A veces me despierto con el coño ya húmedo y me pregunto si es normal.
Si es normal querer tanto. Si es normal despertarme pensando en vergas, en manos, en bocas, en ser usada hasta no poder más. Si es normal que el sexo sea lo único que me hace sentir realmente viva. Me miro al espejo: delgada de cintura, culo grande y pesado, el piercing del pezón izquierdo brillando, el de abajo rozándome cada vez que camino. Y me pregunto: ¿soy una puta? ¿O solo una mujer que necesita follar para no volverse loca?
Lo pienso mientras me toco. Mientras me meto dos dedos y siento el metal del piercing moverse dentro. Mientras me corro en silencio para que mi esposo no se despierte. Después me levanto, me ducho y salgo a la calle como si nada. Pero el deseo sigue ahí, latiendo.
La primera vez que me dejé llevar de verdad fue con dos tipos del estrato 2. Los conocí en una fiesta de un amigo común. Olor a cerveza barata, camisetas sudadas, manos callosas. Me llevaron a un cuarto pequeño. Me quitaron el vestido. Uno me chupó el pezón izquierdo tirando del piercing mientras el otro me abría las piernas y me lamía el coño, jugando con el metal de abajo. Me follaron por turnos. Primero uno, después el otro. Me pusieron de rodillas y me llenaron la boca. Cuando se corrieron, lo hicieron en mi cara y en mis pechos. Me fui a casa con el semen seco en la piel y el cuerpo temblando. Esa noche me sentí completa por unas horas. Después volvió el vacío… y el deseo otra vez.
Luego vinieron los de estrato 4 y 5. Oficinas, trajes, perfume caro. Un abogado me folló en el baño de un restaurante caro. Me subió el vestido, me abrió de piernas contra el lavamanos y me entró de un solo empujón. Me agarró del pelo y me habló sucio mientras me embestía. Me corrí apretando su verga. Él se corrió dentro. Me limpié con papel, me bajé el vestido y volví a la mesa como si nada. Esa misma semana un empresario me llevó a un hotel. Me puso de cuatro, me abrió el culo con los dedos y me metió la verga despacio hasta el fondo. Me folló el culo mientras me masturbaba el clítoris. Cuando se corrió, lo hizo profundo. Me quedé temblando en la cama, el piercing de abajo latiendo, el del pezón todavía húmedo de su saliva.
Los tríos se volvieron costumbre. A veces dos hombres. A veces uno y otra mujer. Una noche en un apartamento de estrato 6 me follaron dos al mismo tiempo. Uno en el coño, el otro en la boca. Después me pusieron de lado y me abrieron. Uno entró en mi coño, el otro en mi culo. Doble penetración. Me sentí tan llena que casi no podía respirar. El metal de dentro rozaba las dos vergas a la vez. Me corrí gritando, apretándolos a los dos. Ellos se corrieron dentro, uno después del otro. Me quedé en la cama, semen saliendo de los dos agujeros, el cuerpo temblando, el corazón latiendo tan fuerte que pensé que se me iba a salir del pecho. Esa noche me sentí más puta que nunca… y más viva también.
A veces vuelvo a casa y mi esposo me está esperando. Él no sabe todo. O quizá sí y finge que no. Me besa. Me quita la ropa. Me chupa el piercing del pezón izquierdo con la misma calma de siempre. Me abre las piernas y encuentra el otro piercing todavía sensible de lo que hice horas antes. Me folla lento al principio, después más fuerte. Me agarra el culo, ese culo que tantos otros han agarrado. Me dice que me quiere. Yo me corro con él dentro y, por un momento, el vacío se calla.
Pero después, cuando él se duerme, yo me quedo despierta. Me toco otra vez. Pienso en las vergas que me han llenado, en las bocas que me han chupado, en las manos que me han abierto. Pienso en lo fácil que es ser puta cuando el deseo aprieta tanto. Y me pregunto otra vez:
¿Es normal?
¿Es normal necesitar tanto el sexo para sentirme bien? ¿Es normal querer que me usen, que me llenen, que me dejen marcada? ¿Es normal volver a casa con el olor de otros hombres todavía en la piel y follar con mi esposo como si nada?
No tengo respuesta. Solo sé que cuando me follan —da igual el estrato, da igual si son uno o dos o tres— el ruido de la cabeza se apaga. El cuerpo habla. El piercing del pezón tira. El de abajo late. El culo se abre. Y por un rato, solo por un rato, todo tiene sentido.
Después vuelve la pregunta.
Y yo vuelvo a buscar más







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