La noche nos descubre en su secreto,
tu piel, relámpago de tentación;
y tiembla, clandestino, el corazón
ante el dulce peligro del pecado.
Sé que tu nombre habita otro costado,
que otro abrazo reclama tu calor;
mas cuando me regalas tu candor,
el mundo queda atrás, deshabitado.
No pregunto de quién es tu deseo,
ni nombro al hombre que te llama suya;
me basta con mirarte y comprender.
Que hay placeres que nacen del rodeo,
y una sombra que, al rozar la tuya,
hace más dulce aquello que no debe ser.






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