurró—. Lo que tú quieras darme. Solo… no me trates como a una princesa. Necesito que alguien me despierte lo arrecha que soy y que casi he olvidado .


Esa palabra, tan cruda, tan directa, me hizo ajustarme el pantalón. Ya tenia mi pene erecto solo de imaginármela.


—Bien —dije, decidiendo en ese instante—. Si quieres, nos vemos hoy. Cerca del centro comercial Titan Plaza , ¿conoces el estacionamiento de la zona de restaurantes?


—Sí, lo conozco —respondió rápido, como si temiera que me arrepintiera—. ¿A qué hora?


—A las tres. Busca la cafetería del supermercado al fondo. Estaré esperando. Leva un vestido negro si tienes, así te reconoceré


Colgué sin despedirme, porque sabía que el silencio después de un acuerdo así era más excitante que cualquier palabra. Me terminé el café de un sorbo, sintiendo cómo el calor del líquido se mezclaba con el otro calor que ya me recorría el cuerpo. Tres de la tarde. Tenía tiempo para prepararme, para imaginar cómo sería: su cuerpo, su olor, esos gemidos que seguro no había dejado escapar en años.


Llegué temprano al lugar, como siempre. No me gusta que me hagan esperar, pero sí disfruto observar antes de que lleguen. No tuve que esperar mucho.


A las tres y cinco,  entro en la zona de cafetería una mujer que, aunque vestía un vestido suelto sobre la rodilla —de escote  amplio  que le marcaba los pechos—, no necesitaba esfuerzo para llamar la atención. Yolanda. Su cabello corto le enmarcaba el rostro de piel clara. Tenía las caderas anchas, ese tipo de curvas que hacen que un hombre se imagine agarrándolas con fuerza mientras la penetra desde atrás. Y sus piernas… mas bien piernotas, esas piernas gruesas y firmes que prometían placer máximo.


Se acercó con paso seguro, pero pude ver cómo se mordía el labio inferior, nerviosa. Cuando llegó a mi mesa , se inclinó apenas, lo suficiente para que yo pudiera ver el escote que dejaba entrever el inicio de unos senos generosos.


—¿Eres Gustavo verdad? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.


Asentí, sin quitarle los ojos de encima.


—Siéntate —dije, señalando el asiento libre a mi lado.


Ella obedeció sin vacilar. El olor a perfume floral, mezclado con el sudor de la ansiedad—llenó el espacio en cuanto se sentó . Se quedó quieta, las manos apretando el bolso sobre su regazo, como si aún no supiera muy bien qué hacer.


—No tengas miedo —le dije, poniéndome de pie —. Vamos a un lugar más… privado.


No preguntó a dónde. Solo asintió, y cuando salimos , vi por el rabillo del ojo cómo se relajaban sus hombros, como si el simple hecho de estar en movimiento la liberara de algo.


El motel que elegí, estaba a pocas cuadras ,  era de esos que no preguntan, donde pagan por horas y las paredes son lo suficientemente delgadas para escuchar los gemidos de las habitaciones vecinas. Yolanda  no dijo nada cuando entramos, pero sus ojos brillaban con una mezcla de excitación y vergüenza mientras yo cerraba la puerta con llave. La habitación olía a desinfectante y a sexo reciente, ese aroma que siempre me ponía más excitado.


—¿Nerviosa? —le pregunté, acercándome a ella por detrás.


Ella negó con la cabeza, pero su respiración era acelerada, casi jadeante.


—No —mintió.


Le pasé las manos por la cintura, sintiendo cómo temblaba bajo mis manos. Latela de  su vestido era suave  podía notar el calor de su cuerpo a través de la tela. Bajé las manos hasta sus nalgas, grandes y firmes, y las apreté con fuerza. Yolanda soltó un pequeño grito, más de sorpresa que de dolor.


—Mentirosa —susurré contra su oreja, mordiéndole el lóbulo—. Pero me gusta.


La giré hacia mí y la empujé contra la pared, sin suavidad. Nuestros labios chocaron en un beso hambriento, sus dientes rozando los míos mientras nuestras lenguas se enredaban. Ella sabía a necesidad que solo una mujer como ella podía tener. Sus manos se enredaron en mi cabello, tirando con una fuerza que me hizo gruñir.


—Quiero que me des bien duro —jadeó entre besos—. Como a una puta.


Esas palabras, dichas con esa voz ronca y desesperada, me hicieron perder el poco control que me quedaba. La agarré de los muslos y la levanté, haciendo que enredara las piernas alrededor de mi cintura mientras la llevaba hacia la cama. Cayó sobre el colchón rebotando , sus pechos moviéndose bajo el vestido , los pezones duros y visibles a través de la tela.


—Desnúdate —ordené, quitándome la camisa con movimientos rápidos.


Ella no perdió tiempo. Se quitó el vestido de un tirón, dejando al descubierto  brassier negro que apenas contenía sus senos. Se lo arrancó también, liberando esos pechos parados, con areolas oscuras y pezones erectos que pedían a gritos ser chupados. Luego se bajó las tangas en un solo movimiento, dejando su cuerpo completamente expuesto ante mí.


Toda una mujer. Era aún mejor de lo que había imaginado. Su piel clara contrastaba con el vello oscuro y bien depilado de su entrepierna. Las caderas anchas, el vientre suave pero firme, esas piernas gruesas que prometían aguantar cualquier embestida. Y su raja… ya estaba mojada, los labios hinchados con anticipación.


—Me gustas —dije, pasando un dedo por su sexo sin tocarlo del todo—. Pero primero, voy a saborearte entera.


La empujé hacia el centro de la cama, haciendo que se recostara. Ella jadeó cuando le agarré los tobillos y los levanté, dejando sus piernas abiertas y su vagina completamente expuesta a mi vista. Pero no empecé por ahí. No. Quería que supiera que esto no sería rápido, que la iba a hacer esperar, sudar, rogar.


Comencé por sus pies. Le quité las medias con lentitud, besando cada centímetro de su piel mientras lo hacía. Sus dedos eran pequeños, con uñas pintadas de un rojo oscuro. Los chupé uno por uno, sintiendo cómo se arqueaba en la cama, impaciente.


—Sabes a sal —murmuré contra su piel, subiendo por sus piernas temblorosas—. Y a necesidad.


Mis labios rozaron la parte posterior de sus rodillas, ese punto sensible que hace que hasta el hombre más duro tiemble. Yolanda no fue la excepción. Un gemido largo y tembloroso escapó de sus labios cuando mi lengua trazó círculos allí, antes de seguir ascendiendo.


—No… no aguantó más —gimió, sus caderas moviéndose solas, buscando contacto.


—Claro que sí —le dije, mordiéndole el muslo interno con suficiente fuerza para dejar una marca—. Vas a aguantar todo lo que yo quiera.


Seguí subiendo, besando, lamiendo, mordiendo. El olor de su excitación se volvía más intenso con cada segundo. Cuando llegué a su entrepierna, soplé aire frío sobre su coño empapado, haciendo que se estremeciera.


—¡Por favor! —suplicó, sus manos agarrando las sábanas con fuerza.


—Sssh —susurré, pasando un dedo por sus labios hinchados, sin penetrarla—. Primero, voy a hacerte venir con la boca. Luego, te voy a culiar  como mereces.


Y sin más preámbulos, hundí mi cara entre sus piernas.


El primer lamido fue largo, desde su ano hasta el clítoris, saboreando cada centímetro de su piel. La mujer  gritó, sus caderas se levantaron de la cama, pero la sujeté con fuerza, clavando mis dedos en sus muslos para mantenerla en su lugar.


—¡Dios mío! —jadeó, sus manos yendo a mi cabeza, apretando—. ¡Así, así!


Su sabor era excitante, erótico : dulce, salado, ese gusto único de una mujer que lleva demasiado tiempo sin ser tocada. Mi lengua se movió en círculos alrededor de su clítoris, chupando con fuerza antes de introducir dos dedos en su vagina apretada. Estaba tan mojada que el sonido de mis dedos entrando y saliendo llenó la habitación.


—¡Más fuerte! —exigió, sus dedos apretando  mi cuero cabelludo—. ¡Quiero sentirlo!


Obedecí, añadiendo un tercer dedo, estirándola, preparándola. Mientras tanto, mi otra mano se deslizó hacia su ano, rozando el pequeño orificio con el pulgar.


—¿Aquí también? —pregunté, sin dejar de lamer su clítoris.


—¡Sí! —gritó—. ¡Todo, quiero todo!


No necesitó decirlo dos veces. Chupe los cinco  dedos de  mi mano y lubriqué su ano antes de introducir el pulgar con lentitud, sintiendo cómo se tensaba alrededor de mí.


—¡Ah, Ayyy papito , ¿Gustavo ,que me haces? ! —Yolanda se arqueó, su cuerpo temblando—. ¡Me voy a venir!


Pero no la dejé. Retiré mis dedos y mi boca al mismo tiempo, dejando que un gemido frustrado escapara de sus labios.


—No todavía  —dije, limpiándome la boca con el dorso de la mano—. Primero, quiero verte en cuatro.


Ella no discutió. Se puso de rodillas en la cama, apoyándose en los antebrazos, ofreciéndome esa vista que cualquier hombre mataría por tener: su culo redondo y firme, su vagina  goteando de excitación, el ano ligeramente abierto por la invasión de mi pulgar.


—Perfecta —murmuré, desabrochándome el pantalón.


Mi verga saltó libre, erecta y gruesa desde la cabeza hasta el tronco , la punta brillando  con gotas de semen.  Me acerqué a ella, pasando la cabeza por su entrada, pero sin penetrarla del todo.


—¿La quieres? —pregunté, frotándome contra sus labios mojados.


—¡Sí! —gritó, empujando su cadera hacia atrás, tratando de atraparme—. ¡Dámela, por favor!


Con un gruñido, la empujé hacia adelante, haciendo que su rostro chocara contra el colchón. Luego, sin más advertencia, la penetré de un solo movimiento, hundiéndome hasta el fondo en su vagina apretada.


—¡AAAH! —El grito de Yolanda  fue casi un aullido, sus paredes internas contrayéndose alrededor de mi verga como si nunca quisieran soltarme.


—Wowwww que rica , estás apretadísima —gruñí, comenzando a moverme con penetradas lentas pero profundas—. ¿Cuánto tiempo sin que te la metan así, eh?


—¡Demasiado! —gimió, empujando su culo contra mí para recibir cada embestida—. ¡No pares, no pares!


No tenía intención de hacerlo. Aumenté el ritmo, mis pelotas golpeando contra su clítoris con cada movimiento. La cama crujía bajo nosotros, el sonido de la cuca chocando llenando el aire junto con sus gemidos descontrolados.


—¡Asiiii , Asiiii ! —gritó de repente, sus uñas arañando las sábanas—. ¡Nunca había sentido esto, qué rico, no pares, más, ¡asiii!


Sus palabras me enloquecieron. La agarré de las caderas con más fuerza, mis dedos hundiéndose en su carne mientras la penetraba con furia, sintiendo cómo su cuerpo comenzaba a temblar.


—¡Me voy a hacer pipí! —chilló, su voz quebrándose—. ¡Ah, ah, no puedo…!


—Sí puedes —le ordené, sin disminuir el ritmo—. Y lo vas a hacer. Ahora.


Fue como si mis palabras fueran el detonante. Yolanda  se tensó, su vagina apretándose alrededor de mi verga con una fuerza casi dolorosa, antes de que un chorro caliente saliera de ella, empapando mis pelotas y el colchón.


—¡DIOS MÍO! —gritó, su cuerpo sacudiéndose con espasmos mientras el líquido seguía fluyendo.


No me detuve. Seguí dándole a través de su orgasmo, sintiendo cómo sus paredes internas se contraían alrededor de mí, hasta que ya no pudo más y cayó hacia adelante, jadeando, su cuerpo tembloroso y cubierto de sudor.


Pero yo aún no había terminado. Me salí de ella con un sonido húmedo y, sin darle tiempo a recuperarse, humedecí   mi mano y lubriqué mi cabezota antes de colocarme en la entrada de  su ano.


—¿Lista para más? —pregunté, frotando la cabeza contra su entrada apretada.


Ella, aún jadeando, asintió con la cabeza, empujando su culo hacia mí en señal de aprobación.


—Entonces agárrate —dije, y con un empujón firme, entré en su ano, sintiendo cómo su cuerpo se resistía al principio antes de ceder, permitiéndome hundirme hasta el fondo.


—¡AAAAH, MIERDA! —gritó, su voz ahogada contra el colchón.


Esta vez, no hubo suavidad. La tomé con fuerza, sus nalgas rebotando contra mis caderas con cada embestida, el sonido obsceno de mi tronco entero  entrando y saliendo de su ano llenando la habitación. Yolanda lloriqueaba, una mezcla de dolor y placer que solo hacía que me excitara más.


—¡Más fuerte! —suplicó, su voz quebrada—. ¡Rómpeme el culo Gustavo… Ayyyy que ricoooo!


Y así lo hice. La culié como si fuera su primera vez , como si su cuerpo fuera mío para usar y abusar, hasta que sentí cómo mis pelotas se tensaban, anunciando mi propio clímax.


—¡Me voy a venir! —gruñí, agarrándola del cabello y tirando de su cabeza hacia atrás para que pudiera escuchar cada palabra—. ¡Y te lo voy a meter todo adentro, puta!


Con un último empujón profundo, me vine dentro de su ano, llenándola con chorros calientes de semen mientras ella gritaba, su cuerpo temblando con otro orgasmo que la dejó sin aliento.


Cuando por fin me salí, Yolanda cayó sobre la cama, su respiración irregular, su cuerpo cubierto de sudor y sus jugos. Se veía destruida. Perfecta.


—Gustavo … —murmuró, girando la cabeza para mirarme con ojos vidriosos—. Eso fue… no tengo palabras.


Yo sonreí, limpiándome con la sabana  mientras la observaba. Sabía que esto no sería la última vez. Una mujer como Ella , una vez que probaba lo que realmente necesitaba, no podía volver atrás.


—Cuando quieras repetir —dije, abrochándome el pantalón—, ya sabes dónde encontrarme.


Ella asintió, aún jadeante, con una sonrisa pícara en los labios.


—Oh, no te preocupes —respondió, estirándose como una gata—. Esto apenas empieza.

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