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5:00 a.m.
El aeropuerto dormía con un ojo abierto. Afuera, el cielo aún era una promesa de amanecer. Dentro, ya había movimiento. Los primeros turnos nos exigían estar listas mucho antes de que el mundo siquiera se lavara la cara.
Yo ya tenía el uniforme puesto: la falda entallada que dibujaba con precisión mis piernas, la blusa blanca que se aferraba a mis senos con la testarudez del primer botón, y el pañuelo rojo al cuello, ese que más de un pasajero confundía con coquetería en lugar de protocolo. Labios rojos, moño alto, tacones pulidos. Una imagen perfectamente armada... para recibir caos.
7:15 a.m.
El primer problema fue un remolque fuera de hora. El segundo, una tripulación que no aparecía. El tercero, un grupo de pasajeros conectados a vuelos internacionales que no entendían por qué el tablero seguía diciendo retrasado.
El ambiente se volvió ácido. La radio no paraba de escupir códigos, y yo de traducirlos en explicaciones tranquilizadoras que apenas lograban disimular el incendio. Cuando llegaron los primeros insultos suaves, con tono aún de queja educada ya sabía que el día sería largo.
Al crecer el problema con el pasar de los minutos mi supervisora apareció con su andar firme y sus gafas descansando sobre la cabeza, como si le bastara una mirada para resolverlo todo.
P: Tatiana, no entres en discusiones. Ya están pidiendo coordinación directa con rampa. Andrés viene en camino.
8:00 a.m.
Lo vi cruzar la terminal como si nada pudiera afectarlo. Chaleco reflectivo, radio en mano, mirada enfocada. La camisa blanca remangada dejaba ver unos antebrazos que, sinceramente, daban para mucho más que cargar conos. Sus pantalones de dotación, perfectamente ceñidos, no disimulaban el cuerpo trabajado con funcionalidad. No era un tipo de gimnasio. Era un cuerpo de quien carga, se agacha, sube, corre... y folla como si supiera que también eso es una forma de ejercicio.
Se acercó con esa calma suya. Saludó. Sonrió a Patricia mi supervisora. Y ahí estaba. La sonrisa de ella. Amplia, liviana. Coqueta. O yo la imaginaba así.
No importaba. Lo sentí como un pinchazo en el estómago.
8:20 a.m.
Los tres estábamos reunidos junto al módulo de puertas nacionales. Patricia exponía el lado comercial: Pasajeros esperando, compensaciones, imagen de la aerolínea. Andrés respondía con el lado operativo: Equipos en pista, tiempos mínimos de seguridad, cambios de itinerario.
Yo... observaba.
A Patricia. A su manera de explicarle todo a Andrés como si él no lo supiera. A su dedo rozando el borde del papel al señalar un punto. A cómo se inclinaba un poco más de lo necesario.
Y a él. Que, si se daba cuenta, no lo mostraba. Aunque una vez, solo una, noté que su mirada se desvió hacia mí por encima del hombro de ella.
No dijo nada.
Tampoco tenía que hacerlo.
9:15 a.m.
La sala 87 era un hervidero. Un pasajero gritaba que iba a perder su conexión. Una señora mayor me acusaba de no tener corazón. Un niño rompía a llorar por la ansiedad. Patricia se sumó al control de daños, con esa voz firme y su sonrisa mecánica. Yo apenas podía contener la mía, y no precisamente por el estrés.
Andrés estaba al fondo, hablando por radio con su equipo. Desde donde estaba, su perfil parecía tallado a mano. Las mangas de su camisa estaban subidas hasta más allá del codo, y un pequeño hilo de sudor le bajaba por el cuello. Lo vi levantar la mirada hacia mí por un segundo. No sonrió. Solo me sostuvo los ojos. Luego volvió a su radio.
Patricia, en cambio, no dejaba de sonreírle.
Cada vez que se acercaba a él para intercambiar información, le tocaba el brazo. Una caricia disfrazada de explicación. Su tono bajaba, su postura cambiaba. Como si de repente estuviera en otra clase de reunión. No lo soportaba. No me había dado cuenta de cuánto me molestaba... hasta que la vi inclinarse para mostrarle algo en su tablet y, sin querer, acercarse demasiado.
Mi mandíbula se tensó.
Yo no tenía ningún derecho. Andrés no era mi pareja. Ni siquiera mi amigo. Apenas un recuerdo entre sábanas y una historia que no se contaba. Pero eso no me impedía sentir cómo se me hervía la sangre con cada sonrisa de Patricia.
Volví al frente. Asumí el control de los grupos como quien lidera una manada en pánico. Mi blusa ya tenía una arruga rebelde a la altura del pecho. Mis labios, aún pintados, estaban secos. Y sin embargo, me mantenía en pie. Firme. Profesional. Sensual a pesar del agotamiento.
P: Tatiana, hay movimiento en puerta. Autorizado el embarque. Dijo Patricia, con tono casi alegre.
Le respondí con un asentimiento breve. Ella volvió a girarse hacia él. El vuelo estaba por salir. Una parte de mí se alivió. Otra, no tanto.
9:45 a.m.
Finalmente, el embarque inició. La mayoría de los pasajeros subieron con gestos que iban desde el cansancio hasta el rencor. Algunos, los más humanos, agradecieron. Uno me dijo que le gustaba cómo resolvía todo: sin despeinarme. Sonreí. Si supiera.
Cuando el último abordó, Patricia se giró hacia mí.
P: Vete a la 76. Están necesitando apoyo con otra conexión. Dijo mirando su radio.
Asentí sin ganas. Me giré para caminar hacia la salida de la sala. Justo cuando pasé cerca de Andrés, escuché la voz de Patricia detrás de mí:
P: Espérame un momento, Andrés, quiero repasar unas cosas de esto contigo. Lecciones aprendidas, ya sabes...
Me detuve un segundo, sin girarme. Sentí que lo hacía a propósito. Luego seguí caminando. No dije nada. Pero me ardía el estómago como si tuviera una taza de café negro y celos sin azúcar agitándose dentro.
10:10 a.m.
Mi celular vibró. Nuevo mensaje.
De Andrés.
¿Ya rescataste la 76? Creo que mereces algo más que una compensación. ¿Te animas a cenar esta noche?
Me mordí el labio antes de responder. Me tomé mi tiempo. No mucho.
¿Invitación oficial o acto de buena fe interdepartamental?, le respondí.
Su respuesta no tardó: Oficial. Pero con intenciones no tan diplomáticas.
El cansancio se me escurrió de los hombros. Y ahí lo supe. El uniforme podía seguir en su lugar. La jornada podía continuar. Pero algo había cambiado.
6:45 p.m.
Frente al espejo, me detuve unos segundos más de lo normal.
El uniforme ya estaba colgado en la parte trasera de la puerta, como si me mirara con reproche. Me dolían los pies de todo el día en tacones, pero no podía, no quería, resignarme a ponerme cualquier cosa. Andrés me había invitado a cenar. Formalmente. Pero con intenciones no tan diplomáticas. Sus palabras aún vibraban en mi cabeza como una promesa.
Elegí un vestido. Un minivestido blanco tipo bodycon, de esos que se ciñe al cuerpo con la exactitud de una caricia. El tejido suave, casi como el roce de una sábana recién lavada contra la piel desnuda. La parte superior con cuello redondo alto. La parte inferior, terminado en falda tipo tubo, deliberadamente corto, no por descuido, sino por intención. Deja al descubierto las piernas infinitas, firmes. Ese blanco no es inocente; es provocador, porque se atreve a ser claro y ajustado en un mundo de sombras y sutilezas. Debajo de él decidí no llevar sostén.
Sobre los hombros una chaqueta de cuero gris claro, entallada, con cremalleras que relucen como cuchillas sutiles bajo la luz. El cuero huele a deseo urbano, a perfume caro mezclado con una pizca de desafío. Cada cierre metálico parece estar allí no sólo para ajustar, sino para sugerir: Desabróchame si te atreves.
Y entonces... las botas. Dios, las botas. Altas, grises, de gamuza, suben más allá de la rodilla como si acariciaran cada centímetro de mi piel hasta el muslo. No son sólo calzado: son una declaración. Y ese gris empolvado, neutro, no compite: enmarca.
Es solo una cena, me dije en voz baja, pero el tono no me convenció ni a mí.
El maquillaje era discreto, pero preciso. Pestañas acentuadas, labios nude, apenas brillo en los pómulos. Quería que él viera a la mujer que salía del uniforme, no a la chica de counter. Me recogí el cabello en una coleta pulida que dejaba mi cuello expuesto. Siempre he creído que un cuello desnudo dice más que un escote profundo.
Al salir del baño, tomé el celular; Estoy lista. ¿Dónde nos vemos?
Paso por ti en diez, me respondió
Dejé el celular boca abajo y me miré una vez más en el espejo.
No parecía que iba a una cena. Ni a una cita. Parecía que iba a una decisión.
Y quizás sí lo era.
7:12 p.m.
El sonido del timbre fue seco, directo. Como él.
Miré por la mirilla antes de abrir. Andrés estaba ahí, recostado contra el marco de la puerta, con una chaqueta tipo blazer oscura sobre una camisa de lino clara y jeans ajustados. Limpio. Masculino. Con ese aire de hombre que no necesita esforzarse para ser deseado. No llevaba el chaleco reflectivo ni el radio en la cintura. Y sin embargo, imponía más que nunca.
Al abrir, no dijo nada de inmediato. Solo me miró.
Recorrió con los ojos mi vestido, un pequeño indicio de mis pezones marcados levemente bajo el vestido. Bajó por la curva de mis caderas, tomó unos instantes en la piel expuesta desde el corte final del vestido y el inicio de las botas, luego subió, lento, hasta mi mirada.
A: ¿Seguro no vamos a una pasarela? preguntó, medio en broma, medio en serio.
T: Yo no hago citas a medias, le respondí, girando para tomar el bolso. Sabía perfectamente lo que provocaba darle la espalda con ese vestido.
El silencio que siguió fue una caricia.
A: Te ves... empezó a decir, pero se detuvo.
A: No importa.
Caminamos hasta su carro. Un sedán oscuro, limpio, con aroma a cuero y algo amaderado. Me abrió la puerta sin exageraciones. Natural. Como si siempre lo hiciera. Como si ya hubiera aprendido a moverse alrededor de mí sin tropezar.
Subí, cruzando las piernas con la elegancia de quien sabe que está siendo observada. Sentí su mirada en mi muslo descubierto. Fingí no notarlo.
En el carro, el silencio fue cómodo, cargado. La música era suave, un jazz moderno, envolvente. No hablábamos mucho, pero no hacía falta. Había algo flotando entre nosotros que ninguna palabra podía romper.
T: ¿A dónde me llevas? pregunté al fin, mirando por la ventana.
A: A un lugar donde no se hable de vuelos, ni pasajeros, ni supervisores con sonrisas sospechosas, dijo sin mirarme.
Lo dijo con naturalidad. Pero lo dijo.
Sonreí. No respondí. No lo necesitaba.
Andrés giró en una esquina y tomó una ruta que no reconocí de inmediato. Íbamos rumbo a la zona antigua, donde los restaurantes pequeños escondían mesas con velas y vinos que no estaban en cartas comerciales.
Mi mano descansaba en mi muslo. La suya, sobre la palanca de cambios, a solo unos centímetros. Bastaba un pequeño impulso para que se rozaran. Pero ninguno lo dio. Aún no.
El juego había comenzado. Y esta vez no sería solo una noche.
8:05 p.m.
El restaurante era pequeño, con luz tenue y paredes de ladrillo expuesto. Velas sobre cada mesa, una copa ya servida al recibirnos. No había música alta, solo un murmullo lejano de conversación y copas que brindaban. Andrés había elegido bien.
El mesero nos condujo a una mesa junto a una ventana angosta. Él esperó a que me sentara antes de tomar su lugar frente a mí. Desde esa posición, podía mirarme completa. Y lo hacía. No con descaro, sino con ese detenimiento que incomoda solo si no deseas ser observada.
Yo sí lo deseaba.
A: No sueles vestirte así para los cambios de gate. Dijo con la copa en la mano, los ojos aún sobre mí.
T: Y tú no sueles invitar a cenar a las que te gritan por radio a las siete de la mañana. Respondí ladeando una sonrisa.
A: Entonces estamos empatados.
Brindamos.
El vino era seco, con cuerpo. Como sus respuestas. Como su mirada. Como la forma en que cruzaba los brazos cuando escuchaba. En su camisa de lino se marcaba la línea de sus clavículas, el trazo del pecho. Era la misma piel que una vez recorrí con la lengua, la misma que ahora quería descubrir con más calma. Sin prisa. Pero con intención.
T: ¿Siempre eres así de controlado?. Le pregunté, mientras hojeábamos el menú.
A: ¿Así cómo?
T: Como si ya supieras lo que va a pasar, pero te diera igual esperar a que ocurra.
A: No siempre. Solo cuando sé que vale la pena esperar.
Me tembló la rodilla. No por nervios. Por anticipación.
Pedimos comida. Ligera. Tapas, vino, más vino. La conversación fue perdiendo estructura: de trabajo a anécdotas, de anécdotas a confesiones. Descubrí que le gustaban los perros, que odiaba las películas con finales felices, y que tenía la costumbre de tocarse el borde del reloj cuando se quedaba en silencio. Lo hacía ahora, mientras me escuchaba hablar de cómo llegué a la aerolínea.
T: ¿Y tú? le pregunté en un momento
T: ¿Por qué hoy?
A: ¿Hoy qué?
T: ¿Por qué hoy me invitaste? Nos hemos cruzado muchas veces. Me has visto cansada, molesta, arreglada, hasta empapada por la lluvia una vez. ¿Por qué hoy?
Se quedó en silencio. Tocó el borde del reloj, como si afinara una respuesta. Luego habló.
A: Porque hoy vi algo en tus ojos. Algo que no supe si era rabia, celos... o las dos. Y no quería que te fueras a casa con esa energía sin que yo te la quitara.
Me sostuve la copa con ambas manos. El vino se me calentaba entre los dedos. Él no dijo más. Pero yo sí.
T: ¿Y cómo planeas quitármela?
A: Con una buena cena. Y lo que tú me permitas después.
Mi respiración se hizo más lenta.
El postre llegó sin que lo pidiéramos. Chocolate negro. Compartido. Él tomó un trozo con la mano y lo acercó a mi boca. Dudó un segundo, como quien pide permiso sin hablar.
Yo abrí los labios y lo recibí. El sabor fue intenso. No por el chocolate. Sino por sus ojos fijos en mi boca.
10:24 p.m.
T: ¿Y dónde vives? pregunté mientras caminábamos hacia el carro. Lo dije con tono ligero, como quien pregunta por cortesía... pero mis ojos decían otra cosa.
Andrés me miró de reojo, como si supiera que esa pregunta tenía más de trampa que de curiosidad.
A: A diez minutos. ¿Por qué?
T: No sé. Me da intriga.
A: ¿Intriga?
T: Sí. Imaginarte en casa. Sin chaleco, sin radio, sin que alguien te esté pidiendo soluciones.
Sonrió. Abrió la puerta del carro y esperó a que subiera. Lo hizo en silencio, pero con esa sonrisa dibujada en el rostro. Esa que aparece cuando uno ya sabe cómo va a terminar la noche, pero prefiere no arruinar la sorpresa.
El camino fue breve. Yo tenía la mano apoyada sobre el muslo, el vestido aún en su lugar, pero mi piel ya pidiendo ser liberada. Él conducía con una serenidad engañosa. Cada vez que cambiaba de marcha, su brazo rozaba el mío, y sentía esa energía quieta, contenida. Como un relámpago aún dentro de la nube.
10:37 p.m.
Su apartamento estaba en un sexto piso. Limpio. Masculino. Con pocas cosas, pero bien elegidas: libros, un sofá oscuro, luz cálida, una mesa de madera rústica y una botella de vino abierta sobre la barra. Como si supiera que vendría alguien.
T: ¿Siempre lo tienes así de ordenado? pregunté recorriendo el lugar con la vista.
A: No vienen mucho a desordenarlo.
Me senté en la barra mientras él servía el vino. El silencio ya no era cómodo: era anticipación en estado líquido.
T: ¿Y cuántas veces lo han hecho? quise saber, llevándome la copa a los labios.
A: Muy pocas. Respondió acercándose. Se apoyó junto a mí, su brazo junto al mío, su mirada más cerca que nunca
El ambiente se volvió espeso. Cálido. Las luces parecían bajar solas. Su perfume flotaba entre nosotros como una invitación muda.
Tomé un sorbo más. Él también. Pero ninguno se movía. El momento pedía algo. Algo más. Me quite la chaqueta, la lancé al sofá. Me paré frente a él.
T: Andrés... dije, sin pensar demasiado
T: ¿Esto es solo sexo?
Él se detuvo.
A: ¿Tú quieres que lo sea?
T: No. Dije mientras miraba fijamente sus labios.
A: Yo tampoco.
El silencio fue un acuerdo. Una tregua.
Entonces me acerqué.
No lo besé de inmediato. Solo acerqué mi rostro, mi aliento. Lo suficiente para que sintiera mis labios sin tocarlos. Para que el deseo le vibrara en la mandíbula antes de rendirse.
10:52 p.m.
Él me besó primero. Lento. Con labios tibios, seguros. Su lengua apenas se insinuó, y yo la recibí abriendo los míos con un suspiro contenido. Mi mano fue directo a su pecho, palpando bajo la camisa abierta, sintiendo cómo le latía el corazón, fuerte, rítmico. Lo empujé suavemente hacia atrás, hasta dejarlo apoyado en el borde del sofá, mientras yo me acomodaba sobre él, de frente, con las piernas dobladas a cada lado de sus muslos, como si fuera a cabalgarlo. El vestido se subió solo. Como si supiera cual era su destino.
Sus manos, grandes, fuertes, se posaron primero en mis muslos, justo donde la tela terminaba. Subieron despacio, empujando mi vestido hacia arriba con cada movimiento. Yo me incliné sobre él, dejándome llevar por la gravedad y por las ganas. Le besé el cuello, despacio, con la lengua rozando su piel, sintiendo el sabor a vino y algo salado. Mis manos fueron a sus hombros, lo abracé con los muslos, lo apreté con las piernas. Sentí su pene. Estaba duro. Muy duro. Y apenas comenzábamos.
Me tomó por la cintura y me levantó sin dificultad. Me cargó como si pesara nada y me llevó a su habitación. Al entrar, me recostó sobre la cama y se quedó de pie, mirándome. Yo abrí las piernas antes que me lo pidiera, dejando que el vestido se deslizara por mis muslos. Se mordió el labio. Dio un paso atrás
T: Espera. Le dije sin saber por qué
T: Déjame hacerlo.
Me incorporé, me arrodillé en la cama y deslicé mi mano hasta su cinturón. Lo desabroché sin apuro. Bajé la cremallera. Él tenía el abdomen tenso, contenido. Saqué su pedazo de carne aprisionado, con la misma naturalidad con la que se toma una copa: segura, ansiosa, precisa. Lo sostuve. Lo miré. Lo besé.
Primero con los labios cerrados, luego con la lengua. Y después lo abracé totalmente con mis labios. Cada caricia mía era un golpe contra su respiración. Andres me sostuvo el cabello con una mano, sin tirarlo, solo guiándolo. Recorrí su verga desde la raíz, lentamente, hasta la punta. Sentí en mi lengua sus venas brotadas, su sabor salado, su hombría. Bajaba de nuevo a su raíz. Yo jugué con él, lo saboreé, lo tomé todo y luego lo solté. Quería provocarlo, quería que me deseara hasta el borde del descontrol.
Pero él no se perdió. Me tomó de los brazos y me hizo recostarme otra vez. Esta vez se arrodilló al borde de la cama y abrió mis piernas con sus manos. No preguntó. Solo bajó la cabeza y comenzó a lamerme. Su lengua fue firme, lenta, profunda. No buscaba acelerar nada, sino explorar. Su nariz presionaba justo donde me hacía estremecer. Mis piernas se cerraban a veces por reflejo, y él las abría de nuevo con las manos, sin dejar de mirarme.
T: Así. Le dije sin vergüenza
T: Justo ahí.
Él obedeció.
Mi espalda se arqueó. Sentí el orgasmo crecer como una ola perfecta. Él lo sintió también, porque no se detuvo. Me sostuvo con los brazos bajo mis muslos mientras mi cuerpo temblaba, mientras me escuchaba gemir sin contenerme. Me corrí así, solo con su boca.
Cuando mi respiración se calmó, lo atraje hacia mí.
T: Ahora sí. Susurré con la voz ronca.
Se metió entre mis piernas, apunto con su miembro a la empapada entrada de mi vagina. Un pequeño empuje y me lo metió. Lento, profundo, sin quitarme los ojos de encima. Yo lo abracé con las piernas, lo arañé en la espalda, lo sentí llenarme por completo. Se dejó caer sobre mi y me beso. Sentí el sabor salado de mis fluidos empapando su barba, me encantó eso.
Me movió con ritmo. Me folló sin brutalidad, pero sin suavidad vacía. Con intención.
A: Así te quería. Así te imaginaba en el aeropuerto. Así te recordé desde nuestro viaje. Dijo mientras yo gemía
Poco a poco sus embestidas fueron aumentando el ritmo. Se levantó de mí, sin salir de mi. Me tomó por las caderas, asegurándose que tendría de donde sostenerse cuando sus piernas empezaran a temblar. Le di una buena imagen, mi espalda arqueada, mis manos aferradas a las sábanas. Mis tetas balanceándose libres bajo su mirada mientras empujaba dentro de mí una y otra vez.
Me volví a correr. A los pocos segundos lo hizo él. Cuando terminó, se vino en mí con un gemido grave, como un rugido contenido. Comencé a sentir en mi interior su semen llenándome de calor. Cayó sobre mí, con el cuerpo rendido, temblando igual que yo.
Gracias por leerme.
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