Bogotá, sábado. Dos y cuarenta de la mañana. El conjunto de la 72 con la portería cerrada y el celador dormido en su silla de plástico.
Lorena había salido a las ocho con Julián. Volvió a las dos y veinte, con el labial corrido y el pelo recogido de cualquier manera, y entró al cuarto sin prender la luz. Yo estaba despierto. Llevaba tres horas despierto. Olí el aire antes de que ella se acercara y supe que esa noche no había habido nada de prudencia: olía a sudor ajeno, a tabaco, a ese olor dulzón de after shave barato mezclado con lo otro.
—¿Se bañó? —pregunté.
—No.
—¿Se vino él adentro?
Lorena se quedó quieta en la oscuridad, con la blusa a medio quitar.
—Sí.
—¿Con condón?
—No.
Y ahí, en la oscuridad de mi propio cuarto, sentí que se me cerraba la garganta.
—Muéstreme —dije.
Ella se subió a la cama con las rodillas, se puso de espaldas a mí y se quitó el jean. Después la pantaleta, y la dejó caer al piso con un ruido húmedo, pesado. Se quedó en cuatro patas sobre el colchón, con el culo hacia mi cara, con la espalda arqueada y la cabeza baja.
—Mire.
Tenía el coño hinchado, rojo, con los labios abiertos y brillantes. Y en la raja, bajando despacio hacia el clítoris y hacia el nacimiento del muslo, un hilo grueso, blanco, opaco, de semen ajeno, escurriéndose solo por gravedad.
Se me olvidó cómo se respiraba.
—Está llena —dije.
—Sí.
—¿Cuánto se vino?
—No sé. Harto. —Lorena se rió con la cara contra el colchón—. Me lo pidió adentro y se lo dejé adentro. Dos veces.
Me acerqué. Le puse la mano abierta en la nalga y la abrí un poco más con el pulgar, y el hilo se estiró y se cortó, y cayó una gota gorda en la sábana blanca. Sonó. Cayó con sonido, una gota espesa que dejó un círculo.
—Se está saliendo —dije.
—Sí, ya sé. Déjeme.
Y en vez de ir al baño se metió los dedos y se los hundió, y apretó, y empujó hacia afuera, y salió otro borbotón por el hueco de los dedos, más líquido, más caliente, corriéndole por la muñeca hasta la palma.
—Huy, qué es —dijo, y se rió.
Me llevé su muñeca a la boca y lamí la palma entera de un solo pase, desde la base hasta el nacimiento de los dedos. Salado. Tibio. Un poco amargo al final, con algo metálico. El sabor de otro hombre dentro de la boca de mi casa.
Lorena me miró por encima del hombro y se mordió el labio.
—¿Le gustó?
—Sí.
—Pues venga. —Se abrió más con los dos dedos índice y corazón, hasta que se le abrió el hueco, y el semen empezó a escurrir otra vez, sin que nadie lo empujara—. Lámame ahí. Antes de que se riegue todo.
Le metí la cara. La primera lamida fue del nacimiento del muslo hacia arriba, recogiendo el reguero de la pierna, y ella tembló y se le erizó todo el vello del brazo. La segunda fue en el centro, con la lengua ancha, y ahí el sabor era más denso, más salado, y me llenó la boca de una cosa espesa que tuve que tragarme. La tercera fue directo al clítoris y ella soltó un quejido y bajó la cadera.
—Ay, no, así no —dijo—. Que todavía estoy sensible. —Pero no me quitó.
Le lamí despacio, con la lengua plana, sin apretar, tragándome cada vez lo que bajaba, y ella empezó a mecerse contra mi boca en círculos cortos, y a los dos minutos ya no se reía, ya no decía nada, tenía la cara hundida en la cobija y una mano apretándole la sábana.
—Ya —jadeó—. Ya, ya, ya.
Se vino otra vez, con la cara contra el colchón y la cadera alzada, y cuando se vino apretó y expulsó lo que le quedaba: un chorro blanco que me dio en la barbilla y en el labio y se quedó ahí, goteando.
Se dejó caer de lado, con las piernas todavía abiertas y la respiración desbaratada.
—Déjeme así —dijo—. No me deje ir a lavar.
—¿Cómo así?
—Que me quede así. Con eso. Hasta mañana.
Nos acostamos. Ella de lado, hacia la pared, con las rodillas un poco dobladas. Yo detrás, con la mano en su cadera, y podía sentir el calor húmedo que salía de entre sus piernas y me mojaba el muslo. A las cuatro se movió en sueños, y sentí el hilo otra vez, tibio, en la piel.
A las siete de la mañana, con la luz entrando por la ventana y el ruido del vecino barriendo el garaje, me desperté con su mano buscándome el pecho. Lorena estaba despierta y tenía la cara despejada, sin rimmel, la cara de los domingos.
—Mírese la sábana —dijo.
La sábana blanca tenía un mapa de manchas secas, amarillentas en el borde, con el centro todavía opaco, y un reguero largo que había bajado hasta el borde del colchón.
—¿Toca? —preguntó.
La toqué con los dedos. Estaba frío y pegajoso y hacía hilos.
—Toca —dije.
—Bueno. —Se estiró y bostezó, y después se dio la vuelta y me buscó con la mirada—. Entonces no la cambie.
—¿Y la lavadora?
—La lavadora puede esperar. —Metió la mano debajo de la cobija y me apretó—. Lo que no puede esperar es usted.
Y en la cocina, mientras el agua del café empezaba a hervir, sonó el celular de Lorena con el tono de mensaje que le había puesto a él.
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