Ricardo, el instructor que me inquieta
Relato de comunidad Hetero: Generalschedule 24 min de lectura calendar_today Octubre de 2026

Ricardo, el instructor que me inquieta

Mi instructor de 47 años, frío y dominante. En su casa lo amarré, le chupé la verga, lo monté y me folló contra la pared hasta correrse y llenarme de semen

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Contenido adulto. Este relato fue escrito por un miembro de la comunidad. Léelo solo si tienes 18+ y mente abierta.

Comencé a estudiar para ser auxiliar de vuelo recién salí de la secundaria. No era mi sueño, ni pretendía que lo fuera; era simplemente un camino temporal para ahorrar lo suficiente y pagar mi carrera de Psicología. Asistía a clases sin demasiado entusiasmo, dejándome llevar por la rutina del aula, los manuales y las prácticas… hasta que la aviación empezó a gustarme. Y no solo por los aviones, o por la adrenalina de los procedimientos. Fue por él.

Ricardo.

Un hombre al que difícilmente se le veía sonreír. Tenía cuarenta y siete años, ingeniero, piloto e instructor de una aerolínea colombiana. Alto. Imponente. De voz grave y pausada, el tipo de voz que no necesita elevarse para hacerse respetar. No hablaba más de lo necesario, pero cuando lo hacía, todas lo escuchábamos. Era una seguridad distinta, de esas que no se enseñan en ningún curso. No era simpático ni amable: era firme, distante… pero exacto. Preciso. Como si todo en su vida operara bajo un manual que él conocía.

En esa época no era común ver hombres como auxiliares de vuelo; por eso mi curso era un salón lleno de mujeres. Sin embargo, él se movía entre nosotras como alguien que había pasado años leyendo a las mujeres sin tocarlas, sin temerles, sin pedirles permiso. Lo confirmaría después. A veces dejaba escapar comentarios con un tono machista apenas disfrazado, y siempre se dirigía a sus estudiantes por el apellido. Era su forma de recordarnos que él no era nuestro amigo, ni nuestro confidente… y quizá por eso era aún más provocador.

Con el paso de los días, comencé a mirarlo con otros ojos. Yo ya conocía el sabor de un hombre mayor: ese dominio tranquilo, esa experiencia que te desnuda sin tocarte, esa sensación de que una está entrando en un terreno donde no tiene todas las reglas claras. Probablemente ninguna de mis compañeras lo había vivido. Yo sí. Y aun así, con Ricardo era distinto.

Él no solo me atraía.

Me desarmaba.

Cada vez que lo tenía frente a mí, cada vez que se acercaba a revisar un procedimiento, cada vez que su sombra cruzaba mi escritorio, mi cuerpo reaccionaba antes que mi cabeza. Lo identificaba como un riesgo… como un deseo inevitable, lento, paciente, pero afilado. Como si mi piel supiera algo que aún no me atrevía a aceptar.

En ese entonces tenía novio. Llevábamos algunos meses juntos y la relación no era mala… pero tampoco buena. Era cómoda. Una rutina que seguía sin quejarme, aunque tampoco me movía nada por dentro. No había mariposas, ni nervios, ni esa risa que se escapa en medio de un beso cuando alguien te enciende de verdad. Lo nuestro era un plan de vuelo aprobado: sin turbulencias… pero también sin emoción.

Al comienzo solo fantaseé con Ricardo mientras tenía sexo con mi novio; era un juego silencioso que me mantenía despierta entre la monotonía. Pero pronto se volvió recurrente, inevitable. Durante el sexo, mi mente se iba tras la voz grave del instructor, tras su forma de pronunciar los apellidos, tras esa seriedad que parecía no quebrarse nunca. Imaginaba que me inclinaba contra su escritorio, que me daba una de sus lecciones susurrándome órdenes con ese tono firme. Y pronto, solo imaginarlo dejó de ser suficiente.

Quería que fuera real.

Quería probar si su frialdad era solo un uniforme… una máscara.

Pero no sabía cómo acercarme a él. No podía simplemente invitarlo a un café: era demasiado directo, demasiado obvio. Nunca lo veía fuera del aula; no bajaba al restaurante, no se quedaba a conversar, se marchaba en cuanto terminaba clase. Él tenía carro. Yo no. La única vía era su correo institucional, pero arriesgar su reputación —y la mía— no era opción.

Entonces recordé la escena de una película.

Llegué un poco más tarde un día, cuando ya sabía que él estaba en el salón. Busqué su carro, estuve unos minutos pensando en lo que iba a hacer, respiré hondo y golpeé uno de los espejos, que se quebró sin mucho esfuerzo. Dejé una nota en el parabrisas:

“Lamento haber golpeado su carro. Por favor contácteme a este número para arreglar el daño.”

Todo el día en clase estuve nerviosa, cada vez que me miraba Ricardo sentía que sabía lo que había hecho. Salí de clase temblando, esperando su llamada de inmediato. Pero no llegó.

Llegó al día siguiente, cuando ya no estaba pendiente del teléfono. En cuanto reconocí su voz, mi corazón brincó sin avisar. Sonaba tranquilo, casi indiferente. Como si el daño no hubiera sido realmente un problema. Esa frialdad que mostraba en clase… ahora la sentía al otro lado de la línea.

—¿Hablo con la persona que rompió mi espejo?

—Sí… lo lamento. Iba tarde y lo golpeé accidentalmente. ¿Podría indicarme cuándo podríamos repararlo? —respondí con la voz temblorosa, intentando que no se notara el deseo que se colaba entre las palabras.

—Iré el sábado. Le aviso cuando tenga la factura.

—Me gustaría estar presente… para asegurarme del valor —mentí, dejando que mi deseo se filtrara en la voz, aunque él parecía incapaz de percibirlo.

—Como prefiera —dijo, seco, como siempre.

El sábado me vestí con cuidado, buscando provocar sin escándalo. Quería parecer mayor, segura, diferente. Me recogí el cabello, maquillé mis labios con precisión, elegí una blusa de botones que insinuaba más de lo que mostraba, un pantalón ceñido de tela ligera y tacones que marcaban cada paso. Sabía que cada movimiento dejaba una expectativa en el aire.

En el camino, la ansiedad nublaba mi juicio. Me sentía tonta por lo que había hecho, pero el morbo era más fuerte. Mi ropa interior se humedecía solo de imaginarlo, de fantasear con subir a su auto, desatar mi blusa, montarme sobre él, agarrarle la entrepierna, morderle el cuello… Pedirle que me llevara a algún lugar donde pudiera arrodillarme frente a él. Pero también sabía que no me atrevería.

Cuando nos encontramos, él ni siquiera me reconoció. ¿Tan poco había quedado mi cara en su memoria? Esa indiferencia me encendía más. Me indicó por dónde ingresar al concesionario, registramos el auto y un empleado se lo llevó. En algún momento pensé que sería algo simple, como un taller de la calle donde solo retiraban la pieza rota y la reemplazaban. Para ese momento conocía más de aviones que de carros, pero pronto entendería que Ricardo tenía un auto de alta gama y el valor iba a superar ampliamente lo que había presupuestado.

Nos dirigimos a la cafetería en un segundo piso desde donde podía ver su auto. Me ofreció un café, acepté y nos sentamos.

—Profesor Ricardo, ¿realmente no me reconoce? —tomé la iniciativa, notando que él ni siquiera empezaba la conversación.

—¿Tendría por qué hacerlo? —respondió seco, sin levantar la mirada.

—Soy Tatiana, de su clase —me adelanté, con un intento de sonrisa que él apenas percibió.

Se quedó mirándome unos segundos antes de responder.

—Tengo muchas estudiantes, lo siento —dijo, volviendo a mirar cómo iba su auto, sin más interés en mí.

—Ok. Lamento lo de su auto —fue lo único que pude decir. Me sentí fracasada, pero, al mismo tiempo, más ansiosa que nunca por lo que vendría después.

Al salir el auto reparado, nos levantamos y nos dirigimos por la factura. Apenas habíamos cruzado unas palabras, muy lejos de todo lo que había imaginado, y ahora me sentía aún más estúpida por lo que había hecho. La ansiedad y el deseo se mezclaban con la vergüenza mientras esperaba, casi temblando, ver el valor a pagar.

—¿Cómo? ¿Está bromeando, verdad? —le dijo Ricardo al empleado al recibir la factura. Este intentó explicar los conceptos y desglosar los valores, pero nada lograba calmar mi alarma.

Ricardo se volteó hacia mí y me pasó el papel. Lo miré, incapaz de procesarlo. Un simple espejo… con sensores y piezas que ni entendía. Mi mente se bloqueó; buscaba las palabras para decirle que no podía pagarlo. Pero él, con esa calma que me desarmaba, tomó la iniciativa.

—No se preocupe, señorita Sabogal —dijo, pronunciando mi apellido con precisión, como si recordarlo fuera un gesto deliberado—. Imagino que no tiene ahora mismo ese valor, tampoco lo hubiese traído yo. Tendrá que pagármelo luego.

Sacó su tarjeta de crédito y pagó.

La vergüenza me dejó muda. Solo podía repetir disculpas, una y otra vez, con ganas de llorar de impotencia y nervios. Y entonces lo noté: él había recordado mi apellido. Esa simple atención me hizo sentir expuesta, vulnerable… y extrañamente deseada.

—Le pagaré, profesor —logré decir finalmente—. Hablaré con mis padres para llevarle el dinero mañana.

Finalmente me extendió la mano para despedimos y fui a casa. El trayecto fue desolador, no solo porque no había logrado ni una conversación que insinuara algo más, sino porque ahora debía pagar una cantidad de dinero que jamás imaginé. Sentía el fracaso clavado en el pecho.

Al llegar, vacié mis ahorros sobre la cama y conté el dinero tres veces, como si al repetirlo pudiera multiplicarse. Respiré hondo y llamé a Ricardo.

—Profesor, quisiera agradecerle la comprensión que ha tenido. Ya tengo su dinero, podría ir a llevárselo ahora mismo—. Imaginé que podría decirme que lo hiciera el lunes en clase, así que antes que dijera algo continué: —Se prestaría para malentendidos si alguien del curso me ve entregándole dinero.

Hubo unos segundos de silencio. Los conté con el corazón acelerado.

—Ok, tiene razón— respondió y me dio su dirección —¿puede llegar antes de las 7 pm? Tengo un evento y debo salir.

Aunque nada había salido como lo había planeado, sin saberlo todo salía a mi conveniencia. A pesar del costo monetario, iba camino a verme de nuevo con Ricardo, pensaba que, aunque en ese momento no pasaría nada, ya sabía dónde vivía y podría planear una nueva situación.

Llegué a su casa con el estómago tenso. Toqué el timbre y él salió de inmediato. Me sorprendió que no me pidiera el dinero en la puerta y que, sin decir nada, me invitara a pasar.

Lo dudé unos segundos, preguntándome si su esposa —si tenía una— estaría allí. Pero cuando reaccioné, ya estaba adentro. El aire olía distinto, íntimo, ajeno… a él.

—¿Quiere algo de tomar, señorita Sabogal? —dijo, señalándome con la mano la sala, con esa cortesía medida que solo reforzaba su distancia.

—Vodka —respondí en broma, esperando que me ofreciera agua o una soda. La verdad, algo fuerte me habría venido bien para el estrés del dinero… y para calmar la frecuencia cardíaca que tenía disparada sin darme cuenta.

Él no rió. Solo caminó hacia la cocina.

—Estuve revisando sus notas —dijo mientras abría la nevera—. Nada mal.

Sentí un golpe suave, tibio, directo al pecho.

—Gracias —respondí, tratando de sonar casual. Pero por dentro me brillaba el corazón. Esa mínima aprobación me devolvía toda la ilusión que había perdido en la cafetería del concesionario. Por supuesto que sabía quién era yo.

—¿Ha recibido capacitación sobre esto antes? —preguntó aún desde la cocina, su voz grave flotando entre las paredes, llenando su casa de una autoridad que se sentía diferente a la del aula.

—No, señor. Lo que pasa es que me gusta la aviación y siempre he querido estar en este mundo —mentí, dándole la espalda mientras caminaba por la sala, mirando sus fotografías: su familia, sus viajes, ese mundo que él habitaba con naturalidad y que para mí era apenas un territorio en construcción. Me acerqué a una mesa y, con movimientos que parecían inocentes, acomodé mi celular de manera que quedara apuntando justo hacia donde pensaba sentarme. Desde unos meses atrás había empezado a grabar mis encuentros sexuales. No hay mejor porno que el propio.

Sabía que probablemente esa noche no pasaría nada… pero no podía evitar prepararme para la posibilidad. O para el simple placer de mirarme después: la tensión, la postura, la respiración contenida mientras él se movía por su propia casa y yo, sentada allí, me sentía como si estuviera invadiendo su cabina.

Me senté, intentando aparentar calma mientras por dentro sentía que cada parte de mí estaba en alerta. Cuando Ricardo llegó hasta donde estaba, me entregó el vaso sin ceremonia y se sentó en la silla justo frente a mí, manteniendo esa distancia exacta que siempre imponía. Tomé un sorbo grande para humedecer la garganta, que por los nervios sentía completamente seca.

—Ya veo… —empezó a decir, pero no alcanzó a terminar la frase.

El vodka me quemó la garganta como fuego líquido y corté su comentario tratando de toser. La tos me dobló apenas hacia adelante, involuntaria, desesperada. Él se inclinó hacia mí de inmediato, preocupado.

—¿Se encuentra bien? —preguntó con un tono que no había escuchado antes en él, más cercano, más humano.

Asentí mientras intentaba recuperar el aire, con los ojos húmedos y la respiración entrecortada.

—Sí… estoy bien. No esperaba que en realidad me fuera a dar vodka —logré decir al fin, limpiándome discretamente una lágrima que se escapaba por el ardor.

Él me observó unos segundos más, asegurándose de que ya podía respirar con normalidad. Ese gesto —mínimo, contenido, casi contradictorio con su manera seca de ser— me desacomodó por dentro. No era una sonrisa, no era ternura, pero tampoco era la indiferencia absoluta que había mostrado antes.

Me di cuenta de que un botón de mi camisa se había soltado. Él también lo notó. Lo dejé así. Como una invitación que no se pronuncia, pero se siente. Se levantó por una servilleta y al volver se sentó un poco más cerca. En ese momento supuse que su vaso también tenía vodka, por lo que seguramente su esposa no estaría en casa. Dirigí la conversación por el lado de mis estudios, que como me veía en clase, sobre el progreso, actividades y algunas cosas más sin relevancia con el único objetivo de avanzar con el vodka. Después de algunos minutos se levantó por la botella y procedió a servirme más sin preguntarme si quería. Lo había descubierto un par de veces mirando mi escote formado por el botón de la camisa suelto y en un momento lo noté un poco incomodo y tratando de acomodarse el pantalón con la mano en su bolsillo, me hizo pensar que estaba comenzando a endurecerse su pene y a generarle algún malestar, con eso y sumado al efecto del alcohol yo empecé a excitarme.

Crucé las piernas con lentitud. El roce de la tela contra mi piel ya era tortura. Llevaba una tanga mínima debajo, y nada más. Quería sentir todo si llegaba a ocurrir algo. Quería provocarlo sin decir una sola palabra. Y llegó el momento.

Tomé mi vaso y terminé de un sorbo. —Le confieso algo?— pregunté mientras él apuraba el suyo. —Yo pensé que Ud era más bravo— El calor del alcohol mezclado con el deseo me hacía vibrar las piernas. —Y porque pensó eso?— Me respondió mientras ponía su mano en mi pierna, sin quitarme la vista de los ojos.

—Uff, hace calor acá— Dije mientras me recargaba en el respaldo, dejando caer la cabeza hacia atrás, pero sin quitar la mano de Ricardo. El escote también se pronunció. Mis labios húmedos, entreabiertos, jugaban a seducir sin hablar. Sabía cómo me veía. Sabía que, en ese momento, ya no era su alumna.

—¿Le gustaría volar alguna vez en la cabina? —me preguntó acercándose a mi cuello lentamente, como tanteando hasta donde le dejaría llegar.

Bajé la cabeza de nuevo, quedé a escasos centímetros de su boca —Ya lo hice… —susurré mientras lo miraba a los labios—. Pero nunca con usted.

Hubo un silencio denso, que no necesitaba palabras. Lo sentí moverse. Se inclinó hacia mí, sin llegar a tocarme. La tensión era como electricidad entre dos cables sin aislar. Me miró los labios. Yo no me moví. Lo dejé venir.

Pero no lo hizo. Se levantó, como si huyera de lo que estaba por pasar. Caminó hacia la cocina. Yo no dije nada. Solo lo observé desde el sofá. Lo vi apoyarse sobre el mesón, suspirar. Luchar consigo mismo.

Me levanté despacio, lo suficientemente lento como para que escuchara el crujir de mis pasos sobre el piso. Caminé hacia él. Me detuve a su lado. Muy cerca. El vodka me daba el valor que mi corazón no encontraba.

—¿Le incomoda que esté aquí? —susurré, tan cerca que mi voz le rozó la oreja.

—No es apropiado… —dijo él, sin moverse.

—Pero no me ha pedido que me vaya —respondí.

Giró la cabeza. Nuestros rostros quedaron a centímetros. Sentí su respiración chocar con la mía. El silencio gritaba.

Entonces, lo hizo.

Me besó.

Mis manos buscaron su nuca, su pecho, su cintura. Quería tocarlo todo. Quería grabarlo con las yemas. Me levantó con fuerza, me sentó sobre el mesón, y sin romper el beso, abrió los botones de mi blusa uno por uno. Mi pecho latía tan fuerte que dolía. Sus manos llegaron a mi espalda, desabrochó el sostén con una habilidad que solo se obtiene con los años. Bajó la tela con los labios, besándome las tetas como si buscara leerme en braille.

Yo trataba de soltar su cinturón para acceder a su pene, pero cuando mi pantalón cayó al suelo y Ricardo deslizó sus dedos por un lado de mi tanga tocando mis labios vaginales, sentí un corrientazo por mi espalda y tuve que dejar mi tarea.

—¿te orinaste? ¿O ya te corriste? – preguntó al sentir mi vagina totalmente húmeda.

Yo gemía bajito, sabiendo que no debía hacerlo, que cualquier ruido podía traer arrepentimientos. Pero él… él ya no era mi profesor.

Era el hombre que me desnudaba en su cocina, el que me abría las piernas con fuerza, el que me devoraba con las manos mientras su lengua dejaba mis pezones para bajar por mi abdomen, lenta, tortuosa, hasta encontrar lo que sus dedos ya disfrutaban, mi vagina.

Encontró mi clítoris casi de inmediato. Puse mis manos en sus hombros mostrándole no dejaría que se detuviera. Empecé a gemir y mi cuerpo a contornearse por efecto del placer que me provocaba, comencé a apretar mis manos de a poco sobre él mientras mis piernas se flexionaban un poco, mi espalda estaba arqueada. Me encanta como se siente la experiencia, mi novio tardaría demasiado para llevarme a puntos de placer como el que en ese momento estaba.

Tuve orgasmos ahogados, con las piernas temblando y las uñas clavadas en su espalda. Me dejé ir como si volar fuera eso: caer contra él sin paracaídas.

Y todavía no me había penetrado.

Ricardo se detuvo y me miraba con deseo, debí darle una imagen bastante sugestiva mientras me corría. Mientras mi cerebro volvía a mí y de a poco retomaba fuerzas, Ricardo llevó los dedos a mi boca, empapados de mis fluidos, vi como le escurrían mientras me los daba para chuparlos. De momento sentí asco, pues nunca había probado mis flujos vaginales o los de otra chica, pero la excitación no me dejaba pensar en eso, disfruté limpiando esos dedos como si de chocolate se tratara y ahora que lo pienso, no saben ni mal.

—Que zorra eres, ¿te gusta mamar verdad?

No me había fijado que en ese momento el pantalón de Ricardo ya estaba en el suelo, arrugado a sus pies. Su erección tensaba el bóxer con desesperación, como si su verga supiera que estaba a segundos de ser liberada. Me costó un poco sacar los pies de mi propio pantalón sin usar las manos, pero lo logré con torpeza erótica, quedando solo en tacones y panty. La sensación de estar casi desnuda y aún en tacones me excitó más.

Volví a tomarlo por la camisa, esta vez con más intención, y lo llevé al sofá de manera que quedara registrado en mi celular. Lo empujé con firmeza para sentarlo y, sin decir nada, comencé a subirle la camiseta por la cabeza. Ricardo colaboró hasta que la tela le cubrió los ojos, y justo ahí, con un movimiento rápido, hice algo que había visto en una porno pero nunca me había tenido la oportunidad de intentar: pasé la camiseta hasta la mitad de sus brazos, por detrás de su espalda, y con un nudo la dejé amarrada, atrapando sus muñecas. Lo empujé suavemente hacia atrás, y cayó sobre el sofá, recostado sobre sus propios brazos, sin forma de liberarse. La tensión en sus músculos era evidente. Me sentía empoderada. Dueña de la escena.

—¿Le gusta lo que ve, profe? – le pregunté mientras daba la vuelta y quedaba de espaldas a él. No dijo nada.

Separé sus piernas yme paré entre ellas, lo miré directo a los ojos por encima de mi hombro y, sin dejar de hacerlo, deslicé mi panty por mis caderas. Lo dejé caer al suelo, con un movimiento lento, provocador, dejando que viera cómo mi trasero quedaba desnudo para él, sin renunciar a los tacones. El contraste de lo vulgar y lo elegante era perfecto.

Luego me agaché sobre él, apoyando las manos en sus rodillas abiertas. Mi mirada bajó a su bóxer, tenso, palpitante. Me senté justo encima, con cuidado, apoyándome con todo el peso de mis caderas sobre su erección aún prisionera, acomodándome de tal manera que su verga quedara entre mis nalgas, atrapada, rozando justo donde sabía que más lo iba a torturar. Comencé a moverme, provocando fricción, sintiendo el calor, la dureza de su carne desesperada bajo la tela.

Mis labios, húmedos y palpitantes, rozaban la tela que cubría su verga. El contacto era justo el suficiente para hacernos sufrir.

Mis pezones estaban duros, mis piernas temblaban, pero no quería apurarme. Quería sentirlo rogar, mirarme con esa mezcla de placer y desesperación. Su verga se movía debajo de mío, luchando por liberarse, caliente, pulsante, perfectamente encajada entre mis nalgas.

—¿Cómo ha visto mi desempeño en clase, profe? – comencé a moverme hacia adelante y atrás sintiendo su verga. —¿cree que debo mejorar en algo?

Supuse que responder a mis preguntas lo distraería de la imagen que tenía en frente. Quise pensar que hacía mucho no veía un cuerpo así, joven, trabajado, resbalándose sobre su pene con esa descarada seguridad. Me imaginé a su esposa, tal vez con unos kilos de más, cumpliendo rutinas sexuales de años, la misma posición, el mismo ritmo, el mismo cuerpo ya conocido.

Entonces me levanté con lentitud, me giré para quedar de frente, bajé la mirada a su entrepierna. El bóxer estaba empapado. Una mancha oscura en la punta revelaba la presencia generosa de líquido pre-seminal, escapando sin control de su verga desesperada. Justo abajo, otra mancha en sus huevos, provocada por los restos de mi humedad, dejaba claro que mi excitación también había sido un derrame silencioso.

Me incliné sobre él, tomé el elástico de su bóxer y lo deslicé hacia abajo con suavidad, revelando lo que ya me imaginaba: una verga madura, gruesa, perfectamente erguida, con las venas marcadas, como si toda su sangre estuviera concentrada en ese único lugar. Una gota gruesa colgaba de la punta, temblorosa, y cayó lentamente sobre su abdomen, dejando tras de sí un hilo transparente que conectaba glande y piel, como una línea de deseo dibujada por el cuerpo.

No me apresuré. Extendí mi mano, pasé mi dedo índice por esa gota, recogiendo el hilo con delicadeza, como si recogiera miel derramada. Luego, sin apartar los ojos de los suyos, llevé el dedo a mi boca y lo chupé. Despacio. Con intención.

—¿Cree que deba hacer algún trabajo adicional para mejorar mi nota? – Pregunta retórica.

—Chúpamela – dijo el indefenso machista amarrado y acostado sobre sus manos.

Pero no quería dárselo. No tan fácil. No tan rápido. Quería verlo sufrir. Quería que ese deseo que le brotaba por la punta se convirtiera en desesperación, que sintiera que tenerme tan cerca sin poder poseerme era una tortura deliciosa.

Le sonreí sin decir palabra, con esa mirada de niña mala que él ya no podía resistir, y me recosté a su lado, como si fueramos novios dispuestos a ver una película rosa. Apoyé mi cabeza sobre mi mano, como si estuviera cómodamente instalada para una charla inocente. Dejé que mis uñas —largas, cuidadas— descendieran despacio por su pecho. Comencé a recorrerlo con ellas, apenas rozando la piel, sin llegar a arañar. No quería dejarle marcas físicas. Quería que ese mínimo contacto, esa amenaza de roce, lo volviera loco.

Pasé por su torso, por sus costillas, por la línea suave del abdomen, bajando lentamente. Sentí cómo su pecho se agitaba, cómo tensaba cada músculo con ese temblor que aparece cuando alguien se contiene. Mi mano siguió su ruta, y cuando llegó a su verga, la tomé con la misma sutileza: con las yemas de mis dedos pulgar e índice, rodeándolo apenas, como si fuese una fruta demasiado madura, al borde de estallar.

Deslicé su prepucio hacia arriba y hacia abajo con lentitud enfermiza. Su pene palpitaba entre mis dedos, endurecido hasta doler, con la piel estirándose cada vez que lo desnudaba. Lo miré. Sus ojos estaban cerrados, su mandíbula tensa, los puños apretados tras su espalda aún atada con la camiseta. Estaba a punto de rogar.

Me levanté con suavidad y me arrodillé sobre él, con una pierna a cada lado de su cadera, en posición de montura, como si estuviera lista para cabalgarlo. Y eso fue lo que creyó.

Pero no. Aún no.

Solo bajé el cuerpo lo suficiente para que su verga quedara encajada justo entre mis labios vaginales, húmedos y tibios, sin llegar a penetrarme. Apreté los muslos y empecé a moverme, de adelante para atrás, muy despacio, como si su polla fuera una línea sobre la que yo resbalaba.

Mis labios se abrían y cerraban con cada roce, mis fluidos empapaban su carne caliente y dura, haciéndola brillar con mi deseo. Sentía cómo vibraba, cómo se contraía debajo de mí, cómo su cuerpo entero se tensaba intentando contener las ganas de empujar hacia arriba.

—Quiero comerte las tetas – pedía mientras forcejeaba para liberarse. A cada petición yo solo le sonreía.

El placer que empezaba a recorrer mi espina dorsal por cómo masturbaba mi clitoris con su pene, me iba sacando nuevamente de razón, había aumentado la velocidad sin darme cuenta, me incliné sobre su pecho, subí mis caderas provocando que su verga quedará en la entrada de mi vagina. Volví a deslizarme hacia abajo, llenando de un solo golpe mi interior.

Sentí ese primer estirón. Un tenue ardor al comienzo.

Ricardo me llenaba distinto.

Mi novio la tiene más delgada, más fácil de recibir. Pero esta verga… esta verga era otra cosa. No sólo era más gruesa, sino más tosca, más impaciente. Y mis músculos, acostumbrados a algo más dócil, se abrieron como pudieron para dejarla entrar. Ese pequeño dolor me hizo gemir, pero no de incomodidad… fue ese tipo de dolor que llega con la carne siendo obligada a ceder, con el cuerpo siendo vencido, con el placer imponiéndose.

Me sentía completamente llena, estirada, tomada.

Y supuse que él también lo notaba. Supuse que esa sensación apretada, húmeda y caliente no tenía nada que ver con lo que su esposa le ofrecía en la cama matrimonial.

Yo no solo lo apretaba.

Yo lo exprimía.

Empecé a cabalgarlo. Lenta al principio. Con movimientos ondulantes de cadera que le permitían sentir cómo lo tragaba y lo sacaba casi por completo. Lo miraba desde arriba, el pecho marcado, los brazos ya se habían liberado de la camiseta me tomaban de las tetas. Se movía debajo de mí como un animal contenido, jadeando, con los ojos perdidos entre mis tetas que rebotaban con cada movimiento.

Sentí cómo una de sus manos se enredaba en mi cabello, jalándolo con fuerza hacia atrás, obligándome a arquearme.

Un gruñido le salió del fondo del pecho.

La otra mano me soltó el pecho solo para ayudarlo a levantar y de inmediato regresó a su tarea con rudeza, y ahora su boca se apoderaba del otro, chupando con rabia, como si quisiera devorarlo.

Me dolía.

Me encantaba.

Ese agarre brutal, esa forma de tomarme como si estuviera enfadado, como si estuviera descargando años de frustración sobre mí, me calentaba más que cualquier palabra dulce.

Era un dolor placentero.

Un castigo erótico.

Era como si con cada apretón me recordara que, aunque yo lo había provocado, él tenía el control. Y yo lo estaba disfrutando. Lo estaba deseando.

Ricardo soltó mi cabello y mis senos, llevó sus manos por debajo de mis piernas, y en un solo impulso, sin sacar su verga de mí, me alzó como si mi cuerpo no pesara nada.

Me llevó así, empalada, hasta la pared más cercana. Me sostuvo contra ella con una facilidad animal, como si yo fuera suya desde siempre, como si no necesitara más fuerza que su deseo para mantenerme flotando, clavada en su carne. Mis piernas abrazándolo.

Siguió martillándome.

Fuerte.

Constante.

Sin tregua.

Nunca me habían follado así. Nunca había sentido esa mezcla de vértigo, entrega y éxtasis absoluto. Mis piernas temblaban sin siquiera tocar el suelo. Estaba suspendida entre la pared y su cuerpo, como atrapada entre dos mundos. Y ahí, con esa verga invadiéndome, con el pecho apretado contra él, con mis uñas hundidas en sus hombros, llegó mi primer orgasmo.

Profundo.

Casi violento.

Me estalló desde el centro y me llenó de una oleada de calor que me hizo gemirle el alma. Me bajó de a poco, pero no me soltó.

Me dio la vuelta con rudeza, dejándome de cara a la pared. Mis manos tocaron la superficie fría, y sin pensarlo, levanté el culo para facilitárselo, aunque con los tacones puestos no era necesario: ya estaba perfecta para él.

Me abrió las nalgas con ambas manos, separándolas con deseo y precisión. Apuntó a mi vagina. Y me la clavó de nuevo. De un solo golpe.

Con hambre.

Su verga volvió a ocuparme por completo, húmeda de mis propios fluidos y de su anterior embestida. Me tomó de las muñecas, las llevó a mi espalda y las sujetó con una sola mano. La otra la usó para presionar mi cara contra la pared.

Firme.

Autoritario.

Yo quedé completamente inmóvil, entregada, con apenas el leve vaivén de mis caderas intentando seguir su ritmo. No era yo la que lo cabalgaba ahora. Era él quien me tomaba. Pocos segundos pasaron antes de que comenzara a gemir. Sus embestidas eran frenéticas. Y en mi interior podía sentirlo, cómo su verga se hinchaba, cómo cada vena latía con furia, preparándose para lo inevitable. Un gruñido grave le nació del pecho.

Y entonces lo sentí. El primer chorro caliente chocó con mis paredes internas.

Fuerte.

Impulsivo.

Fue como si me quemara por dentro. Y luego otro. Y otro. Su semen me llenaba con una intensidad que me hizo estremecer. No me soltó aún. Mantuvo mi rostro contra la pared, mi espalda arqueada, mi cuerpo suyo. Solo cuando su respiración se desbordó y su corazón latía desbocado contra mi espalda, soltó mis muñecas y mi cabeza. Yo apenas podía moverme.

Sentía su verga aún dentro, palpitando, y luego saliendo despacio, dejando un vacío lleno de líquido caliente. Ese esperma que ya comenzaba a deslizarse por mis muslos, mezclado con mis propios jugos.

Chorreando pecado.

Le pedí el baño prestado. Ricardo, sin decir palabra, solo alzó una mano y señaló hacia el fondo mientras se dejaba caer en el sofá, aún desnudo, con el pecho agitado. De camino, y sin que él lo notara, tomé mi celular.

En el espejo me vi.

Mi cara tenía el sello del trajín reciente: el cabello revuelto, las mejillas encendidas, los labios hinchados, el brillo del sudor todavía en la piel… pero en mis ojos había algo más. Una satisfacción tranquila. Sonreí. Me limpié, me retoqué un poco el maquillaje con lo que tenía a la mano y salí, todavía desnuda, a buscar mi ropa.

Él había servido otra copa. Permanecía desnudo, con las piernas abiertas, su verga aún húmeda, descansando pesada entre sus muslos.

Me acerqué para recoger mi ropa interior del suelo, pero él la tomó antes y la alzó.

—Esto me lo quedo yo —dijo, tomando mi tanga con esa media sonrisa que ya conocía.

No discutí. Lo dejé hacer. Busqué el resto de mi ropa y me vestí con calma, sintiendo su mirada recorrer cada centímetro mientras me cubría.

Me giré y caminé hacia la puerta, aun sintiendo entre las piernas el eco tibio de lo que me había hecho

— tatiana-bTA

10 de octubre de 2026

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