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He sentido en la piel, en lo más profundo, el eco callado de un beso perdido, de una boca que aún habita mis pensamientos con la misma fuerza con la que una sombra se aferra a la luz. Su ausencia me consume, me envuelve en un abismo donde la nostalgia no es más que un susurro constante, la llamada sutil de un destino que no pude evitar.
Hay algo en ella, en su piel tan oscura como la noche más cerrada, que me arrastra sin remedio. Cada recuerdo de su presencia es como un rayo de luna que atraviesa las tinieblas, y en sus ojos, tan profundos como el vacío de un sueño olvidado, encuentro un reflejo de todo lo que he perdido. Su cabello, negro como mi alma, me recuerda el brillo silente de las estrellas, ese resplandor que arde sin quemar, que ilumina sin mostrar su fuego.
El deseo de besarla, de sentir de nuevo sus labios como una promesa no cumplida, se ha convertido en un grito mudo que desgarran los silencios de la noche. No hay olvido, ni distancia, ni tiempo que pueda apagar el ardor de esa necesidad. Es como si mi corazón, al perderse en su recuerdo, se hubiera anclado en una espera eterna, esa espera que sólo la noche entiende.
Y si alguna vez el destino nos lleva de nuevo al mismo lugar, donde nuestras sombras se toquen y nuestros labios se encuentren, sé que no habrá necesidad de palabras. Sólo bastará la fuerza de aquel beso que se quedó suspendido, aguardando pacientemente su momento para volver a ser, para ser de nuevo, como un latido en la oscuridad.