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Un día, mientras sacaba la basura, un saludo me detuvo en la puerta.
—Hola Gustavo.
Su voz sonó como un susurro ronco, casi un gemido. Mi vecina estaba apoyada contra el marco de su puerta, los brazos cruzados bajo sus pechos, esa camiseta deportiva ajustada que siempre llevaba marcando cada curva como si fuera pintada sobre su piel. Esos ojos oscuros y brillantes se clavaban en mi con una intensidad que me hizo pararme y devolverle el saludo.
—¿Qué pasa, Vecina? —pregunté, dejando la bolsa en el suelo. Yo no aparté la mirada de ella. Había algo en su posición, en la forma en que se mordía el labio inferior, que me llamo la atención.
No respondió de inmediato. En vez de eso, dio un paso hacia mí, lo suficiente para que el olor a jabón de baño me llegara como una cachetada. Sus manos se entrelazaban con nervios.
—Te escucho todas las noches —dijo al fin, y su voz sonó áspera, como si le costara hablar—. A ti y a tu mujer.
Me detuve antes de abrir mi puerta.
Sentí cosquillas recorrer mi espalda, ¿Qué carajos había oído? La imagen de mi mujer, arrodillada en la cama la noche anterior, con mis manos en su pelo mientras se ahogaba con mi verga dentro del culo, pasó por mi mente como un rayo. El sonido de sus gemidos, el crujido del colchón, el sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando cuando le daba por detrás...
—¿Qué es lo que ha escuchado exactamente Vecina? —pregunté, y mi propia voz me sonó demasiado calmada para lo que sentía. El corazón me latía muy de prisa.
Ella no bajó la mirada. Al contrario, se acercó otro paso, tan cerca que, si hubiera estirado la mano, mis dedos habrían rozado el pezón duro que se marcaba debajo de su camiseta.
—Todo —susurró—. La forma en que le hablas, como si fuera una puta que solo existe para tu placer. —Sus pupilas se dilataron, y por un segundo, pensé que iba a venir hacia mí . Pero no lo hizo. Se limitó a lamerse los labios, lenta, deliberadamente—. Me excita tanto que me tengo que masturbar después, con los dedos metidos hasta el fondo, imaginando que soy yo la que está entregada a ti.
¿queeee?, lo...lo …siento no imagine…
La sangre me ardía en las venas, pesada y caliente. La verga se me endureció debajo del jean. No era la primera vez que una mujer me insinuaba algo, pero esto... esto era diferente. Mi vecina no era ninguna niña. Era una mujer de setenta años, viuda, con ese cuerpo ancho y bien formado que se negaba a esconder bajo la ropa deportiva, con una mirada que prometía más pecado que todas las misas del mundo juntas.
—¿Y qué es lo que quiere de mí, vecina? —pregunté, bajando la—. No es mi culpa, las paredes son muy delgadas en estas casas¡¡
Sus labios se entreabrieron, y por un segundo, creí que iba a pelearme. Pero entonces dijo, casi imperceptiblemente.
—Quiero sentirlo —dijo, y su voz se quebró—. Llevó meses sin que nadie me toque. Meses, carajo. Y tú... tú le das a tu mujer lo que yo necesito. —Sus manos se frotaron contra la ropa—. Quiero que me enseñes. Quiero que me despiertes.
Miré hacia mi casa, y luego la miré a ella.
—Ahhhh, Ok , Entonces, ¿qué le parece si vamos a su casa? —dije, y el simple hecho de decirlo me hizo sentir como un adolescente otra vez, con las manos sudorosas y la verga parada—. Así podré saber exactamente lo que más necesita.
No hubo más palabras. La vecina giró su cuerpo y entró a su casa, dejando la puerta entreabierta. Un desafío. Una invitación. Una trampa de la que no tenía ninguna intención de escapar.
El interior de su casa olía a café recién hecho, a ambientador barato de vainilla que las mujeres usan para disimular el desorden. El sofá de cuero crujió bajo mi peso cuando me senté. Desde mi posición, podía ver directamente a su alcoba. La puerta estaba entreabierta, justo lo suficiente para dejar pasar la luz de la noche.
Ella no perdió tiempo. Entro en su alcoba y se sentó en la cama, dejándome que la viera
Se quitó la camiseta deportiva de un tirón, dejando al descubierto un sujetador negro de encaje que apenas contenía sus pechos pesados, los pezones oscuros marcándose contra la tela. Sus manos fueron a la cintura del pantalón, y por un segundo, pensé que se los quitaría también. Pero no. Se limitó a deslizar los dedos bajo la cintura elástica, frotando su vagina antes de gemir, bajito, sensual.
—Mírame —ordenó, y su voz era una orden.
No aparté los ojos.
Se recostó en la cama, las piernas aún juntas, pero sus dedos ya trabajaban bajo la tela, moviéndose en círculos lentos. Podía ver el contorno de sus labios vaginales hinchándose bajo la tela.
—Imagino que es tu mano —jadeó, arqueando la espalda—. Que es tu dedo el que me está abriendo, metiéndose dentro de mí como si fuera tuya. —Sus caderas se levantaron del colchón, buscando más presión, más fricción—. Pero no es suficiente, Gustavo. Nunca es suficiente.
Se quitó el pantalón con un movimiento brusco, dejando al descubierto su raja amplia, de color rosa oscuro, madura, depilada completamente. Sus labios estaban hinchados, brillantes de excitación, y el olor a mujer caliente me llegó directo a la entrepierna. Me ajusté la verga, dolorida contra la cremallera, pero no me toqué. Esto era su espectáculo. Por ahora.
Ella se giró sobre el colchón, poniéndose de lado, una pierna doblada para darme una vista perfecta de su vagina palpitante. Dos dedos se hundieron en su cueva, y el sonido húmedo, me llego hasta la sala.
—Así me toco cuando los escucho —gimió, sus dedos moviéndose más rápido, más duro—. Me imagino que es tu verga la que me está entrando, que me estás llenando hasta que no pueda respirar. —Sus ojos se cerraron, pero luego los abrió de golpe, clavándolos en mí—. ¿Te gusta ver esto, Gustavo? ¿Se te para la verga al saber que me masturbo pensando en ti?
—No hables —dije, y mi voz sonó excitadísima—. Solo hazlo.
Ella obedeció.
Sus dedos se aceleraron, el ritmo desesperado, casi violento. La raja le brillaba, mojada al máximo, y podía ver cómo se contraía alrededor de sus dedos, excitada, hambrienta. Sus piernas se abrieron al máximo, los muslos temblando, y entonces lo escuché: un sollozo roto, un sonido de placer y locura femenina.
—¡No es suficiente! —gritó, y sus dedos se hundieron hasta el fondo, el cuerpo sacudiéndose como si la estuvieran castigando—. ¡Necesito más!
Y entonces sucedió.
Un espasmo la recorrió de la cabeza a los pies, sus dedos se clavaron en las sábanas, y un chorro dorado, caliente, brotó de entre sus piernas, salpicando el colchón, sus muslos, incluso llegando hasta el suelo con un chorro húmedo. Se estaba meando de placer, el orgasmo fue tan intenso que había perdido el control por completo. Sus lágrimas se mezclaban con el sudor, su boca abierta en un grito mudo, los dedos aún hundidos en su coño, como si intentara detener el flujo imposible.
—Uff, que ricoooo —jadeé, y no pude evitarlo: mi mano fue a mi cremallera, liberando mi verga, dura y erecta, la punta ya goteando —. Wowwww Vecinaaaa...!!
Ella me miró a través de las lágrimas, los ojos brillantes, triunfantes.
—Ahora sabes lo que me haces —dijo, y su voz era un susurro ronco, roto—. Y ni siquiera me has tocado todavía.
Ahora vete, antes que tu mujer se dé cuenta y regresa mañana que quiero una verdadera culeada.
Me subí la cremallera, me puse de pie y me fui sin despedir …mañana será diferente






