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Aquella tarde, apenas escuche el susurro de su respiración entrecortada. Había subido a cobrar el alquiler del último piso, como cada mes, pero la puerta entreabierta del dormitorio me detuvo en seco. A través del juego de luz y sombra del pasillo, la vi: Yalile, arrodillada en medio de la cama, desnuda de cintura para abajo, con un consolador negro de goma sujeto entre sus dedos bien pintados en las uñas largas. No llevaba más que una blusa de seda color hueso, subida hasta la cintura, que se agitaba al compás de su excitación.
Los ojos se me clavaron en la escena antes de que pudiera pensar. Su mano izquierda sujetaba la base del juguete, mientras la derecha se perdía entre sus labios, húmedos y temblorosos, abriéndose con dos dedos para dejar pasar la punta del dildo. El brillo de sus jugos reflejó un destello cuando lo deslizó por su cueva, apenas hundiéndole la cabeza. Un leve quejido escapó de su garganta, tan bajo que lo sentí más que lo oí. Me quedé inmóvil, con el aire atascado en la garganta, sintiendo cómo la morbosa mezcla de culpa y lujuria me invadía de pies a cabeza.
Sus piernas, todavía bronceadas, se abrieron un poco más; el glúteo izquierdo se me antojó una luna llena, mientras el derecho vibraba por el esfuerzo. Apretó la punta de su lengua contra el paladar, como si quisiera contener un gemido que al final le salió fogoso, casi salvaje. No me veía: tenía los ojos cerrados, la frente perlada de sudor, y el cabello le caía en cascada sobre la espalda, ocultándome el perfil de su rostro. Me pareció una estatua de carne caliente, a la deriva entre deseo y necesidad. Fue entonces cuando cambió de postura.
Con la agilidad de quien conoce cada recoveco de su cuerpo, giró sobre sí misma, dejando la espalda hacia la puerta y apoyándose en codos y rodillas. Mis dedos se cerraron sobre el marco de madera: aquella visión de cuatro patas, con las nalgas redondas elevadas y separadas, me hizo palpitar la sien y el pene al mismo tiempo. Sus muslos tensos y sus talones que se hundían ligeramente en el colchón, como si quisiera anclarse al mundo antes de volar. Apreté los dientes para no soltar el gruñido que estaba por salir. Sentí una punzada en la punta de la verga al ver cómo, desde esa posición, volvía a introducir el consolador, esta vez más hondo, girándolo contra la pared de su interior hasta que la base se perdió entera.
No resistí más. El estallido fue silencioso, más intenso que cualquier orgasmo que recordaba: mi verga se hinchó de golpe, pulsando contra la cremallera, y la descarga llegó como un rio de semen caliente. El calor recorrió mi cintura, mi vientre, mis muslos, y sentí la humedad derramarse dentro del bóxer, el pantalón de lino claro, hasta humedecerme la palma. Mis dedos quedaron pegajosos con la primera corrida, luego con la segunda, más espesa, y aún me llegó una tercera, como si las semanas de abstinencia quisieran desfogarse de una sola vez. El pulso me martillaba en la nuca; apenas si me sostuve contra la pared para no caer.
Quise retirarme, caminar de puntillas hacia el baño antes de que abriera los ojos, pero el alma se me freno al verla girar la cabeza. El tiempo se dilató: sus pupilas cafés me buscaron, me encontraron, me clavaron. Parpadeó una vez, como aceptando la evidencia, y una sonrisita traviesa curvó sus labios. No gritó, no se cubrió; simplemente dejó que el dildo resbalara lentamente de su sexo, cediéndole el paso a un hilillo de sus fluidos que se deslizó por su interior del muslo. Ese rastro brillante me pareció un camino de alfombra roja hacia el infierno que, a partir de entonces, compartiríamos.
Me incorporé caminando lo más recto que pude con la bragueta chorreante. El pasillo se me hizo interminable; a cada paso crujía como un delator ante mis pasos. Al fondo, la puerta del baño. Justo cuando atravesaba el umbral, su voz me alcanzó:
—Gustavo… espere.
El tono era suave, apenas un susurro ronco, pero me paró en seco. Giré; Yalile estaba en el marco de su cuarto, envolviéndose la blusa a la altura de los muslos. Dejaba que piernas y caderas quedaran al descubierto, como si quisiera que yo, único testigo, disfrutara aún del decorado. Se apoyó en la puerta, cruzó los brazos bajo los senos y apretó el labio inferior entre los dientes.
—No dije que podía pasar a cobrar… —musitó, encogiéndose de hombros, sin culpa ni vergüenza—. Pero ya que está aquí…
Yo no hallaba palabras. Me limpié la mano en el pantalón, sin disimulo, sabiendo que el olor me delataría de cualquier modo. Tragué saliva y balbuceé:
—Disculpe… no pretendía… es que la puerta…
—Está bien —me interrumpió, la sonrisa aún luminosa—. Lo vi. Y, la verdad, me gustó sentirme observada, me hizo tener un orgasmo más rico.
Un rayo de excitación recorrió mi verga; noté cómo, aún empapada, intentaba erguirse otra vez. Ella dio un paso al frente, lo bastante para que yo compartiera su perfume, esa mezcla de jazmín y sexo recién destilado.
—Mi marido no llegará hasta la noche —susurró, casi al oído—. Pero no crea que voy a ser fácil. Usted irá a limpiarse… y después vendrá a buscar su recibo. Que esté presentable.
Retrocedió despacio, sin perder la sonrisa de complicidad, y cerró la puerta con un clic suave. Quedé solo en el pasillo, con el corazón acelerado y el semen pegajoso en mi ropa. Eran apenas las cuatro: había dos horas de margen antes de la vuelta de don Ramiro, el marido que la dejaba sola la mayor parte de la semana. Dos horas para que, calibrara mis pasos entre placer y riesgo, entre la responsabilidad de un arrendador formal y la fiera que, a mis cincuenta y siete años, resucitaba al fin.
Entré al baño, cerré de golpe y me apoyé contra la puerta. Con dedos temblorosos bajé la cremallera. El espejo me devolvió la imagen de un hombre erguido, con la respiración entrecortada y los ojos brillantes de lujuria recién descubierta. Pensé en su cuerpo, en el agujerito oscuro entre sus nalgas, en el modo en que su mano acariciaba el dildo como si fuera un pene verdadero. Me tembló la barbilla al imaginarlo deslizándose entre mis dedos, y escucharla pedirme que la llenara toda, que no tuviera piedad.
Sabía, con certeza premonitoria, que aquella escena no sería la última. Cada mes, al cobrar, volvería a cruzar ese umbral rezumando deseo; cada mes ella me recibiría con un disfraz de recatada callejera y, tras la puerta, me mostraría el lado salvaje de su insaciable matrimonio. La expectativa me recorrió como un cable de alta tensión: yo, el voyeur de cincuenta y siete años, ella, la joven de veintiséis, casada y solitaria, ambos patinando sobre el filo de la navaja, a un paso de ser descubiertos, de caer en desgracia… y de alcanzar un placer que, intuía, sería más atrevido cada vez.
Afuera, el apartamento seguía en silencio, pero ya no era el silencio de antes: era una tregua acordada, la calma tensa que precede a la tormenta. Yalile aguardaba, con su misma sonrisa de pantalla en blanco, lista para reescribir las reglas de nuestros cuerpos. Me sequé las manos, me enderecé los hombros y, antes de salir, me detuve un segundo a palpar el bulto que, pese al momento recién dado, empezaba a latir otra vez con vida propia. Esta vez sería diferente: no contemplaría desde la puerta; estaría dentro, compartiendo su respiración entrecortada, probando su sabor, oyendo mis propios gemidos mezclarse con los suyos.
Abrí la espiga de la puerta. En la penumbra del pasillo su perfume aún flotaba como una promesa. Tomé aire, puse en orden mi camisa y avancé, con paso firme, hacia la cama donde ella me aguardaba. Esta vez no iría de voyerista; iría de hombre, de arrendador, de amante voluntario. Y, mientras cruzaba la puerta, juré que grabaría cada segundo en la memoria: el crujido de la madera, la humedad en mis dedos, el latigazo de deseo que ya, otra vez, me empujaba a desear abrirle las nalgas, lamerle el ano y hacerla gritar que soy su dueño, aunque fuera solo entre las cuatro paredes de es habitación en alquiler, en el filo del peligro, al borde del orgasmo, siempre.






