La moto, la finca y el cornudo que servía la mesa
Relato de comunidad Hetero: Infidelidadschedule 7 min de lectura calendar_today Octubre de 2026

La moto, la finca y el cornudo que servía la mesa

Yo no pido permiso. Cuando le escribí a Mariana por primera vez, no lo hice con rodeos.

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Yo no pido permiso. Cuando le escribí a Mariana por primera vez, no lo hice con rodeos.

Le dije que la había visto en las fotos de un perfil, que me gustaba su cuerpo, que sabía exactamente lo que una mujer como ella necesitaba y que no estaba dispuesto a esperar.

Mariana estaba casada desde hacía ocho años con Julián, un piloto de avión comercial que pasaba semanas fuera de casa, y leyó ese mensaje tres veces antes de responder.

Su esposo era un buen hombre, pero débil. Débil para hablar, débil para decidir, débil para tomar lo que ella necesitaba que le tomaran.

Esa debilidad la tenía aburrida, y el aburrimiento, cuando se acumula, se convierte en hambre.

Mariana tenía treinta y cuatro años y un cuerpo que quitaba el aliento.

Era de estatura media, con curvas que se marcaban en cualquier ropa. Su cabello era castaño oscuro, largo hasta media espalda, y siempre lo llevaba suelto o en una cola alta que dejaba ver su cuello y sus hombros desnudos.

Sus ojos eran marrones, grandes, con pestañas largas que le daban una mirada de gata.

Su piel era canela clara, suave, sin una sola imperfección, y olía siempre a crema de vainilla y a un perfume dulce que se quedaba en el aire.

Sus senos eran talla 38, grandes, firmes, con pezones rosados que se marcaban bajo la tela cuando tenía frío o cuando estaba excitada. Su cintura era pequeña, y sus caderas anchas, redondas, de esas que hacen que un hombre quiera agarrarse de ellas. Sus piernas eran su mejor arma: largas, torneadas, trabajadas en el gimnasio con sentadillas y peso muerto, con muslos firmes y pantorrillas definidas. Su trasero era redondo, duro, de esos que se ven mejor en un vestido ajustado o en unos jeans.

Cuando caminaba, todos volteaban a mirarla. Cuando sonreía, todos querían quedarse.

Le respondió a mi mensaje un martes por la noche. Me dijo que sí, que quería verme. Me dio la dirección de su apartamento, en el piso diecisiete de una torre del sur,quedamos de vernos el sábado de esa semana.

Me dijo que su esposo estaría fuera esa semana, volando, y que ella estaría sola.

Llegué al día siguiente, a las 9:30 AM, Subí en el ascensor sin avisar. Toqué el timbre. Cuando Mariana abrió la puerta, llevaba una bata de seda corta y el cabello suelto. No alcanzó a decir hola. La empujé contra la pared del recibidor, le agarré la cara con una mano y le puse el pene contra los labios. Mariana me miró, sorprendida, excitada, y obedeció. Se arrodilló en el mármol del pasillo y me chupó como si llevara meses esperándome.

Le pegué con el pene en la mejilla, luego en la boca, y ella abrió más, con hambre.

Cuando terminé de usarla, la levanté del cabello y le dije que no la iba a penetrar todavía. Que se vistiera, que se pusiera un vestido, que se preparara porque la iba a llevar a un lugar (previamente el cornudo me había dicho dónde quedaba su casa de descanso como pareja) fuí arriesgado porque no lo conocía en persona pero valentía es mi segundo nombre, así que como dice el dicho sin miedo al éxito.

Mariana se puso un vestido corto, de tela fina, color vino. Sus piernas trabajadas en el gimnasio se marcaban bajo la tela, y sus senos talla 38 se insinuaban con cada movimiento. La miré de arriba abajo y sonreí. Le dije que se subiera a la moto. Mariana nunca había montado en moto. Se rió, nerviosa, y dijo que no sabía. Le respondí que se agarrara fuerte y que no soltara.

Salimos de la ciudad por la vía al mar, y luego tomamos el desvío hacia el kilómetro 18. El viento le pegaba en la cara, en el escote, en las piernas. Mariana se abrazaba a mi espalda con fuerza, con las manos abiertas sobre mi pecho, y en el trayecto, sin que yo se lo pidiera, empezó a sobarme los senos por debajo del vestido. Me dijo al oído que le gustaba sentir el viento del camino, que le gustaba ir pegada a mí, que no quería que pararan. Aceleré.

Llegamos a una finca al final de una carretera destapada. La casa era de tapia y teja, con una piscina pequeña al frente y una cabaña de madera al fondo. Apagué la moto. Mariana se bajó con las piernas temblorosas, el vestido pegado al cuerpo por el sudor, el cabello revuelto. Me dijo que la esperara en la cabaña, que ella necesitaba un momento.

Caminé hacia la cabaña. Abrí la puerta. Y ahí estaba Julián. El esposo. De pie, junto a una mesa de madera, con un delantal blanco atado a la cintura y las manos ocupadas con una bandeja. Había llegado esa misma mañana, en carro, para prepararlo todo. Lo miré y entendí de inmediato el tipo de hombre que tenía enfrente. No dije nada. Solo me senté en la cabecera de la mesa y esperé.

Mariana apareció minutos después, descalza, con el vestido todavía puesto. Miró a su esposo sin sorpresa, como si ya supiera que estaría ahí. Le dijo que sirviera el almuerzo. Julián obedeció. Sacó de la cocina una bandeja con carne asada, papas amarillas cocinadas y una botella de vino tinto francés añejo. Sirvió los platos, llenó las copas, y se quedó de pie junto a la mesa con las manos cruzadas al frente.

Comimos. Mariana hablaba poco. Yo comía con calma, mirándola, y de vez en cuando le ponía la mano en el muslo por debajo de la mesa. Ella se dejaba. Terminamos el almuerzo. Mariana dejó la servilleta sobre el plato y le dijo a Julián que fuera a la piscina. Que esperara allá. El esposo asintió y salió de la cabaña sin decir una palabra.

Apenas la puerta se cerró, Mariana metió la mano por debajo de la mesa y me tocó el pene por encima del pantalón. Me miró a los ojos y me dijo que lo quería dentro. Me levanté, la cargué en brazos y la subí por las escaleras de madera hasta el segundo piso.

La habitación tenía una cama grande, un ventanal abierto y el ruido del río de fondo.

La recosté y le levanté el vestido hasta la cintura.

No llevaba ropa interior. Le abrí las piernas y empecé a meterle los dedos. Primero uno. Luego dos. Luego tres. Luego cuatro. Mariana gemía con la boca abierta, las manos agarradas a las sábanas, las caderas levantándose para buscar más. Cuando le metí la mano completa, ella estalló. Un squirt largo, caliente, que empapó la cama y casi alcanzó la pared. Me reí.

Le dije que así me gustaba, que siguiera.

Mariana se volteó, se arrodilló frente a mí y me chupó los testículos durante varios minutos. Me lamía despacio, con la lengua plana, subiendo y bajando, y yo sentía cómo me subía la sangre. La levanté del suelo, la cargué contra la pared, y la penetré de pie. La embestí salvaje, con las manos agarradas a sus nalgas, con la espalda de ella golpeando el yeso. Mariana gritaba. Se corrió una vez. Dos veces. Tres. Cuatro. Cada orgasmo le sacaba un gemido más ronco, más sucio.

La bajé, la puse en la cama boca arriba, y le dije que había llegado su momento (teníamos ya el ets ambos negativo). Que la iba a llenar. Mariana me miró con los ojos entrecerrados y me respondió con una voz de perra en celo: estoy esperando. Me vine dentro de ella, largo, profundo, dejándola llena. Cuando terminé, me retiré y me quedé mirándola.

Mariana, sin decir nada, metió la mano entre sus piernas y recogió lo que escurría. Se llevó los dedos a la boca y se lo tragó. Su rostro era el de una mujer satisfecha, el de una perra que acaba de ser llenada por su macho dominante, por el único que había podido darle lo que su esposo no podía ni siquiera imaginar. Se quedó así, con la mano húmeda sobre el vientre, respirando despacio, mientras abajo, junto a la piscina, Julián esperaba con las manos cruzadas, sin saber todavía que su esposa acababa de ser, por fin, complacida de verdad, de ese fin de semana destaco además que Mariana por poco y me vacea por completo (pedía mucha leche), Pero resalto el gran papel que tuvo el cornudo todo el tiempo pendiente de que estuviéramos bien alimentados.

¿Quieres ser la siguiente? Tu esposo no te complace, tú lo sabes y yo también.

Te espero. Solo parejas cuckold de Cali que sepan lo que quieren y estén listas para vivirlo.

Nada de drogas, nada de dinero. Solo placer.

— Alejandro-12

11 de octubre de 2026

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