El apartamento de Granada tenía balcones coloniales y una vista al cerro de las Tres Cruces. Me contactó Julián, un profesor de literatura de cuarenta años: "Mi esposa se llama Renata. Es una hotwife. Le gusta elegir a sus amantes y yo solo pago la cuenta. Esta vez te eligió a vos".
Renata me recibió con un vestido de seda verde esmeralda y tacones dorados. Treinta y seis años, cabello castaño oscuro cayendo en ondas sobre los hombros, piel blanca como la leche, ojos verdes de gata y un cuerpo de escultura: senos medianos y firmes con pezones rosados, cintura pequeña, caderas redondas y piernas torneadas por años de ballet. Olía a jazmín y a vino tinto.
—Julián —dijo ella sin mirarlo—. Servinos vino y luego sentate en ese rincón. No hables hasta que te lo pida.
Julián obedeció con una sonrisa sumisa. Sirvió dos copas de Malbec, me entregó una y se sentó en una butaca junto a la ventana, con las manos sobre las rodillas.
Renata me besó con la calma de quien sabe lo que quiere. Su lengua sabía a vino y a menta. Mis manos bajaron por su espalda, sintiendo la seda del vestido, hasta que encontré el cierre y lo bajé lentamente. El vestido cayó al suelo como una hoja. Debajo no llevaba nada.
La recosté en el sofá de cuero blanco y me arrodillé frente a ella. Su sexo era una flor rosada, depilada al ras, con los labios vaginales pequeños y brillantes de humedad. Lo lamí con devoción, trazando círculos con mi lengua, metiendo dos dedos mientras mi pulgar acariciaba su clítoris. Renata gemía, sus dedos enredados en mi cabello, sus caderas levantándose para buscarme.
—Julián —jadeó ella—. Decile lo que estás viendo.
—Estoy viendo a mi esposa siendo lamida por otro hombre... y me encanta... —respondió Julián con la voz quebrada.
La penetré sobre el sofá, sus piernas abiertas, sus pies descalzos apoyados en mis hombros. La embestí con ritmo, sintiendo sus paredes apretarme, sus gemidos llenando el apartamento. Julián miraba desde su rincón, las manos agarradas a los reposabrazos, la respiración agitada.
—Decile a tu marido quién te está haciendo venir —le gruñí.
—Vos, solo vos... Julián, este hombre me está haciendo venir como vos nunca pudiste... —gimió Renata, y su orgasmo fue un grito largo que retumbó en Granada.
Julián aplaudió quedamente desde su butaca. Luego se levantó, nos sirvió más vino y me dijo: "Gracias por hacerla feliz. La próxima semana, ¿repetimos?".
¿Quieres vivirlo? Escríbeme.








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