Guía Cereza
Publicado hace 12 horas Categoría: Sexo anal 86 Vistas
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En mi oficina, casi siempre hay   olor a café recién hecho cunado trabajo allí toda la mañana, pero ese aroma se esfumó en un instante cuando Danna entró sin llamar. La puerta se cerró detrás de ella con un ruido suave, pero para mí son como un disparo en mi concentración. Llevaba esa minifalda ancha de jean que se pegaba a sus caderas y ancha sobre las rodillas, y una camiseta ajustada que dejaba poco a la imaginación con ese top que apretaba sus pechos redondos y firmes. El cabello castaño, resaltaba su rostro de piel clara, unos labios carnosos y ligeramente separados dejaban escapar un jadeo suave. Sus ojos me miraron con una mezcla de desafío y necesidad que no necesitaba descifrar.


—Doctor Gustavo… —su voz era agitada y sensual, si acabara de gemir—. Mi mamá me dijo que viniera por unos papeles, pero… —se mordió el labio inferior, dejando al descubierto esos dientes blancos que brillaban contra el rojo oscuro de su boca—. La verdad es que no vine por eso.


No tuve que preguntar. El modo en que sus dedos juguetearon con el dobladillo de su falda, levantándolo unos centímetros para luego soltarlo, como si estuviera midiendo mi reacción, lo decía todo. Me recosté en mi silla de cuero, cruzando las manos sobre el escritorio viendo como ella avanzaba hacia mí con esa cadera que se balanceaba como una tentación. Sabía que su novio, ese idiota que la había dejado meses atrás, no le había dado ni un orgasmo decente. Y yo, a mis cincuenta y siete años, aún tenía la verga dura como para atender una chica así y la experiencia para hacerla olvidar a aquel tipo.


—¿Por qué cree que estoy aquí, doctor? —preguntó, acercándose hasta que sus muslos rozaron el borde del escritorio.—. ¿Hace rato que no me tocan como Dios manda- algo que usted desea hacer, o me equivoco?


No respondí con palabras. Mis ojos bajaron hasta sus piernas, donde la tela de la falda se abría sobre sus caderas anchas cada vez que se movía. Podía ver el contorno de su tanga, ajustada entre esas nalgas redondos que prometían un apretón de infarto. Cuando levanté la vista, ella ya tenía los dedos en el botón de su falda, desabrochándolo con una lentitud deliberada.


—¿Te gusta lo que ves? —susurró, mientras el cierre bajaba.


—No me hagas preguntas que ya sabes la respuesta —dije, sintiendo cómo mi verga se endurecía contra el pantalón. No había necesidad de fingir modestia. Danna no era una niña ingenua; era una mujer de veintidós años con el cuerpo de una mujer madura y el apetito de una loba en celo.


La falda cayó al suelo con un suspiro, dejando al descubierto esas piernas largas y torneadas, y esa tanga blanca que apenas cubría el surco entre sus nalgas. Se dio la vuelta lentamente, apoyando las manos en el escritorio mientras arqueaba la espalda, ofreciéndome su trasero.


—Quiero que me lo metas por atrás —dijo, sin rodeos, mientras con una mano se bajaba la tela de la tanga, dejando al descubierto su ano rosado y apretado, ya húmedo con un poco de lubricación natural—. Pero no como un jovencito. Quiero que me lo des duro, como a una perra en celo.


Mi cinturón se desabrocho sin ruido. No me molesté en quitarme los pantalones del todo; solo los bajé lo suficiente para liberar mi verga, que ya palpitaba con fuerza, la cabeza gorda y gruesa por la excitación. Me acerqué a ella, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo, y con los dedos le separé las nalgas, exponiendo ese agujerito que se contraía ansioso.


—¿Estás segura? —pregunté. Mis yemas de los dedos rozaron su entrada, sintiendo cómo se estremecía bajo mi roce.


—Ayyyy Doctor Gustavo, no me hagas esperar —gruñó, empujando su culito hacia atrás, como si intentara atrapar mi verga con su propio cuerpo—. Métemelo ya, por favor.


Tomé mi verga con la mano, apuntando la cabeza hasta su ano, y con un empujón firme y fuerte, sentí cómo su músculo cedía, tragándose la cabeza en un espasmo de dilatado placer. Danna jadeó, sus dedos se aferraron al borde del escritorio con tanta fuerza que las uñas se clavaron u poco en la madera.


—¡Aaaahhhh, ¡qué rico! —gimió, su voz quebrada por la sensación—. ¡Qué verga tan rica, Ayyyy!


No le di tiempo a acomodarse. Con un gruñido, empujé mis caderas hacia adelante, hundiendo otros dos centímetros de mi verga en su apretado túnel. El gemido gutural que escapó de sus labios me dijo que ella lo disfrutaba tanto como yo.


—¡Ay, Doctor Gustavo! —suplicó, moviendo su cadera en pequeños círculos, como si intentara acomodar más de mí dentro de ella—. ¡Ya muévete, dame fuerte! ¡Quiero todo!


Y se lo di. Agarré sus caderas con ambas manos, clavando mis dedos en su carne suave pero firme, y comencé a embestirla con furia. Cada empujón hacía que el escritorio chirriara y se moviera unos centímetros, los papeles se deslizaban al suelo y el portátil amenazaba con caerse. Pero no me importaba. Lo único que importaba era mi verga entrando y saliendo de su culo, el olor a sexo y sudor que llenaba el aire, y los gemidos descontrolados de Danna, que ya no formaba palabras, solo jadeos y quejidos de arrechera.


—¡Sí, así, así! —gritó, empujando su trasero hacia mí para disfrutar cada embestida—. ¡No pares, no pares!


Sus músculos internos se contrajeron alrededor de mi verga, como si intentaran tragarse hasta la última gota, y supe que estaba cerca. Pero antes de que pudiera advertirle, ella se detuvo de golpe, su cuerpo se tensó como un arco, y un chorro caliente y pegajoso salpicó el interior de sus piernas. Gritó, un sonido agudo y profundo, mientras su orgasmo la sacudía en oleadas. Sus piernas temblaron, pero se mantuvo en pie, jadeando como si estuviera corriendo un maratón.


—¡Otro! ¡Dame otro! —exigió, antes de que siquiera tuviera tiempo de recuperarse.


Y se lo di. Y otro más. Cada vez que mi verga rozaba ese punto justo dentro de ella, Danna se venía como una fuente, sus jugos resbalando por sus piernas, mezclándose con el sudor que le empapaba la espalda. Era multiorgásmica, y cada orgasmo la dejaba más hambrienta, más desesperada. Sus uñas arañaban la madera del escritorio, dejando marcas, pero en ese momento, no me importaba nada más que el modo en que su culo se apretaba alrededor de mi verga como un torniquete sediento.


—¡Me voy a venir! —gruñí, sintiendo cómo mis huevos se tensaban, listos para explotar.


—¡No! —gritó ella, empujando su trasero contra mí con tanta fuerza que casi me hace perder el equilibrio—. ¡Dámelo adentro! ¡Quiero que me llenes el culo de leche, dame tu leche papito!


No tuve fuerza para resistirme. Con un último empujón brutal, enterré mi verga hasta el fondo de su ano, sintiendo cómo su cuerpo se cerraba alrededor de mí como una tuerca. Y entonces, el orgasmo me llegó. Un chorro espeso y caliente salpicó contra las paredes del ano, seguido por otro, y otro, hasta que sentí cómo mi semen comenzaba a gotear por sus   piernas, mezclándose con sus propios jugos. Danna gimió, su cuerpo convulsionando con un último orgasmo que la dejó sin aliento, sus piernas temblando como gelatina.


—¡Sí, sí! —jadeó, mientras yo seguía descargando dentro de ella, cada espasmo de mi verga arrancándole un nuevo gemido—. ¡Me encanta sentirte adentro, Asiiii!


Cuando por fin me retiré, un hilo grueso de semen y fluidos se estiró entre su ano y la punta de mi verga, antes de romperse y caer sobre el suelo. Danna se quedó ahí, apoyada en el escritorio, respirando muy agitada. Su piel brillaba con una capa de sudor, y sus muslos estaban empapados, el líquido resbalando lentamente hacia sus rodillas.


—Esto… —murmuró, girando la cabeza para mirarme con una sonrisa pícara y agotada—. Esto va a ser un problema cuando me levante.


—No te preocupes —dije, limpiándome con un pañuelo de papel que saqué del cajón, antes de arrojarlo a la basura—. Allí está el baño privado. Y una ducha.


Sus ojos brillaron con malicia.


—¿Y si no quiero lavarme todavía? —preguntó, pasando un dedo por el surco de sus nalgas, recogiendo un poco de mi semen y llevándoselo a la boca—. Quiero sentir esto todo el día… como un recuerdo.


Me acerqué a ella, agarrando su mentón con fuerza para inclinar su rostro hacia el mío.


—Entonces la próxima vez —susurré, rozando sus labios con los míos—, te lo daré donde realmente lo sientas.


Sus pupilas se dilataron.


—¿Dónde? —preguntó, casi sin voz.


—Donde tu novio nunca se atrevió —dije, soltándola con un golpe suave en el trasero—. En la garganta. Hasta que te ahogues con mi leche.


Danna se lamió los labios, y supe que no pasaría mucho tiempo antes de que volviera a mi consultorio. Y esta vez, no sería por los papeles del mandado.

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