La puerta se cerró con un clic apenas audible. Él dejó las llaves sobre la mesa sin apartar la mirada de ella. Habían pasado semanas desafiándose con mensajes ambiguos, sonrisas sostenidas y silencios cargados de intención. Ya no quedaba espacio para fingir indiferencia.
Ella dio un paso al frente. Después otro. La distancia entre ambos desapareció con una lentitud casi cruel. El aire parecía más cálido, más denso, como si la habitación también contuviera la respiración.
—¿Todavía quieres irte? —preguntó él en voz baja.
Ella negó con una sonrisa apenas perceptible.
Sus rostros quedaron tan cerca que podían sentir el aliento del otro. Él rozó suavemente su mandíbula con la punta de los dedos, y un escalofrío recorrió la piel de ella. Cerró los ojos por un instante, disfrutando aquella caricia que parecía prometer mucho más de lo que revelaba.
El beso llegó despacio, explorando antes de reclamar. Sin prisas. Como si ambos supieran que el deseo se alimenta mejor cuando se le permite crecer. Sus manos encontraron el camino con naturalidad, deteniéndose apenas para prolongar la incertidumbre, mientras cada roce despertaba una nueva corriente de electricidad.
El mundo quedó reducido a la respiración compartida, a las miradas que se buscaban incluso con los ojos entrecerrados y a esa certeza silenciosa de que algunas noches no necesitan palabras para convertirse en inolvidables.






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