Estábamos en un bar cerca de la universidad. Ya era de noche y veníamos tomando desde hace rato. Mi novio no me soltaba la cintura y cada vez que se acercaba a hablarme me rozaba más. Yo reía nerviosa, pero por dentro ya estaba caliente. Me tenía la mano metida por la parte de atrás del vestido, subiendo despacio, y yo no lo apartaba.
En un momento se me acercó al oído y me dijo bajito:
—Ya no aguanto más. Vamos.
Yo lo miré un segundo. Sabía lo que quería. Dudé, porque no era de esas que hacen esas cosas en cualquier lado… pero ese día estaba distinta. Tal vez por los tragos, tal vez porque él me tenía así de prendida. Asentí con la cabeza.
Salimos del bar y caminamos rápido hacia la universidad. Entramos por un lado poco iluminado. Todavía se oían voces en algunos salones, pero el pasillo del baño de hombres estaba solo. Él miró para los lados, me tomó de la mano y me metió al último cubículo. Le echó el seguro.
El lugar era estrecho y olía a cloro. Me empujó suavemente contra la pared y me besó. Después se bajó el cierre del pantalón y se sacó la verga él mismo. Estaba bien dura. Yo me agaché y se la empecé a chupar, despacio al principio, después más profundo, dejándome llevar. Él me agarró el pelo con suavidad y me guió.
Cuando ya estaba bien babosa, me levantó, me dio la vuelta y me subió el vestido. Me bajó la tanga hasta los muslos. Sacó el condón, se lo puso y me abrió un poco las piernas. Sentí la punta buscando la entrada. Empujó despacio primero, después más fuerte, hasta meterse completo. Me mordí el labio para no hacer ruido.
Me empezó a coger de atrás, agarrándome de las caderas. No iba con mucha fuerza al principio, pero poco a poco se fue soltando. Cada vez que se metía hondo yo apretaba los dientes y empujaba el culo hacia atrás. El sonido se escuchaba, aunque intentábamos ser callados. Él me hablaba al oído, bajito, diciéndome cosas sucias que me hacían sentir vergüenza y calor al mismo tiempo.
De pronto se oyeron pasos. Alguien entró al baño. Mi novio se quedó quieto dentro de mí y me tapó la boca con la mano. Los dos nos quedamos sin respirar mientras el man orinaba y después se iba. En cuanto salió, él me volvió a coger más fuerte, como si el susto lo hubiera excitado más.
Solo sentía cómo me la metía y me la sacaba rápido, hondo, sin piedad. El condón estaba caliente y resbaloso por dentro. Cada vez que pegaba fondo se me escapaba un gemido contra el brazo. Tenía miedo de que alguien abriera la puerta en cualquier segundo, pero ese miedo me tenía la chorreando. Se me temblaban las piernas y se la apretaba sola, como chupándole la verga con mi parte de abajo con cada embestida que él me daba.
Él se pegó completo contra mi espalda. Me agarró fuerte de las caderas, casi clavándome los dedos, y con la otra mano me jaló el pelo para que le sacara más el culo. Me hablaba al oído todo ahogado y sucio:
—Así… empujá más… qué rica estás… se te pone re apretada cuando casi nos pillan… no pares…
Yo le empujaba el culo como loca. Le buscaba que me la enterrara más profundo. Se escuchaba el ruido húmedo de su verga entrando y saliendo, el sonido de sus huevas pegándome, mi respiración entrecortada. El cubículo ya olía a sexo y a sudor. Me goteaba por los muslos. Las piernas me fallaban, pero no quería que parara ni un segundo.
De pronto se puso durísimo. Empezó a coger más corto, más rápido, casi sacándola toda y volviéndola a meter de un golpe. Me apretó contra él con las dos manos y se quedó embistiendo hondo. Se le escapó un gemido grave y largo contra mi cuello mientras se corría. Se le sentían las pulsadas fuertes adentro del condón, una tras otra, llenándolo de semen caliente. Seguí sintiendo cómo le latía y cómo me lo seguía empujando aunque ya se estaba acabando, como si quisiera meter hasta la última gota.
Yo temblaba toda. Tenía la frente apoyada en el brazo, los ojos cerrados y la cuca todavía contrayéndose alrededor de su verga. El corazón me latía en la garganta. Entre las piernas sentía el condón lleno y caliente, el ardor rico, y esa mezcla de “casi nos agarran” con lo putamente rico que se había sentido que me acabara así, escondidos, como dos animales.
—Sal tú primero —me dijo.
Salí con las piernas temblando. Él salió detrás. Nadie nos vio.
No era algo que yo normalmente haría… pero ese día me lo dejé meter ahí, y no me arrepentí.








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