Guía Cereza
Publicado hace 3 meses Categoría: Sexo con maduras 3K Vistas
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Un día, mientras sacaba la basura, un saludo me detuvo en la puerta.


—Hola Gustavo.


Su voz sonó como un susurro ronco, casi un gemido. Mi vecina estaba apoyada contra el marco de su puerta, los brazos cruzados bajo sus pechos, esa camiseta deportiva ajustada que siempre llevaba marcando cada curva como si fuera pintada sobre su piel. Esos ojos oscuros y brillantes se clavaban en mi con una intensidad que me hizo pararme y devolverle el saludo.


—¿Qué pasa, Vecina? —pregunté, dejando la bolsa en el suelo. Yo no aparté la mirada de ella. Había algo en su posición, en la forma en que se mordía el labio inferior, que me llamo la atención.


No respondió de inmediato. En vez de eso, dio un paso hacia mí, lo suficiente para que el olor a jabón de baño me llegara como una cachetada. Sus manos se entrelazaban con nervios.


—Te escucho todas las noches —dijo al fin, y su voz sonó áspera, como si le costara hablar—. A ti y a tu mujer.


Me detuve antes de abrir mi puerta.


Sentí cosquillas recorrer mi espalda, ¿Qué carajos había oído? La imagen de mi mujer, arrodillada en la cama la noche anterior, con mis manos en su pelo mientras se ahogaba con mi verga dentro del culo, pasó por mi mente como un rayo. El sonido de sus gemidos, el crujido del colchón, el sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando  cuando le daba por detrás...


—¿Qué es lo que ha escuchado exactamente Vecina? —pregunté, y mi propia voz me sonó demasiado calmada para lo que sentía. El corazón me latía muy de prisa.


Ella no bajó la mirada. Al contrario, se acercó otro paso, tan cerca que, si hubiera estirado la mano, mis dedos habrían rozado el pezón duro que se marcaba debajo de su camiseta.


—Todo —susurró—. La forma en que le hablas, como si fuera una puta que solo existe para tu placer. —Sus pupilas se dilataron, y por un segundo, pensé que iba a venir hacia mí . Pero no lo hizo. Se limitó a lamerse los labios, lenta, deliberadamente—. Me excita tanto que me tengo que masturbar después, con los dedos metidos hasta el fondo, imaginando que soy yo la que está entregada a ti.


¿queeee?, lo...lo …siento no imagine…


La sangre me ardía en las venas, pesada y caliente. La verga se me endureció debajo del jean. No era la primera vez que una mujer me insinuaba algo, pero esto... esto era diferente. Mi vecina no era ninguna niña. Era una mujer de setenta años, viuda, con ese cuerpo ancho y bien formado que se negaba a esconder bajo la ropa deportiva, con una mirada que prometía más pecado que todas las misas del mundo juntas.


—¿Y qué es lo que quiere de mí, vecina? —pregunté, bajando la—. No es mi culpa, las paredes son muy delgadas en estas casas¡¡


Sus labios se entreabrieron, y por un segundo, creí que iba a pelearme. Pero entonces dijo, casi imperceptiblemente.


—Quiero sentirlo —dijo, y su voz se quebró—. Llevó meses sin que nadie me toque. Meses, carajo. Y tú... tú le das a tu mujer lo que yo necesito. —Sus manos se frotaron contra la ropa—. Quiero que me enseñes. Quiero que me despiertes.


 Miré hacia mi casa, y luego la miré a ella.


—Ahhhh, Ok , Entonces, ¿qué le parece si vamos a su casa? —dije, y el simple hecho de decirlo me hizo sentir como un adolescente otra vez, con las manos sudorosas y la verga parada—. Así podré saber exactamente lo que más necesita.


No hubo más palabras. La vecina giró su cuerpo y entró a su casa, dejando la puerta entreabierta. Un desafío. Una invitación. Una trampa de la que no tenía ninguna intención de escapar.


El interior de su casa olía a café recién hecho, a ambientador barato de vainilla que las mujeres usan para disimular el desorden. El sofá de cuero crujió bajo mi peso cuando me senté. Desde mi posición, podía ver directamente a su alcoba. La puerta estaba entreabierta, justo lo suficiente para dejar pasar la luz de la noche.


Ella no perdió tiempo. Entro en su alcoba y se sentó en la cama, dejándome que la viera


Se quitó la camiseta deportiva de un tirón, dejando al descubierto un sujetador negro de encaje que apenas contenía sus pechos pesados, los pezones oscuros marcándose contra la tela. Sus manos fueron a la cintura del pantalón, y por un segundo, pensé que se los quitaría también. Pero no. Se limitó a deslizar los dedos bajo la cintura elástica, frotando su vagina antes de gemir, bajito, sensual.


—Mírame —ordenó, y su voz era una orden.


No aparté los ojos.


Se recostó en la cama, las piernas aún juntas, pero sus dedos ya trabajaban bajo la tela, moviéndose en círculos lentos. Podía ver el contorno de sus labios vaginales hinchándose bajo la tela.


—Imagino que es tu mano —jadeó, arqueando la espalda—. Que es tu dedo el que me está abriendo, metiéndose dentro de mí como si fuera tuya. —Sus caderas se levantaron del colchón, buscando más presión, más fricción—. Pero no es suficiente, Gustavo. Nunca es suficiente.


Se quitó el pantalón con un movimiento brusco, dejando al descubierto su raja amplia, de color rosa oscuro, madura, depilada completamente. Sus labios estaban hinchados, brillantes de excitación, y el olor a mujer caliente me llegó directo a la entrepierna. Me ajusté la verga, dolorida contra la cremallera, pero no me toqué. Esto era su espectáculo. Por ahora.


Ella se giró sobre el colchón, poniéndose de lado, una pierna doblada para darme una vista perfecta de su vagina palpitante. Dos dedos se hundieron en su cueva, y el sonido húmedo, me llego hasta la sala.


—Así me toco cuando los escucho —gimió, sus dedos moviéndose más rápido, más duro—. Me imagino que es tu verga la que me está entrando, que me estás llenando hasta que no pueda respirar. —Sus ojos se cerraron, pero luego los abrió de golpe, clavándolos en mí—. ¿Te gusta ver esto, Gustavo? ¿Se te para la verga al saber que me masturbo pensando en ti?


—No hables —dije, y mi voz sonó excitadísima—. Solo hazlo.


Ella obedeció.


Sus dedos se aceleraron, el ritmo desesperado, casi violento. La raja le brillaba, mojada al máximo, y podía ver cómo se contraía alrededor de sus dedos, excitada, hambrienta. Sus piernas se abrieron al máximo, los muslos temblando, y entonces lo escuché: un sollozo roto, un sonido de placer y locura femenina.


—¡No es suficiente! —gritó, y sus dedos se hundieron hasta el fondo, el cuerpo sacudiéndose como si la estuvieran castigando—. ¡Necesito más!


Y entonces sucedió.


Un espasmo la recorrió de la cabeza a los pies, sus dedos se clavaron en las sábanas, y un chorro dorado, caliente, brotó de entre sus piernas, salpicando el colchón, sus muslos, incluso llegando hasta el suelo con un chorro húmedo. Se estaba meando de placer, el orgasmo fue tan intenso que había perdido el control por completo. Sus lágrimas se mezclaban con el sudor, su boca abierta en un grito mudo, los dedos aún hundidos en su coño, como si intentara detener el flujo imposible.


—Uff, que ricoooo —jadeé, y no pude evitarlo: mi mano fue a mi cremallera, liberando mi verga, dura y erecta, la punta ya goteando —. Wowwww Vecinaaaa...!!


Ella me miró a través de las lágrimas, los ojos brillantes, triunfantes.


—Ahora sabes lo que me haces —dijo, y su voz era un susurro ronco, roto—. Y ni siquiera me has tocado todavía.


Ahora vete, antes que tu mujer se dé cuenta y regresa mañana que quiero una verdadera culeada.


Me subí la cremallera, me puse de pie y me fui sin despedir …mañana será diferente 

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🍒 Pregunta Cereza

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  • Delicioso, me hizo venir este relato que rico poder comerse una mujer veterana de esa forma y con esas ganas que ella tenía....me encantó
  • ¿Qué pasó al día siguiente?
    • Mi vecina de setenta años quiere probarme PARTE II sueñossexuales_1970 Mi vecina de setenta años había comenzado por abrir la puerta de su casa y dejarme ver cómo se masturbaba pensando en mí . se había meado de placer, delante mío con un orgasmo tan intenso que había perdido el control por completo. Vi como sus lágrimas se mezclaban con el sudor, su boca abierta en un grito mudo, los dedos aún hundidos en su raja, como si intentara detener el flujo imposible. —Uff, que ricoooo —jadeé, y no pude evitarlo: mi mano fue a mi cremallera, liberando mi verga, dura y erecta, la punta ya goteando —. Wowwww Vecinaaaa...!! Ella me había mirado a través de las lágrimas, los ojos brillantes, triunfantes. —Ahora sabes lo que me haces —me había dicho —. Y ni siquiera me has tocado todavía. - Ahora vete, antes que tu mujer se dé cuenta y regresa mañana que quiero una verdadera culeada. Me había ido sin despedir …mañana sería diferente Ahora yo estaba allí , sin prisa , sin que mi esposa pudiera verme y dispuesto a darle “su medicina completa” Yo estaba parado en su puerta, recordando lo que había visto el día anterior: sus dedos resbaladizos hundiéndose entre sus muslos , el sonido húmedo de su propia excitación, la manera en que me miró fijamente mientras se venía con un gemido ahogado, como si cada espasmo le arrancara un pedazo de espera. —No entres todavía —me dijo ahora, sin girarse del todo, solo inclinando la cabeza hacia un lado para que viera el perfil de su rostro. Llevaba una bata de flores descoloridas, ceñida apenas con un cinturón flojo que dejaba entrever la curva de sus caderas cuando se movía—. Cierra la puerta con llave. Hice lo que me pidió. Cuando me di la vuelta, ella ya estaba sentada en el sofá de cuero gastado, con las piernas ligeramente abiertas, los dedos jugando con el dobladillo de la bata. No llevaba nada debajo. Lo supe porque, al cruzar una pierna sobre la otra, el tejido se abrió lo suficiente para dejarme ver el vello rizado y oscuro entre sus muslos, húmedo, como si ya estuviera lista. —Acércate —susurró, y su voz sonaba áspera, exigente—. Pero no te sientes. Quiero verte de pie. Camine hacia ella, sintiendo cómo mi respiración me empujaba hacia adelante. La verga me palpitaba contra el pantalón, dura como un garrote, y no hice nada por disimularlo. Mi vecina bajó la mirada, luego la levantó de nuevo, lenta, como si estuviera midiendo algo. —Ayer te mostré lo que me haces —dijo, y sus dedos se deslizaron hacia adentro, separando los labios de su vagina con una deliberación que me secó la boca—. Hoy vas a ver lo que te voy a hacer a ti. No tuve tiempo de responder. Se inclinó hacia adelante, con los senos colgando bajo la bata abierta, y antes de que pudiera reaccionar, sus dedos me agarraron el cinturón. Luego sacó mi verga del bóxer con mirada triunfal. —Wowww, ve como me pone usted, vecina? —murmuré, porque no podía evitarlo. Estaba dura, la punta brillando con un hilo cremoso , las venas marcadas como cables bajo la piel. Mi vecina no dijo nada. Solo me miró un segundo más, , y luego inclinó la cabeza y me la metió en la boca de golpe. —No te muevas —ordenó, con la voz ahogada alrededor de mi verga, y el calor húmedo de su garganta me hizo temblar las rodillas. Pero era imposible quedarse quieto. Sus labios se cerraron alrededor de la cabeza , la lengua trazando círculos lentos y tortuosos sobre la corona, como si estuviera saboreando algo prohibido. Cada vez que bajaba, su garganta se contraía alrededor de la punta, y yo sentía cómo mis pelotas se apretaban, amenazando con soltar todo ahí mismo. Sus manos me agarraron las nalgas, los dedos hundiéndose en la carne, arrastrándome más adentro. —Así, mijo —gimió, soltándome solo para lamerme desde la base hasta la punta—. Así me gusta. Duro. Caliente. Luego volvió a tragársela, esta vez más profundo, y sentí la punta rozando el fondo de su garganta antes de que se ahogara un poco y se retirara, tosiendo, con hilos de saliva colgando de sus labios. —Te gusta, ¿verdad? —preguntó, pasándose la mano por la boca, pero sin limpiarse del todo. Sus ojos brillaban, húmedos, como si estuviera a punto de llorar de puro placer—. Ver a una vieja como yo chupándotela como una puta. —No eres una vieja —logré decir, aunque la verdad era que me volvía loco saber que esos labios arrugados, esa boca que había visto maldecir al cartero por dejar los paquetes tirados, ahora estaban envueltos alrededor de mi verga, chupando como si fuera el último sorbo de agua en el desierto. —Cállate —gruñó, y me empujó contra el respaldo del sofá. Caí sentado, con las piernas abiertas, y ella se arrodilló entre ellas, sus manos volviendo a agarrarme la verga, esta vez con más urgencia—. No me halagues. Solo dame verga. La agarré de los hombros y la levanté, arrastrándola hacia mí hasta que quedó estirada sobre mis muslos, con las piernas abiertas y su raja goteando sobre mi pantalón. La bata se había abierto del todo, y ahora podía verla entera: los senos caídos, pero aún llenos, los pezones oscuros y duros como piedras, el vientre blando y marcado por estrías, el vello negro y espeso entre sus piernas, brillante de humedad. —Metérmela —exigió, agarrándome la cabeza y frotando la punta contra su entrada—. Quiero sentirte adentro. Ahora. No hubo preliminares. No hubo caricias suaves ni besos tontos. Solo mi verga hundiéndose en su interior, abriéndola, mientras ella gemía como si le doliera y a la vez lo necesitara más que el aire. Estaba tan apretada que tuve que empujar con las caderas, sintiendo cómo sus paredes se cerraban alrededor de mí, calientes y resbaladizas, como si llevara años esperando esto. —¡Dios! —gritó, clavándome las uñas en los hombros—. ¡Más fuerte, carajo! Y yo se lo di. La agarré de las caderas y la levanté casi hasta sacármela del todo, solo para volver a hundirla con tal fuerza que la hizo jadear. Cada vez que bajaba, su vagina hacía un sonido como si estuviera chupando mi verga desde adentro, y sus gemidos se volvieron más altos, más desesperados. —Así, así, así —gritaba, moviéndose sobre mí con una energía que no parecía posible para alguien de su edad, sus senos balanceándose, el sudor pegándole el pelo a la frente—. Me vas a hacer correr como una perra, ¿verdad? —No puedo aguantar mucho —advertí, sintiendo cómo el orgasmo me subía por la espalda como un latigazo. —Entonces damelo —jadeó, y de repente se detuvo, me empujó hacia atrás y se bajó de mí—. Pero no en mi raja. Quiero que me lo metas por el culo. El aire se me cortó. La miré, incrédulo, pero ella ya estaba de espaldas, apoyada en el respaldo del sofá, con las nalgas redondas y pálidas levantadas hacia mí, separando los cachetes con las manos para mostrarme el agujero pequeño y arrugado, oscuro, que nunca había sido tocado. —Nunca me lo han hecho —confesó, con la voz temblorosa, pero sus dedos ya estaban allí, frotando, preparándose—. Pero quiero que seas tú. Quiero sentir cómo me rompes. Escupí en mi mano y me unté la cabeza, luego escupí entre sus nalgas, viendo cómo la saliva resbalaba hacia abajo, hacia ese hoyo apretado. Mi vecina gimió cuando sintió el primer contacto, la punta de mi verga presionando contra ella. —Despacio —suplicó, pero sus caderas empujaban hacia atrás, como si no pudiera decidir si quería huir o ser penetrada de una vez. No fue fácil. Tuve que empujar, retroceder, volver a empujar, sintiendo cómo ese anillo de músculo cedía poco a poco, hasta que, con un sonido húmedo y un grito ahogado de ella, la punta entró. —¡Mierda! —gritó, y sus dedos se clavaron en el cuero del sofá—. ¡Sigue! Y lo hice. Centímetro a centímetro, hasta que estuve completamente dentro, sintiendo cómo su culo me apretaba como un puño, caliente y tan ajustado que pensé que me iba a correr ahí mismo. Mi vecina jadeaba, con la cara enterrada en el cojín, el cuerpo temblando. —Muévete, por favor —suplicó, y su voz sonaba rota, como si estuviera al borde de las lágrimas—. Necesito que me abras el culo como si fuera tu puta. Y eso hice. Empecé lento, con embestidas cortas, sintiendo cómo su cuerpo se adaptaba a mí, cómo cada vez que me hundía un poco más, ella gemía más fuerte. Luego, cuando sus gemidos se volvieron más urgentes, más desesperados, aumenté el ritmo, agarrándola de las caderas y clavándosela hasta el fondo, escuchando el sonido de nuestros cuerpos chocando, su culo tragándose mi tronco una y otra vez. —¡Me voy a venirrr! —gritó, y sentí cómo su cuerpo se tensaba alrededor de mí, cómo sus paredes se contraían en espasmos descontrolados—. ¡No pares, no pares, no pares! No paré. Seguí culiandola como un animal, hasta que sentí ese calor líquido inundándome las pelotas, y entonces ya no pude aguantar más. Me corrí dentro de ella con un gruñido, sintiendo cómo mi semen le llenaba el culo, cómo su cuerpo lo aceptaba todo, temblando, gimiendo, hasta que los dos caímos hacia adelante, sudorosos y jadeantes, sobre el sofá destrozado. Mi vecina se rio, un sonido ronco y sin aliento, y se volteó para mirarme, con los labios hinchados y los ojos brillantes. —Mañana —dijo, pasándose una mano por el pelo enredado—, quiero que me traigas algo para meterme en el culo. Para después que te vayas, algo grande. Esto no había hecho más que empezar. Era la segunda parte , pero mi vecina guardaba muchos secretos y me los compartió uno a uno …

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