Todo fue planeado por él. Guillermo me contactó un mes antes: "Mi esposa se llama Beatriz, tiene cincuenta y cinco años, y quiero que sea tuya por un fin de semana. Yo solo quiero verla gozar".
La finca en Dapa era imponente, con vista a los Farallones y una piscina infinita donde Beatriz me esperaba. Era una mujer que desafiaba su edad: piel bronceada, cabello oscuro con canas plateadas que le daban un aire distinguido, y un cuerpo curvilíneo moldeado por años de tenis y buena vida. Llevaba un kaftan blanco transparente que dejaba adivinar unos pechos generosos y caídos con dignidad, y un bikini dorado que apenas contenía sus caderas anchas.
Guillermo me recibió con un apretón de manos y, delante de ella, me dijo: "Te la entrego. Hacé con ella lo que quieras. Yo solo quiero mirar desde la tumbona".
Beatriz me tomó de la mano y me llevó al borde de la piscina. El kaftan cayó al suelo. Su cuerpo, bajo el sol de la tarde, era un mapa de experiencia: estrías finas, lunares, cicatrices de vida. La besé con devoción, y ella me respondió con un hambre que venía acumulando años. La recosté en una hamaca paraguaya y la amé sin prisa, sintiendo sus piernas maduras enlazarse en mi cintura.
Guillermo, desde su tumbona, aplaudía bajito, murmuraba "qué hermosa sos, Beatriz, qué suerte tenés". No se tocó en ningún momento; solo miraba, agradecido, viendo cómo su esposa se retorcía de placer con otro hombre.
Gracias, Guillermo gritó ella al venirse. Gracias por esto.
Y Guillermo, el cornudo más digno de Dapa, respondió: "Gracias a vos, mi amor. Y a vos, muchacho, gracias por devolverle la juventud".
Si tenés finca en Dapa y querés entregar a tu esposa, hablemos,espero su mensaje.







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