Vivía en una casa amplia de Cachipay, con jardín delantero y una piscina pequeña donde sus hijos ya no nadaban porque estaban en la universidad. Lorena tenía cuarenta y ocho años, un divorcio a cuestas y un novio veinte años menor que ella: Mateo, de veintiocho, quien fue el que me contactó. "Ella dice que los hombres de su edad ya no le sirven. Quiere a alguien como vos. Y yo quiero verla feliz".
Cuando llegué, Lorena estaba recostada en una tumbona junto a la piscina, con un vestido de baño enterizo color vino que moldeaba un cuerpo de esos que el tiempo perdona: caderas anchas pero firmes, piernas largas con celulitis apenas insinuada, senos naturales y generosos que el escote contenía a duras penas. Su cabello era negro con canas plateadas, recogido en un rodete despeinado, y sus ojos marrones tenían patas de gallo que se acentuaban al sonreír. Olía a bloqueador solar y a una madurez sensual que embriagaba.
Mateo me sirvió un whisky en las rocas y se sentó en el borde de la piscina, con los pies en el agua, en un gesto que ya me era familiar. "Ella es toda tuya", dijo con la voz tranquila de quien ha aceptado su papel.
Lorena me tendió la mano y me guió hasta la piscina. Nos metimos juntos, el agua fresca contrastando con el calor de la noche. La besé apoyados en el borde, sus pechos flotando contra mi pecho, sus piernas enroscándose en mi cintura. No hubo prisa: ella sabía saborear el momento, y yo se lo concedí. Mis manos recorrieron sus caderas sumergidas, sus muslos, su sexo ya húmedo no solo de agua.
Mateo, desde el borde, nos miraba sin pestañear. De vez en cuando se tocaba por encima del pantalón, pero no se atrevía a más sin permiso. Yo se lo di: "Tocate, pero no te vengas hasta que yo lo diga". Él obedeció al instante.
Saqué a Lorena de la piscina y la recosté en la tumbona, su cuerpo mojado brillando bajo las estrellas. Entré en ella con la calma del que sabe que la noche es larga, y Lorena gimió con un vozarrón ronco, sin inhibiciones, como solo gimen las mujeres que ya no le deben nada a nadie. Mateo se masturbaba en su esquina, aguantando, obedeciendo.
Ahora le dije cuando sentí que Lorena estaba a punto. Veníte con nosotros.
Y Mateo se corrió en el césped, soltando un gemido de alivio, justo cuando Lorena gritaba su propio orgasmo aferrada a mi cuello. Los tres nos quedamos en silencio, cómplices, mientras el agua de la piscina seguía meciéndose.
Si estás en Cachipay y querés una noche así, hablemos.







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