Semana de mierda así q me escape para Bogotá y me fuy a mi escondite .me lleve puesta una minifalda de cuero negro tan corta qe apenas me cubre el coño. Cada vez que separo las piernas se sube sola y deja a la vista todo: los labios hinchados, el clítoris palpitante, el agujero rosado y brillante. Encima solo una blusa blanca de seda finísima, casi transparente, sin sujetador. Los pezones duros se marcan perfectamente y el piercing de acero en el izquierdo brilla cada vez que respiro. Botas altas de tacón hasta la rodilla, negras. Nada más. Ni bragas, ni medias. El aire frío de Bogotá me roza directamente la piel del coño y los pechos.
Me planté en la esquina de Insólita con las piernas abiertas, la minifalda ya subida hasta la cadera. Miraba cómo tiraban: basura, restos, papeles… pero también miraba más allá. A unos metros, bajo otra farola, dos tipos tenían a una chica en cuatro. Ella de rodillas en el pavimento sucio, el culo en alto, la falda levantada. Uno le sujetaba las caderas con fuerza y le hundía la verga gruesa hasta el fondo. Se oía el golpe húmedo cada vez que le daba. El otro esperaba con la polla dura en la mano, salivando, esperando su turno. Veía cómo se le dilataba el coño alrededor de esa verga, cómo le salía la baba de los labios vaginales cada vez que salía casi completa y volvía a entrar de un solo embiste. La chica gemía ronco, la cara contra el suelo.
Yo me tocaba sin pudor. Dos dedos abriendo mis labios, el pulgar frotando el clítoris hinchado mientras no dejaba de mirar esas vergas. La del que la follaba era gruesa, venosa, brillante de jugos. Cada embestida hacía que los huevos le golpearan el clítoris a ella. El otro se masturbaba despacio, la cabeza morada y gorda, una gota de precum cayéndole. Me mojé más solo de verlo.
No tardaron en rodearme a mí también. Una docena de tipos. Algunos con la polla ya fuera, tocándosela mientras me miraban.
—¿Te la meto? —preguntó uno, acercándome la verga dura hasta casi tocarme el muslo.
—No —le contesté mirándolo a los ojos mientras me follaba con los dedos y seguía viendo cómo el tipo de al lado se la metía completa a la otra en cuatro—. Solo mirar. O tocar lo que yo diga.
Me rodearon. Uno me besó el cuello, lento y sucio, dejando saliva que bajaba por la blusa abierta. Otro se pegó a mi espalda, me mordió la nuca y metió las manos por debajo de la seda. Apretó mis tetas desnudas, tiró del piercing y lo giró con fuerza. El dolor me hizo chorrear más sobre mis propios dedos. La minifalda de cuero ya no cubría nada.
Seguía mirando de reojo. El tipo que follaba a la otra en cuatro ahora le sujetaba el pelo y le daba más fuerte. La verga salía completamente brillante y volvía a desaparecer dentro de ella con un sonido obsceno. El otro ya se había arrodillado y le estaba metiendo la polla en la boca al mismo tiempo. Ella en cuatro, penetrada por los dos lados.
—Déjame metértela un ratito… solo la punta —insistió otro junto a mí, rozándome el muslo desnudo con la polla caliente.
—No —repetí, y le di una palmada en la cara sin dejar de masturbarme ni de mirar la escena de al lado—. Besos y manos. Nada más.
Labios en mi cuello, lengua caliente bajando por la espalda descubierta. Dedos pellizcando el piercing a través de la blusa transparente, masajeando las tetas, separando un poco mis glúteos solo para mirar cómo se me abría el coño. El cuero de la falda crujía. Uno me lamió la oreja mientras otro me agarraba la muñeca y me obligaba a seguir metiéndome los dedos más rápido. Yo no dejaba de mirar esas vergas: la que entraba y salía del coño de la otra, la que se le hundía en la garganta, las que los tipos a mi alrededor se tocaban mientras me veían.
Me corrí la primera vez con tres manos ajenas encima y los ojos fijos en la chica en cuatro. Vi cómo el tipo le sacaba la verga completamente y le disparaba el semen caliente sobre el culo y la espalda. El otro se corrió en su boca. El orgasmo me dobló las piernas. La minifalda quedó arremangada del todo, la blusa pegada al cuerpo, el piercing brillante de saliva ajena.
Cuando se me pasó el temblor, me saqué los dedos, me los chupé delante de todos y me acomodé un poco la falda de cuero.
—Ya está por aquí —dije con la voz ronca—. Me voy a la otra esquina.
Caminé despacio, la minifalda subiendo con cada paso, la blusa transparente marcando todo. Algunos intentaron seguirme. Los rechacé. Llegué a la siguiente esquina, me apoyé contra la pared, me subí de nuevo la falda de cuero hasta la cintura y volví a abrir las piernas. Al otro lado de la calle ya había otra pareja: él detrás, ella en cuatro otra vez. Empecé a tocarme mirando cómo le metía la verga gruesa de un solo golpe.







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