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El deseo por ella, aquel deseo, no se apaga con el paso del tiempo. No se disuelve en la distancia ni en las sombras que nacen de la ausencia. Lo único que perdura es la memoria, esa memoria viva que me quema, que me consume. Recuerdo su cuerpo, su piel tibia, la suavidad de su curva, el latir de su ser cuando me acercaba a ella, cuando el mundo se desvanecía en un solo roce.
Hay una parte de su cuerpo, escondida y sutil, que sigue llamándome, como un faro en la niebla, tan cálida y tan llena de promesas. Es un lugar donde la piel se encuentra con la esencia, donde mis labios ansían el rastro de su deseo, ese susurro silencioso que aún retumba en mi pecho. Es allí donde el recuerdo se torna carne, donde su fragancia, tan intensa, se convierte en un vicio, un anhelo que se clava en lo más profundo de mi ser.
Imagino mis manos, mis dedos, recorriendo la suavidad de su piel, sintiendo su temblor, sabiendo que cada centímetro de ella es un mapa de secretos compartidos. Mis labios, antiguos viajeros de su cuerpo, buscan el mismo refugio, el mismo rincón donde el alma se pierde y el tiempo se olvida. Quiero, aún, saborear el néctar de su carne, el sabor de su piel, y no hay palabras que puedan describir la necesidad, ni gestos que puedan mostrar lo que calla mi corazón.
Es un deseo que no cesa, que me atormenta con cada respiración, que me arrastra hacia ella como un imán, como una fuerza que no puedo evitar. Y aunque sé que la espera es larga, el fuego no se apaga. Y si alguna vez volvemos a estar tan cerca, si sus ojos vuelven a mirarme con esa chispa de complicidad, no habrá más palabras, no habrá más promesas. Solo la necesidad de un beso, el que ya no necesita explicaciones, solo el anhelo de sus formas, el susurro de su piel pidiendo ser recorrida una vez más.