La invitación decía simplemente: “Esta noche nadie será quien parece ser.”
Andrea y yo llegamos juntos a la fiesta. Ella llevaba un disfraz de superheroína que había elegido especialmente para la ocasión; yo apenas podía apartar la mirada de ella. Roberto y Tania ya estaban dentro. Tania, mi amante, me recibió con una sonrisa que solamente yo sabía interpretar.
Éramos veinte personas en total. Dieciséis eran desconocidos para nosotros.
Todos llevaban máscaras.
La música, las luces de colores y las identidades ocultas hacían que aquello pareciera otro mundo. Nadie sabía exactamente quién era quién.
—¿Preparado? —me preguntó Andrea al oído.
Asentí.
Pero unos minutos después, la perdí entre la gente.
Primero pensé que estaba hablando con alguna de las parejas. Después vi su silueta al otro lado del salón, conversando con alguien cuya identidad no podía distinguir. La máscara cubría completamente su rostro.
Me miró durante un segundo.
Y desapareció nuevamente entre los invitados.
Mientras intentaba localizarla, Tania apareció a mi lado.
—No la busques todavía —susurró—. Esta noche se trata precisamente de no saber.
Aquellas palabras hicieron que mi imaginación comenzara a trabajar.
Durante la siguiente hora, la fiesta se volvió cada vez más intensa. Parejas que al principio permanecían juntas comenzaron a separarse. Las máscaras hacían imposible reconocer a muchas personas. Una misma persona podía cruzarse contigo varias veces sin que supieras quién era.
Y Andrea parecía estar disfrutándolo muchísimo.
La veía aparecer de vez en cuando entre las luces: una sonrisa, una mirada, una mano que tomaba la suya y después se perdía nuevamente entre los demás.
Nunca podía saber con quién estaba.
Tania tampoco permanecía mucho tiempo conmigo.
Cada vez que nuestras miradas se encontraban desde extremos opuestos del salón, sonreía como si compartiéramos un secreto.
En algún momento Roberto se acercó.
—¿Ya entendiste las reglas?
—Creo que sí.
Roberto se rio.
—Entonces todavía no las entiendes.
La música cambió.
Las luces bajaron.
Y durante unos minutos todos quedaron prácticamente convertidos en sombras.
Cuando volvieron a encenderse, Andrea ya no estaba donde la había visto.
Tampoco Tania.
Sentí una mezcla extraña de curiosidad, nervios y emoción.
No sabía dónde estaban.
No sabía con quién.
Y, sobre todo, no sabía cuánto tiempo llevaban disfrutando de aquella libertad.
Finalmente, cerca de la medianoche, Andrea apareció detrás de mí.
Me rodeó con los brazos y me susurró:
—¿Quieres saber dónde estuve?
Me giré.
—Sí.
Ella sonrió detrás de su máscara y me dijo:
Cogiendo, para eso es está fiesta no me preguntes con quién solo se que ya salvo al mundo, no pierdas tiempo y ve a buscar a quien salvar.
Y volvió a perderse entre la multitud.
Fue entonces cuando comprendí que aquella noche no se trataba de descubrir todos los secretos.
Se trataba de dejar que la imaginación hiciera el resto.
Y mientras la música continuaba, veinte personas seguían moviéndose entre las sombras, cada una escondida detrás de una máscara.
A la siguiente media hora me la encontré de nuevo pero está vez, ella no me vio estába compartiendo cama con 2 super heroes se veía que lo disfrutaba mientras le mamaba la verga y los testiculos a uno el otro la estaba bombeando en seguida se acercó un tercero.
Por lo pronto se me acercó Tania me agarró de la mano y nos fuimos a una salita donde me saco la Verga y me la empezó a mamar, impresionante con el jugueteo de su lengua pasaron unos minutos y se nos unió Roberto para entonces ya me la estaba cogiendo a su esposa, Roberto se saca la Verga y Tania empieza hacer lo suyo.
Estábamos los 3 bien entretenidos cuando llegó Andrea mi esposa ya bien rosadita por lo que le habían hecho esos 3 super heroes y no perdió tiempo nos quitó a Roberto y le empezó a limpiar la Verga con la lengua la recostó en la salita le abrió las piernas y le metió la Verga vi como se le hicieron blancos los ojos y cada mete y saca pedía más.
Fue una experiencia inolvidable y divertida, prometimos regresar a otra fiesta Swinger nos encantó, quedamos satisfechos.








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