La doctora del Valle del Lili - Cali
Relato de comunidad Hetero: Infidelidadschedule 3 min de lectura calendar_today Julio de 2026

La doctora del Valle del Lili - Cali

Me contactó él, Felipe, un viernes por la noche con un mensaje escueto: "Mi esposa es médica en el Valle del Lili. Sale de turno a las diez. ¿Te animás a recibirla?". Acepté sin dudar.

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Me contactó él, Felipe, un viernes por la noche con un mensaje escueto: "Mi esposa es médica en el Valle del Lili. Sale de turno a las diez. ¿Te animás a recibirla?". Acepté sin dudar.

A las diez y media, Adriana estacionó su camioneta frente a mi apartamento en Caney. Bajó aún con la bata blanca sobre los hombros, el estetoscopio colgado al cuello y unas pantuflas de quirófano que contrastaban con sus piernas torneadas. Era una mujer de treinta y seis años, piel canela clara, cabello castaño recogido en un moño tirante y unos ojos verdes que delataban agotamiento y hambre contenida. Debajo de la bata llevaba un scrubs azul que marcaba unas caderas firmes y unos pechos medianos, naturales, que se adivinaban sin sostén. Felipe venía detrás, cargando su maletín y con la mirada baja.

Ella lleva semanas sin dormir bien me explicó Felipe. Y yo no logro relajarla. Por eso estamos acá.

Entonces hoy la relajo yo —respondí, y Adriana soltó una sonrisa cansada que se transformó en sorpresa cuando la tomé de la cintura.

La llevé al sofá de mi sala, con Felipe sentado en una butaca cercana, las manos sobre las rodillas y los ojos expectantes. Le quité la bata blanca y el scrubs con la misma parsimonia con que se desenvuelve un instrumental quirúrgico. Su cuerpo olía a alcohol y a cansancio, pero su piel era suave, cálida, y sus pezones se endurecieron apenas los rocé. La recosté boca abajo y empecé a masajearle la espalda, sintiendo cómo sus nudos de estrés se deshacían bajo mis dedos. Luego la volteé y la besé profundamente mientras mis manos bajaban a sus muslos.

Felipe, sin que yo le dijera nada, se arrodilló junto al sofá. "¿Puedo alcanzarte lo que necesites?", preguntó con un hilo de voz. Le pedí un preservativo y él gateó hasta el maletín de su esposa, lo sacó de un bolsillo lateral y me lo entregó con las dos manos. Adriana lo miró con ternura y dijo: "Gracias, mi amor. Sos el mejor". Y yo supe que ese cornudo no era un cornudo cualquiera: era un esposo devoto que entendía su lugar.

La penetré allí mismo, en el sofá, con la ciudad iluminada al fondo. Adriana gimió fuerte por primera vez en semanas, sus uñas arañando mi espalda, sus piernas enganchadas en mi cintura. Felipe la miraba desde el suelo, con los ojos brillantes, murmurando "así, mi vida, así, soltate". Cuando ella se corrió, fue un orgasmo catártico, de esos que sacan lágrimas, y Felipe se acercó para secarle las mejillas con un pañuelo.

Antes de irse, Adriana me dio un beso en la mejilla. "Mañana opero mejor que nunca", bromeó. Felipe me dio la mano con gratitud y me dijo: "Cuando necesite otra consulta, te escribo".

Si tu esposa trabaja en salud y necesita terapia, ya sabés dónde estoy. En Cali sur, a domicilio,disfrutemos del sexo con responsabilidad. Sé un gran cornudo.

— Alejandro-12

20 de julio de 2026

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