Andres, en su balcon en Santa Marta
Relato de comunidad Hetero: Infidelidadschedule 16 min de lectura calendar_today Octubre de 2026

Andres, en su balcon en Santa Marta

De nuevo Andres, con el que ya había estado mientras peleaba con mi novio. Playa, tensión, me toco sola oyendo a mi amiga gemir, y en el balcón le chupo el pene, me pone contra la baranda y me mete la verga hasta correrme, lu...

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Contenido adulto. Este relato fue escrito por un miembro de la comunidad. Léelo solo si tienes 18+ y mente abierta.

Prólogo – No era un viaje para él

No iba por él. No iba por nadie. Iba a Santa Marta con mis amigas, con el corazón a medio cerrar por una pelea estúpida con Alejandro, mi novio, y con ese aire de libertad incómoda que dejan las discusiones mal resueltas. Llevaba el bikini nuevo, aún con la etiqueta, las gafas grandes para esconder lo que el rímel no pudo, y esa ilusión ingenua de que el mar podría curar cualquier herida.

Un viaje de mujeres. Risas, planes, tragos, y secretos compartidos en susurro. Nada más.

Pero la vida tiene esa manera tan suya de poner lo que uno no busca justo enfrente.

Coincidimos en el avión. Andrés subió último, con ese aire de quien ya ha volado demasiado para sorprenderse. No lo esperaba ahí. Ambos trabajamos en la misma aerolínea, y aunque ya habíamos tenido un encuentro sexual algunos meses antes, no nos habíamos vuelto a ver por su cambio de puesto. Su presencia me removió algo que creía dormido.

Ese día él iba a Santa Marta por trabajo, a entrenar al personal. Nosotras por despecho, por fiesta, por ganas de olvidar. Pasó por mi lado, y en un instante que duró un parpadeo, sus ojos se encontraron con los míos. Esbozó una sonrisa, pequeña, contenida… pero llena de memoria. Esa sonrisa no era inocente: sabía de nosotros, de una noche compartida, del roce de la piel que nadie más conocía. Se dirigió a su asiento, al fondo del avión, pero solo se quedó allí hasta que la señal del cinturón fue apagada. La conversación fluyó con naturalidad. Él fue amable con todas, educado, atento… pero conmigo hubo ese tono, esa pausa entre frases que solo tienen quienes ya comparten algo más que palabras. No era desconocido. Era alguien con historia.

—¿Y ustedes a qué hotel van? — preguntó, casual, como quien se quita un hilo invisible del saco.

—Otro. Uno en El Rodadero. Aunque nuestro itinerario es más capricho que plan —contesté con una sonrisa que tenía veneno y confesión al mismo tiempo.

No hizo falta pedir el número. Ya lo tenía. Solo bastó una mirada para saber que nos volveríamos a ver esa misma noche.

Mis amigas lo notaron. Me miraron con esa mezcla de complicidad y advertencia que solo las mujeres saben intercambiar sin hablar.

Y yo… bueno, yo aún me repetía que solo seríamos amigos. Otra vez.

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Capítulo 1 – Ellas, el mar y yo

Santa Marta nos recibió con el calor que pega en la piel como una promesa húmeda. Las gafas puestas, la música alta, y esa sensación deliciosa de no tener que rendirle cuentas a nadie. Solo nosotras: cuatro mujeres con planes de playa, sol y olvido selectivo.

El hotel era sencillo, pero con vista al mar. Teníamos 2 habitaciones con cama doble, por lo que dormiríamos acompañadas. Apenas dejamos las maletas, una de ellas ya tenía los tragos servidos. El whiskey corría como si nos hubiera estado esperando. Brindamos por la libertad, por los ex, por el sexo del que no podíamos hablar en voz alta y por todo lo que no íbamos a contar cuando volviéramos.

Ese primer día fue de sol y risa. Bikini, bronceador, fotos con filtro y comentarios maliciosos que solo hacían más fácil olvidar lo que dolía. Era nuevo. Un capricho comprado entre rabia y tristeza la tarde después de la pelea. Rojo oscuro, casi vino, como si quisiera gritar desde la piel todo lo que no dije con la boca. El top era pequeño, triangular, con los tirantes delgados que se ataban al cuello, dejando más piel que tela. No levantaba tanto como insinuaba. Y eso lo hacía peor.

La parte de abajo… bueno. Era de esas que no se deben usar si lo que se busca es disimular. Tiro alto, pero angosto, casi una excusa de tela entre las piernas, y por detrás, una brasileña descarada que cortaba justo donde debía. No era vulgar. Era provocación hecha costura. Y me di cuenta desde que salí a la playa. Me sentía el centro de atención y que atraía todas las miradas.

Cuando lo metí en la maleta pensé: Si no me lo pongo ahora, ¿cuándo?

En el agua, jugábamos como niñas. En la arena, éramos mujeres hambrientas de vida. A pesar de que todas tenían pareja, una de ellas ligó con un bartender. Otra coqueteaba con el chico que alquilaba las motos de agua. Una más y yo hablábamos recostadas en las sillas de playa con un par de chicos que nos habían ofrecido unas cervezas.

Conmigo hablaba Mateo, un moreno, simpático, y con esa energía algo infantil de quien quiere impresionar a toda costa. Me había abordado con una frase demasiado ensayada, pero tenía su encanto. Conversamos un rato, me hizo reír. Nada serio. Pero estaba ahí, marcando presencia, lanzando indirectas como quien reparte cartas sin saber si alguien las va a recoger. Unas cervezas después, ya no veía ningún inconveniente si me lo tiraba.

Y entonces, apareció él.

—¿Y ese combo? —dijo Andrés, con una sonrisa que parecía haber nacido con el sol de frente.

No era la primera vez que lo veía. Ni siquiera la primera vez que pensaba en cómo se sentía tenerlo dentro. Lo conocía. Lo había probado. Pero hacía algunos meses que no cruzábamos más que miradas en pasillos del aeropuerto, y en aquel momento, verlo ahí, tan fuera de contexto, me provocó una descarga eléctrica entre las piernas.

No era casualidad. No para mí.

Todas lo reconocieron. El del avión. El de la sonrisa amable. El de los hombros anchos. Lo saludaron con risas, medio en broma, medio encantadas. Se presentó con cortesía, sin exagerar, sin querer gustar. Y cuando le señale la silla con la vista, se sentó justo a mi lado, como si siempre hubiera pertenecido ahí.

Mateo se tensó al instante. No dijo nada al principio, pero su mirada cambió. En menos de cinco minutos soltó un par de comentarios disfrazados de chistes. Una indirecta por aquí, una broma pasiva-agresiva por allá.

Andrés ni se inmutó.

Respondía con calma, con esa sonrisa paciente del que no se siente en competencia. Ni una palabra de más. Ni una confrontación innecesaria. Su paz era desarmante. Su presencia, inevitable.

Y en algún momento, no sé si fue después de una carcajada o un silencio incómodo, este chico ya no existía en mi mente.

Solo Andrés y yo.

Y la forma en que me miraba empezaba a quemarme por dentro.

Capítulo 2 – Calor que no se apaga

Nos quedamos un buen rato en esa mesa improvisada frente al mar. Las botellas sudaban tanto como nosotras. La presencia de Andres bastaba para desplazar al resto. Incluso Mateo, que terminó marchándose con una excusa floja y una mueca disfrazada de sonrisa.

—¿Te molestó? —me preguntó Andrés, cuando el otro ya estaba lejos.

—Un poco. Pero más me gustó cómo lo manejaste tú.

Él solo asintió, con esa tranquilidad que me empezaba a calar bajo la piel. Era ese tipo de hombre que no necesita correr para llegar primero.

Cayó la tarde sobre nosotras como una sábana tibia. Las risas seguían, pero yo ya no estaba del todo con mis amigas. Él tampoco. Conversábamos al margen, entre frases robadas y miradas que decían más que las palabras. El sol se hundía en el mar, y yo sentía que si me acercaba un poco más a su voz, me derretía.

No me acuerdo quién propuso cambiar de sitio. Solo sé que cuando ya era de noche, estábamos en un bar con luces bajas y música que hacía temblar los vasos. Bailamos, reímos, brindamos. Él no se pegaba, pero tampoco se alejaba. Y cuando mis caderas se movían con esa insolencia sin culpa, sabía que él lo notaba. Lo sentía en sus ojos.

Yo quería. Dios, cómo quería.

Quería que me siguiera al baño. Que me tomara de la mano sin preguntar. Que me empujara contra la pared con todo lo que había contenido. Quería su boca, su peso, su silencio dentro de mí.

Pero cuando llegó la hora en que el cuerpo empieza a confundirse con la intención, Andrés se acercó a mi oído, bajito, casi con ternura, y me dijo:

—Yo me voy. Mañana empiezo muy temprano en el aeropuerto.

Me quedé quieta. Sentí el frío del bar de golpe, como si me hubieran quitado el calor del cuerpo. No le dije que se quedara. No le supliqué con palabras. Solo lo miré con los ojos llenos de lo que no pasó.

Él sonrió. Me dio un beso en la mejilla, lento, deliberado.

Y se fue.

Nosotras nos quedamos en aquel bar hasta la madrugada. Bailamos y conocimos a un par de chicos. Pero al final, nos fuimos las 4 a nuestro hotel. Esa noche no dormí bien. No por falta de sueño. Sino por exceso de ganas.

Capítulo 3 – Cuerpos orbitando

Al siguiente día muy temprano desayunamos y bajamos a la piscina. Intercambiaba mensajes con alguno que otro chico en mis contactos. Ninguna conversación muy interesante. A veces algún chico se detenía a decirnos algo a alguna de nosotras, pero al final sin terminar en más allá.

Andrés trabajaba en el aeropuerto, en ese rol suyo de formador impecable, y la voz que enseñaba sin alardes. Yo lo sabía porque él mismo me lo contaba, por mensaje, justo cuando salía de allá.

“Listo por hoy. ¿Dónde están?”

Apareció con una cerveza en la mano, con gafas oscuras y camisa abierta. Nunca sin intención. Mis amigas ya lo habían aceptado como parte del plan. Algunas incluso se turnaban para sentarse cerca de él. Pero él… él seguía encontrándome con la mirada, sin buscarme, sin nombrarme. Y eso me mataba más que si me hubiera dicho algo directo.

Esa noche, nos alistábamos para ir a un bar, Andres nos alcanzaría allí. De nuevo bailamos, como bailaba con mis amigas. A veces, bailaba con la única opción que otros chicos del bar le habían dejado. A veces era yo, a veces se quedaba sentado solo.

Había algo en él que me desarmaba.

Y él lo sabía. Pero seguía actuando como si no.

En una coincidencia de la vida, estuvimos los dos sin pareja de baile, así que nos pusimos a hablar, muy cerca, cada vez. Y cuando ya estaba a centímetros de su boca, cuando sentí que si no lo besaba iba a explotar, él se levantó y dijo:

—Mañana tengo que estar en el aeropuerto antes de las seis. Buenas noches.

Otra vez.

Otra puta vez. Y yo me quedé con las piernas cerradas y el corazón abierto.

Esa noche, Laura, mi amiga del otro dormitorio, quedo con algún chico y se iría a su hotel. Yo la miraba con ganas de yo quiero eso.

Muy entrada la madrugada, Paola, quien se supone dormía sola, comenzó a hacer algunos ruidos. Comenzó como con cosas cayéndose, puertas que se golpeaban. Cata, dormía a mi lado plácidamente. Tengo que ver que está pasando con Pao, pensé. Desistí cuando aquellos ruidos se convirtieron en jadeos y gemidos. Ella también tenía su chico allí.

La desilusión de no tener a Andres allí aumentaba el vacío en mí, un vacío que se llenaba con los gemidos que llegaban desde la habitación contigua. Cada sonido era una daga de deseo que me atravesaba lentamente, un recordatorio cruel de lo que quería y no podía tener.

Mi cuerpo comenzó a conspirar contra mi razón: las manos buscaban, exploraban, empezaban a provocarme sin ayuda. Cerré los ojos y dejé que mi memoria se mezclara con la imaginación de otros dedos, otras bocas. Mis mensajes recientes eran un mapa de posibilidades. Mateo apareció en mi mente como un destello: rápido, fugaz, me tomé una foto y se la envié con un temblor que apenas podía controlar. El silencio de su respuesta fue un desafío, un fuego que me quemaba más, más cerca de lo que podía soportar.

Mis dedos se movían con urgencia, con hambre, siguiendo el ritmo de los gemidos que me torturaban desde la pared, sintiendo cómo cada roce, cada presión, me llevaba un poco más allá del borde del control. Cerré los ojos y me dejé caer en el placer, sola, salvaje, consumida por el deseo.

Capítulo 4 – La rendición

La última noche llegó con ese sabor a despedida que no queríamos nombrar. Mis amigas ya estaban empacando a medias, quejándose de la rutina, de volver al trabajo, de los hombres. Yo no decía mucho. Revisaba mi celular con el chat de Mateo marcando notificaciones sin leer. Así seguirían. Solo sabía que me iría en la mañana y que Andrés se quedaba.

Andrés llegó a nuestro hotel como siempre: puntual, tranquilo, discreto.

Pero había algo distinto en su mirada.

Como si ya no hiciera falta seguir pretendiendo.

Cenamos juntos en un restaurante pequeño, con velas y sillas de madera. Las risas seguían, pero eran más suaves. Las miradas, más largas. Él se sentó frente a mí esta vez, no al lado. Como si quisiera verme completa. Como si por fin estuviera listo para mirar sin fingir otra cosa.

Después, alguien propuso caminar por la playa. La brisa era cálida, pero con un filo de nostalgia. Todos se fueron dispersando en la arena. Las voces se alejaban. Él y yo terminamos caminando en silencio, como dos personas que ya habían dicho todo sin hablar.

Nos detuvimos frente al mar.

—Mañana te vas —dijo él, sin dramatismo.

—Sí. Temprano.

No hubo más.

Solo esa certeza compartida: esto se acaba o se consume.

Me acerqué. Él no se movió. Solo me miró con esa calma suya, esa paciencia que me había vuelto loca toda la semana.

Y entonces, yo lo besé.

Despacio.

Lento como el deseo que me había estado quemando por dentro.

Él respondió con una firmeza que no esperaba. Me tomó del cuello con una mano y de la cintura con la otra. Su boca sabía a decisión, a control perdido, a por fin.

—Vamos a mi hotel —susurró, pegado a mi oído, y su voz fue una orden disfrazada de invitación.

Cada una de mis amigas había pasado al menos una noche en otro lado. Era mi turno. No recuerdo cómo llegamos. Solo recuerdo el clic de la puerta cerrándose detrás de nosotros y cómo me empujó suavemente contra la pared sin dejar de besarme. Mi espalda contra la pared, sus manos que ya no pedían permiso abrieron mi camisa. Me besó el cuello mientras con una mano hábilmente soltaba el brasier. Una sensación indescriptible me recorrió en el instante en que sus ojos hicieron contacto visual con mis tetas. Me sentí vulnerable. Tomó mis senos, cada uno en una mano. Me chupó las tetas. Pasaba su lengua suavemente por mis aureolas dibujando pequeños círculos en espiral hasta alcanzar mi pezón. Un gran chupón y cambiaba al otro seno. Los turnó un par de veces.

Se arrodilló, besando todo mi vientre. Solo soltó mis tetas para soltar el botón de mi short y bajar la cremallera. Lo detuve.

Salimos al balcón, apenas iluminado por la luz cálida que se colaba desde la habitación, buscando aire que no necesitábamos.

El sonido del mar se mezclaba con mi respiración entrecortada.

Yo seguía con la camisa abierta, sin brasier, con el corazón acelerado.

Nos sentamos con un par de tragos en la mano. Hablamos poco. Nos miramos mucho.

Hasta que dejé el vaso a un lado.

Me arrodillé frente a él. Solté su pantalón y bajé sus boxer.

Su respiración cambió apenas le tomé el pene con la mano. Su cuerpo tensándose, la mandíbula apretada, las piernas abiertas solo para mí. Corrí su prepucio hacia la base de su pene, miré a los ojos de Andres, anhelaba que lo hiciera. Yo en cambio, no me hice esperar. Metí en mi boca ese pedazo de carne que segundo a segundo se hinchaba sin parar. Le chupe como quien toma su refresco en una sola respiración. Lo hice despacio. Disfrutando cada gesto que él no podía controlar. Me aseguraba de tragar ese falo hasta el final. Controlaba la arcada y volvía a sacarlo. Mientras esto, apretaba sus bolas con una mano, con la otra mantenía su prepucio bien abajo, haciendo un anillo con mi dedo pulgar e índice. Y cuando sentí que su pene se hinchaba en mi garganta, me detenía, lo miraba a la cara, esa cara de “no pares por favor”. Esa cara que tuve yo las 2 primeras noches. Lo haría sufrir un poco.

—No te levantes — le ordené, mientras yo tomaba aire, y un trago de whiskey. Lo vi a los ojos de nuevo, él no rogaría, no con palabras. Su polla, por otra parte, parecía luchar por evitar escupir todo el semen. Me arrodillé cuando consideré que ese torrente se había calmado un poco. Repetí mi tarea. Y nuevamente me detuve. No se merecía llenarme la boca de semen.

Me tomó de los brazos. Me levantó con una fuerza firme, sin decir palabra, y me giró. Me apoyó en la baranda, las tetas hacia el mar, al aire fresco de un piso 5. Noté que no estábamos tan protegidos en la poca altura de las miradas en la calle. Pero no vi ninguna que nos hubiese identificado.

Lo sentí detrás mio. Sentí su mano subir lentamente por mis muslos, tan despacio que cada centímetro parecía un castigo delicioso. Me apoyé contra la baranda, tratando de contener el gemido que ya me ardía en la garganta. Cuando sus dedos llegaron a mi trasero, ya no había retorno. Estaba empapada, y lo sabía. No hizo falta una palabra; solo el roce firme, seguro, y mi cuerpo inclinándose, respondiendo como si lo hubiera esperado toda la vida...

Abrió mi trasero con sus dedos pulgares, buscando una mejor vista. Apunto su miembro a la entrada de mi vagina, lo clavó ayudado por los flujos que salían de ella.

Su respiración en mi nuca. Sus manos ahora firmes en mis caderas, dándole un apoyo a cada embestida.

Él entrando. Saliendo. Despacio. Constante. Hasta el fondo.

Yo gemía contra el viento, con las luces lejanas de la ciudad como testigo. No había tiempo. No había promesas. Solo el presente. Solo ese vaivén lento y profundo, como si quisiera memorizarme desde adentro. Su pene llenaba perfectamente mi interior. Gemía cada vez que empujaba. Respiraba cada vez que lo sacaba. Tuve un orgasmo primero que él. Mis piernas temblaban.

Cuando pensé que se correría, decidió detenerse. Me tomó de una mano y me arrastro como niña chiquita que no quiere salir del parque. Me acostó en la cama. Colocó cada una de sus piernas al costado de mi pecho. Entendí lo que quería. Ubicó su pene entre mis tetas. Con mis manos las apreté para él. Se apoyo con una mano de la pared. Comenzó a masturbarse con mis tetas. Yo disfrutaba la imagen, ver su polla aparecer y desaparecer por mi canal, ahora lubricado también por mis fluidos vaginales. Señalándome a la frente. Amenazante. Hermosa. Quise mirar la cara de Andres, cuando explotara, es algo que siempre me ha gustado ver en los hombres, su expresión facial en el momento del clímax. No me dejó, su otra mano se ubicó detrás de mi cabeza y me llevó hacia su pene.

Comenzó a eyacular, su punta estaba a pocos centímetros de mi boca, por lo que sentí el calor de su primer chorro en mis labios entreabiertos, sentí su sabor en mi lengua. Me gustó ver ese pene escupir tanto esperma. En pocos segundos, escurría por mi clavícula, se posaba en el canal entre mis tetas, en mi cuello, subía hasta mi cuello.

Rendido se acostó a mi lado. Se durmió casi de inmediato.

Fui al baño a limpiarme, me veía en el espejo, veía su esperma sobre mí.

Capítulo 5 – La nota

Desperté sola.

El sol se colaba por la cortina mal cerrada, mi ropa tirada en el suelo por toda la habitación que olía a él. A sexo, a sudor, a whiskey y a decisiones que no podían repetirse.

Me incorporé desnuda, envuelta en las sábanas revueltas, y supe sin mirar que ya no estaba. Escuché el silencio con una punzada de desilusión… hasta que lo vi: un pequeño papel doblado sobre la almohada que había sido suya.

Lo tomé con las manos aún temblorosas. La caligrafía era firme, sobria, casi tan segura como su cuerpo la noche anterior.

“Y si vamos por un café, o una cena al volver?”.

Que tengas buen vuelo.

— A.”

Lo leí dos veces.

Lo apreté en el puño, contra el pecho.

Me levanté, me vestí lento. Reuní mis cosas sin prisa. Afuera el día era otro, pero mi cuerpo aún vibraba con la noche anterior.

No dejé respuesta. No le escribí.

No sabía si debía hacerlo.

Y quizá eso era lo más peligroso de todo.

Camino al aeropuerto, mis amigas hablaban de las despedidas, del tráfico, del clima, del mundo. Yo solo pensaba en él. En cómo se había ido sin ruido, igual que había llegado.

Y en cómo, pese a todo, me había dejado algo más que un recuerdo en la piel.

Un hueco dulce.

Una promesa no dicha.

Una historia que tal vez… aún no termina.

- Tatiana Sabogal -

X: @TatiSabo64l

— tatiana-bTA

10 de octubre de 2026

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