Sofía era una mujer de sociedad. Cuarenta años, piel blanca, cabello castaño claro con mechas doradas y un porte aristocrático que llenaba la habitación. Me recibió en su apartamento de El Peñón con un vestido negro ajustado, tacones de aguja y un collar de perlas que le rozaba la clavícula. Su esposo, Mauricio, estaba sentado en una butaca, con un traje impecable y las manos apoyadas en las rodillas, como un alumno esperando instrucciones.
Ella necesita alguien con autoridad me dijo Mauricio. En casa mando yo, pero en esto... mandás vos.
Sofía me miró con sus ojos grises, evaluándome, desafiándome. La tomé de la nuca y la guié hasta la ventana del piso diecisiete, con toda la ciudad iluminada abajo. Le subí el vestido hasta la cintura, dejando al descubierto un liguero blanco y unas medias de seda. Mauricio, sin que yo se lo pidiera, me alcanzó un preservativo y volvió a su butaca, bajando la mirada.
Pedime permiso le dije a ella antes de entrar.
Por favor... dejame sentirte suplicó Sofía, su voz quebrada, sus mejillas sonrojadas contra el vidrio frío.
La penetré lentamente mientras Mauricio nos miraba desde atrás, las manos todavía sobre las rodillas, sin osar tocarse. Cada gemido de Sofía le provocaba un temblor, pero no se movió ni una vez. Solo cuando ella se corrió, con un grito elegante que retumbó en los ventanales, Mauricio se levantó, nos alcanzó dos copas de champagne y dijo: "Gracias por hacerla feliz".
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