El calor de Yopal esa noche era sofocante. El aire húmedo se me pegaba a la piel y yo llevaba puesto uno de esos vestidos cortos y finos que tanto extrañaba: tela ligera que se pegaba a mi cuerpo delgado, marcando la curva de mi cintura y el peso de mi culo redondo cada vez que caminaba. Salimos a tomar, mi amiga, su amigo y yo. Ella se emborrachó rápido. Al final del local ya no se sostenía. Decidimos llevarla a casa en el carro de él. Yo me senté adelante, ella se desplomó en el asiento de atrás y se quedó profundamente dormida en cuanto arrancamos.
Llegamos a su casa. La lluvia empezó justo cuando estacionamos frente a la puerta. Gotas gruesas golpeaban el techo con fuerza. Buscamos las llaves en su bolso, en los bolsillos, bajo el asiento… nada. Ella seguía roncando suave atrás, completamente fuera. El calor dentro del auto se volvió denso. El aire acondicionado no alcanzaba a secar el vaho que empañaba los vidrios.
Empezamos a hablar en voz baja para no despertarla. La conversación se alargó. Él me miraba de reojo mientras la lluvia caía más fuerte. Yo sentía la tela del vestido pegada a mis muslos. La tensión se cortó cuando se inclinó y me besó. Primero suave. Yo respondí abriendo la boca. Su lengua entró caliente, explorándome. Su mano subió por mi muslo desnudo, empujando la tela del vestido hacia arriba. Abrí un poco las piernas. Sus dedos rozaron el interior de mi muslo y subieron hasta encontrar la tela de mi ropa interior, ya húmeda.
Me quité el vestido por encima de la cabeza. El piercing de mi pezón izquierdo brilló un segundo bajo la luz tenue de la farola que filtraba la lluvia. Él se inclinó y lo tomó entre los labios, tirando suavemente del metal mientras chupaba el pezón endurecido. Su otra mano bajó entre mis piernas, apartó la tela y encontró el piercing de mi coño. Lo rodeó con el dedo, tiró un poco, sintiendo cómo el metal rozaba mi clítoris cada vez que se movía. Solté un gemido bajo, mordiéndome el labio para no hacer ruido.
Me subí a horcajadas sobre él, de rodillas en el asiento del conductor. La lluvia golpeaba el techo con más fuerza. Desabroché su pantalón, bajé la cremallera y saqué su verga. Estaba gruesa, caliente, ya dura. La rodeé con ambas manos y empecé a masturbarlo despacio, subiendo y bajando, apretando el glande con el pulgar cada vez que llegaba arriba. Él me miraba con la boca entreabierta, una mano agarrándome el culo, apretando la carne firme, separando un poco mis nalgas.
Luego bajé la cabeza. Abrí la boca y tomé la punta entre los labios. Bajé despacio, sintiendo cómo llenaba mi boca. El piercing de mi pezón rozaba su muslo cada vez que me movía. Subía y bajaba, chupando con fuerza, dejando que la saliva empapara el tronco y le resbalara hasta las bolas. Él me agarró del cabello con una mano y me guió más profundo, empujando hasta que la cabeza de su verga tocaba mi garganta. No me aparté. Seguí chupando, más rápido, más húmedo, el sonido obsceno de mi boca llenando el interior del carro mientras afuera la lluvia caía a cántaros.
Su mano libre bajó otra vez entre mis piernas. Dos dedos entraron en mi coño, encontrando el piercing interno, jugando con él mientras me masturbaba. El metal se movía dentro de mí cada vez que sus dedos entraban y salían. Gemía alrededor de su verga, el sonido vibrando en su polla. Él aceleró los dedos, curvándolos para rozar ese punto exacto, mientras me follaba la boca con la mano en mi pelo.
Sentí que se ponía más duro, que las venas latían contra mi lengua. Estaba a punto. Lo saqué de la boca de golpe, apretando la base con una mano para frenarlo. Él gruñó, frustrado. Seguí masturbándolo rápido, apretando fuerte, el pulgar pasando una y otra vez sobre el glande hinchado. Con la otra mano me toqué el clítoris, frotándome el piercing mientras lo veía.
Cuando se corrió, lo hizo con fuerza. El semen salió en chorros calientes, espeso, manchándome las manos, los dedos, el vestido que aún tenía a medias, y varios chorros llegaron hasta el parabrisas, salpicando el cristal empañado. Seguí moviendo la mano hasta que salió la última gota, sintiendo cómo se contraía en mi puño. El olor a sexo y semen llenó el carro, mezclado con el calor y la humedad de la lluvia.
Él me miró, todavía respirando agitado, y me bajó la cara otra vez hacia su verga, todavía sensible. La lamí limpia, saboreando lo que había quedado. Afuera seguía lloviendo. Atrás, mi amiga seguía dormida, ajena a todo.
El piercing de mi pezón izquierdo brillaba con un hilo de saliva y semen. El de mi coño latía todavía. Y el culo que él seguía apretando con una mano no quería soltarse







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