Hay momentos en los que las ganas simplemente le ganan a la razón...
Ese día llegamos al parqueadero y subimos hasta el octavo piso para guardar el carro. A esa altura casi nunca había movimiento. Algunas cámaras vigilaban las circulaciones, pero las columnas cubrían las celdas y, por unos minutos, sentíamos que aquel rincón era solamente nuestro.
Las ganas ya venían de antes. las caricias por encima de la ropa y nuestras miradas cómplices habían ido aumentando la tensión en el camino. Al detener el carro nos besamos y aquel beso, que comenzó tranquilo, rápidamente se volvió mucho más intenso.
Nos miramos, vimos que no había nadie alrededor y la situación se nos salió de las manos. Las caricias aumentaron, las respiraciones también y llegó ese momento en que simplemente dejamos de pensar demasiado.
Terminamos en el asiento trasero, con esa mezcla de deseo y adrenalina que hacía que cada segundo pareciera mucho más intenso. Entonces ocurrió algo que hizo que todo fuera todavía más emocionante: las luces del parqueadero se apagaron.
Quedamos prácticamente a oscuras, y lejos de detenernos, aquello se convirtió en nuestro pequeño sistema de alarma. Si alguien aparecía, las luces volverían a encenderse.
La adrenalina estaba por las nubes. Todo fue rápido, intenso y completamente impulsivo. Una de esas locuras que sabes que probablemente no deberías estar haciendo... pero que en ese momento simplemente no quieres detener.
Finalmente, después de unos minutos de pura adrenalina y deseo, llegamos al punto máximo de placer. Nos quedamos unos instantes abrazados, recuperando el aliento y procesando lo que acabábamos de hacer.
Habíamos apagado el carro para no levantar sospechas y, con el aire acondicionado apagado, el calor dentro del vehículo había aumentado muchísimo. Los vidrios estaban completamente empañados y nuestros cuerpos cubiertos de sudor.
Nos vestimos como pudimos, todavía entre risas y miradas cómplices. Encendimos el carro, prendimos el aire y esperamos a que los vidrios se desempañaran y el ambiente volviera a ser soportable.
Mientras tanto, no dejábamos de mirarnos. Los dos teníamos exactamente la misma expresión: la de dos locos que acababan de cumplir una de esas fantasías que probablemente recordaríamos durante mucho tiempo. 😏🔥







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