Fantasías tras la pared capítulo 2
Relato de comunidad Interracialschedule 8 min de lectura calendar_today Agosto de 2026

Fantasías tras la pared capítulo 2

Ale, acorralada por la deuda del alquiler, se ve obligada a aceptar la propuesta de su arrendador, Yamal: trabajar para él en lugar de pagar. Pero lo que comienza como una tarea doméstica se convierte en un juego de dominació...

18_up_rating

Contenido adulto. Este relato fue escrito por un miembro de la comunidad. Léelo solo si tienes 18+ y mente abierta.

El sueño le llegó a Ale en fragmentos, entrecortado por el eco de su propia respiración acelerada y el recuerdo pegajoso de sus dedos entre las piernas. Cuando el despertador sonó a las seis de la mañana, se incorporó con un sobresalto, el cuerpo aún vibrando con la memoria del orgasmo de la noche anterior. Se duchó con agua fría, pero ni el chorro helado logró apagar el fuego que le quemaba entre los muslos cada vez que cerraba los ojos y veía, otra vez, esas manos oscuras sujetándola contra la pared, esa boca gruesa mordisqueándole el cuello mientras la penetraba sin piedad. "Joder, qué mal estoy", pensó, pasándose los dedos por el pelo mojado, pero no pudo evitar sonreír al imaginar el peso de Yamal sobre ella, el sudor pegando sus cuerpos, el sonido húmedo de sus cuerpos chocando.

El problema llegó al caer la tarde. Ale contaba las monedas sobre la mesa de la cocina por tercera vez, moviendo los billetes arrugados como si el simple acto de reorganizarlos fuera a hacer aparecer el dinero que le faltaba. El alquiler estaba incompleto. No por mucho—solo ochenta euros—but el orgullo le quemaba más que la falta. Podía pedirle a Mar que le prestara el dinero, pero su amiga ya le había cubierto el mes pasado con la excusa de "solo esta vez". O podría ir al banco y enfrentar la mirada de desdén de la cajera cuando le dijera que no, que no podía adelantarle ni un céntimo de su sueldo de mesera. Sus dedos temblaron al guardar el dinero en un sobre manila, el corazón apretándose cuando subió las escaleras hacia el apartamento de Yamal.

El olor a incienso y a algo dulce—¿canela? ¿miel?—la recibió al tocar la puerta. Antes de que pudiera llamar, esta se abrió de golpe, y ahí estaba él, con el torso desnudo y los pantalones de chándal colgando peligrosamente bajos en sus caderas. El vello rizado de su pecho brillaba con sudor, como si acabara de salir de la ducha o de una sesión de ejercicio. O de la cama. Ale tragó saliva, sintiendo cómo su garganta se secaba al seguir la línea oscura que descendía desde su ombligo hasta desaparecer bajo la tela. Yamal cruzó los brazos, el movimiento haciendo que los músculos de sus bíceps se tensaran como rocas bajo la piel.

—¿Qué pasa, Ale? —su voz era ronca, como si acabara de despertar, pero sus ojos, oscuros y brillantes, no tenían nada de somnolientos.

Ella alzó el sobre, sintiendo el sudor frío en sus palmas.

—Tengo casi todo el alquiler. Me faltan ochenta euros, pero te lo pago la semana que viene, lo juro. Solo necesito que me des un par de días—.

Él no tomó el sobre. En lugar de eso, dio un paso adelante, obligándola a retroceder instintivamente hasta que su espalda chocó contra el marco de la puerta. El calor de su cuerpo la envolvió, mezclado con ese aroma a especias que le nublaba el juicio. Yamal inclinó la cabeza, como si estuviera oliéndola, y Ale contuvo el aliento cuando sus labios rozaron el lóbulo de su oreja al hablar.

—Ocho días de retraso el mes pasado. Tres la vez anterior. ¿Cuántas veces más voy a tener que recordarte que esto es un negocio, minegocio? —su aliento era caliente, húmedo, y ella sintió cómo se le erizaba la piel de los brazos—. Pero como eres mi inquilina favorita… —una pausa, un dedo grueso trazando el contorno de su mandíbula—, te daré una alternativa.

El corazón de Ale golpeaba contra sus costillas como si quisiera salir. Sabía que debería dar media vuelta y bajar esas escaleras corriendo, pero algo en la forma en que él la miraba—como si ya supiera lo que ella había estado imaginando todas esas noches—la mantenía clavada en el sitio.

—¿Alternativa? —logró balbucear.

Yamal sonrió, lento, como un depredador que acaba de oler la debilidad de su presa.

—Trabajas para mí. Limpias el apartamento, lavas los platos de anoche, ordenas el desastre que dejó mi última invitada… —sus ojos se posaron en sus labios, y Ale sintió cómo se le secaba la boca—. Y así saldamos la deuda. Hoy.

Ella debería haber dicho que no. Should have recordado que este hombre era su arrendador, que esto cruzaba todas las líneas posibles, que él probablemente ya había hecho esto con otras antes que ella. Pero entonces Yamal dio otro paso adelante, aplastando su cuerpo contra el de ella, y Ale sintió, sin lugar a dudas, la dureza de su erección presionando contra su vientre. Un gemido involuntario se le escapó, y él lo capturó con una risa baja, triunfal.

—Ah, ahí está esa mirada que he estado esperando —murmuró, sus dedos enredándose en su pelo para tirar de su cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello—. Sabía que tarde o temprano ibas a venir a mí, perrita.

El apodo la quemó, pero en lugar de ofenderla, solo hizo que un calor líquido se derramara entre sus piernas. Ale cerró los ojos, respirando hondo, pero todo lo que olía era a él: sudor, jabón, sexo. Cuando los abrió de nuevo, Yamal ya se había alejado, dejando un vacío frío donde antes estaba su cuerpo. Se giró hacia el interior del apartamento, señalando el caos del salón con un gesto vago.

—Empieza por la cocina. Los platos están en el fregadero. Y no te atrevas a romper nada, o te haré pagar cada céntimo con intereses.

Ale asintió, las piernas temblorosas al seguirlo. El apartamento era más grande de lo que había imaginado, decorado con muebles oscuros y telas pesadas que absorbían la luz. En el sofá, aún desordenado, había un sujetador negro de encaje tirado sobre el respaldo, y ella no pudo evitar imaginar a qué mujer pertenecía, cómo habría gemido cuando Yamal la tomó ahí mismo. El sonido del agua corriendo en la cocina la sacó de sus pensamientos. Él había abierto el grifo, dejando que el chorro golpeara contra los platos sucios amontonados.

—Date prisa —ordenó, apoyándose contra la encimera, los brazos cruzados de nuevo—. Tengo cosas que hacer, y no incluyo esperar a que una morosa como tú decida ponerse a trabajar.

Ale se mordió el labio inferior, sintiendo el peso de su mirada mientras se acercaba al fregadero. El agua estaba caliente, casi hirviendo, y el vapor le empañaba los anteojos. Se los quitó, dejándolos sobre la mesa, y entonces lo sintió: Yamal detrás de ella, tan cerca que su aliento le movía los cabellos de la nuca.

—¿Sabes? —su voz era un susurro áspero—, siempre supe que eras del tipo que se excita con esto. Limpiar mis desechos, arrodillarte como una buena sumisa… —sus manos se posaron en sus caderas, los pulgares dibujando círculos lentos sobre la tela de sus vaqueros—. Apuesto a que ya estás mojada solo de pensar en lo que voy a hacerte después.

Ale contuvo el aire, pero no pudo evitar arquear la espalda, buscando sin querer ese contacto. Sus dedos, enjabonando un plato, temblaron.

—No… no sé de qué hablas —mintió, pero su voz sonó quebrada, traicionera.

Yamal rio, bajo y oscuro, antes de apretar sus caderas con fuerza, empujándola contra el borde del fregadero. El movimiento fue brusco, dominador, y ella jadeó cuando sintió su entrepierna presionando contra su trasero.

—Claro que no —sus labios rozaron el hueco entre su hombro y su cuello—. Pero lo descubrirás. Pronto.

El agua seguía corriendo, el jabón haciendo espuma entre sus dedos, pero Ale ya no podía concentrarse en los platos. Todo su cuerpo estaba hiperconsciente de él: el calor de sus manos a través de la tela, el sonido de su respiración acelerada, la evidencia innegable de su excitación presionando contra ella. Cuando finalmente se apartó, ella casi se tambaleó, pero se obligó a seguir lavando, los movimientos mecánicos, mientras él se alejaba con una risa satisfactoria.

—Cuando termines con eso —dijo, su voz llegando desde el salón—, ven al sofá. Hay algo más que necesito que limpies.

Ale no tuvo que preguntar qué quería decir. Lo supo por el tono, por la forma en que sus palabras se arrastraban como una caricia sucio. Terminó los platos con manos que no dejaban de temblar, secándoselas en los vaqueros una y otra vez, como si eso pudiera calmar el fuego que le recorría el cuerpo. Cuando entró al salón, Yamal estaba sentado en el sofá, las piernas abiertas, los dedos entrelazados detrás de la cabeza. La miró con esos ojos oscuros, llenos de promesas que hacían que su estómago se apretara.

—Arrodíllate —ordenó, señalando el espacio entre sus muslos.

Ale tragó saliva. Sabía lo que venía. Lo había fantaseado demasiadas veces como para no reconocerlo. Pero ahora que estaba aquí, con él mirándola como si ya supiera que iba a obedecer, el miedo y el deseo se enredaban en su pecho como serpientes.

—No puedo… —susurró, pero sus rodillas ya se doblaban, llevándola hacia el suelo.

Yamal inclinó la cabeza, una ceja arqueada.

—¿No puedes? —preguntó, suave, peligroso—. O no quieres.

Ella sacudió la cabeza, pero no supo responder. Porque la verdad era que sí quería. Más de lo que había querido nada en su vida. Pero el miedo a lo desconocido, a lo que ese deseo revelaría de ella, la mantenía paralizada.

Él no esperó más. Con un movimiento rápido, la agarró del pelo y la arrastró los últimos centímetros hasta que su rostro quedó a nivel de su entrepierna. El olor a hombre, a sudor y a algo más primal, la golpeó como un puño.

—Ábreme los pantalones —ordenó, su voz un gruñido—. O te echo a la calle ahora mismo.

Ale cerró los ojos, respirando entrecortadamente. Sus dedos temblaron al rozar la cintura elástica de su chándal, pero cuando los bajó, centímetro a centímetro, lo que encontró la dejó sin aliento.

No era solo grande. Era enorme. Grueso, oscuro, con venas marcadas que palpitaban bajo la piel, la cabeza ya brillante con una gota de pre-semen que se deslizaba lentamente hacia abajo. El tamaño era intimidante, casi obsceno, y por un segundo, Ale pensó que no sería capaz de abrir la boca lo suficiente. Pero entonces Yamal apretó su agarre en su pelo, tirando hacia atrás hasta que el dolor le arrancó un gemido.

—Chúpamela —exigió, su voz goteando lujuria pura—. Y hazlo bien, puta, o te juro que no volverás a poner un pie en este edificio.

Ale no tuvo más opción. Con un temblor que recorrió todo su cuerpo, inclinó la cabeza y, por primera vez, sintió el peso de él en su lengua. Salado. Caliente. Perfecto. Y cuando Yamal gruñó, satisfecho, supo que nunca volvería atrás.

— relatobogotano

28 de agosto de 2026

visibility 23 lecturas chat_bubble0
relatobogotano

Escrito por

Soy hombre heterosexual

Comentarios

0 comentarios

Inicia sesión para dejar un comentario.

login Entrar
Sé el primero en comentar.

Sigue leyendo

Otros relatos interracial

Lo más reciente

Recién publicados por la comunidad

Dani introducción

Hetero: General

Dani introducción

underworldunderworld·hace 1 día
schedule 8 min
visibility 265favorite 0chat_bubble 0
La razón de viajar

Hetero: Infidelidad

La razón de viajar

Felipe_BogFelipe_Bog·hace 1 día
schedule 1 min
visibility 434favorite 1chat_bubble 0