Las conversaciones empezaron como cualquier otra en una aplicación gay. Un mensaje casual, un intercambio de fotos de cuerpo entero, sonrisas de cortesía. Él se presentó como casado, 48 años, con un torso peludo que se adivinaba firme bajo las camisetas ajustadas que usaba en las fotos. Respondi a las imágenes de él con elogios directos: me gustaba el cuerpo y a él el mio que mantenía bien conservado para mi edad.
Yo respondí enviando fotos usando lencería masculina primero, luego femenina: cacheteros de encaje, tangas que se ajustaban a mis caderas, sostenes que apenas cubrían las tetillas. El hombre casado escribió que si me tuviera al frente le rompería el culo a pelo y le dejaría todos sus hijos dentro. Algo en esa frase siempre me calienta—un casado fértil que gusta de dejar todo dentro—de esos comentarios que me arrechan me ponen perra.
Pasaron los días. Las conversaciones se volvieron más explícitas, los videos más largos, las propuestas más concretas. Yo le enviaba videos mostrándome con plugs anales insertados, abriéndome las nalgas con las manos para que viera el diámetro que podía tomar. El casado respondía con videos masturbándose, su verga gruesa y venosa, el vello púbico oscuro y denso, hablándome a la cámara: «Ese culo es mío, perra.»
Una tarde tenía una diligencia en Barrios Unidos. De repente el hombre respondió: que si nos viéramos y me hacia su perra a lo salvaje. La frase me hizo cerrar los ojos un segundo. Me preguntó qué ropa llevaba puesta. Me encerré en el baño de la oficina, desabotoné el pantalón y hago un video mostrando unos cacheteros masculinos de licra negra que ceñían mi paquete y las nalgas como una segunda piel. «Esa pinta», respondió el casado. Le dije que pensaba, aprovechando las diligencias, escaparme al sauna, por eso iba preparado. El hombre le dio una dirección de una bodega y le dijo que mejor nos vieramos allá.
Llegé a las tres de la tarde. El sol de Bogotá golpeaba la calle de ladrillo y comercios cerrados. Timbré en una puerta metálica pintada de verde, descolorida. Se abrió con un chirrido. Lo reconocí de inmediato por las fotos: el pelo corto con canas, el pecho velludo visible bajo una camiseta blanca, los brazos gruesos. Entré. El espacio era una bodega estrecha con estantes vacíos, un catre viejo contra la pared y un olor a polvo y sudor macho. Y para mi sorpresa, no estábamos solos. Tres hombres más me miraban desde el fondo: uno alto y delgado, otro robusto con barba, y un tercero más joven, quizá treinta y tantos, todos en camiseta y pantalón deportivo.
Se acercaron sin decir mucho. Las manos llegaron primero: una en cada nalga, apretando por encima del pantalón; otra mano me rozó el pecho por encima de la camisa. Alguien desabotonó el primer botón, luego el segundo. Una boca se pegó a mi tetilla izquierda y la chupó con fuerza, tirando con los labios hasta dejarla rosada y erecta. «Tienes unas tetas hermosas», dijo el de barba, y mordió la derecha. Incliné la cabeza hacia atrás. En algún momento entre todas esas manos, el pantalón quedó desabrochado a las rodillas y cayendo más. Me quité los zapatos, me sacó el pantalón de lo que quedaba en los tobillos. Uno metió la mano directamente en mi cachetero de licra, palpando el área del ano. «¿Qué tienes atrás?» le preguntó. «Un plug anal», respondí. Con los dedos lo tomó por la base y me lo sacó lentamente, dejándome abierto y listo. «Ya viene preparada la perra», dijo en voz alta para los demás.
Me hicieron arrodillar en el piso de cemento. Tenía cuatro vergas en la cara: la del casado, gruesa y curvada hacia arriba, más grande que en las fotos; la del alto, larga y delgada con prepucio largo; la del barbudo, ancha como un puño cerrado; y la del joven, recta y dura como madera. Mamaba a turnos: chupaba una mientras con las manos masturbaba las otras dos. Me pellizcaban las tetillas simultáneamente, tirando de ellas hasta que quedaron rojas y duras como botones. La saliva le escurría por mi barbilla. Me pusieron de pie y el hombre de la cita se posicionó detrás de mi, le rompió el cachetero por la entrepierna con un tirón dejando expuesto mi ano, me tomaron de las manos y tumbaron en el catre viejo que crujió bajo el peso.
Enterró la verga sin consideración, de una sola embestida. Estaba bien lubricado por el plug que había llevado y la cantidad de crema KY puesta toda la mañana. Dos de los hombres me abrían de piernas, cada uno sujetando un tobillo, mientras el casado me daba sin compasión. «Así querías, perra», le decía entre dientes. «Sí», respondial, la voz quebrada, "puedes gritar perra aca nadie te oye y te vamos a violar a lo que de" . La verga se veía más grande que en las fotos, sentía cada vena rozando las paredes de mi recto. Cambió con otro: el barbudo tomó su lugar y empezó a dar con la misma impetuosidad, embistiendo con fuerza bruta. Se turnaban para no dejarme cerrar las piernas. Me giraron y lo pusieron en pollo asado: boca arriba con las piernas dobladas sobre el pecho, uno montado encima clavándome la verga mientras otros sostenían mis rodillas abiertas.
Luego el casado dijo: «Ahora vas a estar en tres pistones, como lo hemos hablado.» Se recostó en el catre. Me hicieron sentar encima, tragándome esa verga gruesa hasta la base, sus huevos pegando en mi ano. El otro se puso detrás y me clavó la suya también: doble penetración, sintiendo ambos miembros rozándose dentro de mi, estirándo mi ano lo necesario para recibirlos a los 2. En la boca se turnaban los otros dos, uno me entraba hasta la garganta mientras el otro esperaba masturbándose. En una de las dobles se corrió uno de ellos dentro de mi: senti la leche caliente escurriendo por la línea de sus nalgas, goteando desde el interior de mi ano al interior de sus muslos. Y así siguió la lista de leche: tres de ellos se corrieron dos veces dentro de mi en posición pollo asado, llenándome hasta que el semen me escurría por el ano cada vez que sacaban la verga.
Mi cachetero quedó destruido, cauchos recogidos debajo de mis nalgas, la licra rasgada por la entrepierna. Me duchó en un baño pequeño al fondo de la bodega con agua tibia, me puse la ropa quedando solo el pantalón sin interiores. Cuando ya iba saliendo, estabamos solos: el del chat y yo. «Te toca aguantar otro, sería mi tercero», me dijo. Me bajó el pantalón de un tirón, me giró contra la pared y me clavó la verga de pie, embistiendo con fuerza entraba demasiado, profundo hasta que se volvió a correr dentro de mi. En ese momento, sintiendo esa última descarga de leche caliente en mis entrañas, me corri también, sin que me tocaran era una perra satisfecha, mi semen escurriendo por la pared de la bodega.
Sali, subi a la moto y arranque rumbo a la empresa, donde tenía ropa de repuesto guardada en un casillero. Hombre prevendido jiji







Comentarios
2 comentarios
Inicia sesión para dejar un comentario.
login EntrarBuena perra
gracias