La agente inmobiliaria de Ciudad Jardín y el marido que le sostenía el maletín
Relato de comunidad Hetero: Infidelidadschedule 3 min de lectura calendar_today Julio de 2026

La agente inmobiliaria de Ciudad Jardín y el marido que le sostenía el maletín

Tatiana era una de esas mujeres que iluminan una habitación sin proponérselo. Treinta y cuatro años, agente inmobiliaria de las más cotizadas del sur, siempre impecable con sus trajes sastre entallados y sus tacones de aguja...

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Tatiana era una de esas mujeres que iluminan una habitación sin proponérselo. Treinta y cuatro años, agente inmobiliaria de las más cotizadas del sur, siempre impecable con sus trajes sastre entallados y sus tacones de aguja que resonaban en los pisos de mármol de los apartamentos que mostraba. Su esposo, Federico, era su asistente personal: le cargaba el maletín, organizaba las citas, le alcanzaba el café. Pero en la cama, según me confesó él mismo, no lograba encenderla.

"Ella necesita un cliente diferente", me escribió Federico una tarde. "Uno que cierre el trato sin rodeos".

Quedamos en un apartamento vacío que Tatiana estaba vendiendo en una torre de Ciudad Jardín, piso catorce, vista panorámica al club y a los Farallones. Cuando llegué, ella estaba apoyada en la barra de la cocina americana, con un vestido lápiz color vino, medias veladas y un escote que dejaba adivinar unos pechos pequeños pero perfectamente torneados. Su cabello era castaño oscuro con reflejos caoba, recogido en una cola baja, y sus ojos marrones me evaluaron con la misma frialdad con que tasaba una propiedad.

Federico me abrió la puerta con una sonrisa sumisa y me entregó una copa de vino. "Bienvenido. Ella te esperaba", dijo. Luego se retiró a una esquina del salón vacío, se sentó en el suelo con el maletín de su esposa en el regazo y se quedó mirando.

Tatiana me retó con la mirada. "¿Vos creés que podés comprar lo que estoy vendiendo?", me dijo, siguiéndome el juego. La tomé de la cintura sin pedir permiso. "Vengo a probar la mercancía", le susurré al oído. Su cuerpo se estremeció.

La recosté contra el ventanal de piso a techo, con toda la ciudad a sus pies. Le subí el vestido hasta la cintura, desgarré las medias con impaciencia y encontré un hilo dental mínimo que aparté con un dedo. Federico, desde su rincón, tragó saliva y se aferró al maletín como si fuera un ancla. Tatiana soltó un gemido profundo cuando sintió mis dedos, y luego uno más fuerte cuando la penetré contra el vidrio frío.

Decile a tu asistente quién está cerrando el trato le ordené.

Él... el cliente... Federico, este hombre me está comprando toda —gimió ella, y Federico bajó la cabeza en señal de rendición.

Tatiana se corrió con un grito que habría alarmado a los vecinos si el apartamento no estuviera vacío. Cuando todo terminó, Federico se acercó gateando, le ofreció una toallita húmeda que sacó del maletín y luego me miró con gratitud. "Si querés ver otras propiedades, avisame", dijo, y los tres soltamos una carcajada cómplice.

Si sos un marido asistente en el sur de Cali y querés que alguien cierre el trato con tu esposa, ya sabés dónde encontrarme.

— Alejandro-12

20 de julio de 2026

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