—Oye, Lorena, con ese culo que tienes deberías cobrar entrada… o al menos dejarnos visitarlo un rato.
Me reí fuerte. Les seguí el juego y les contesté que todo tenía su precio. Entre risas y más tragos, la conversación se puso cada vez más caliente. Al final acepté irme con ellos al departamento que compartían. No era nada lujoso, pero estaba limpio y tenía buena música. Pusieron reggaetón bajito, abrieron más cervezas y el ambiente se sintió amigable, casi como si fuéramos viejos conocidos.
Nos besamos un rato en el sofá. Ellos eran cariñosos, me tocaban con ganas pero sin apresurarse demasiado. Me quitaron la ropa entre los dos, besándome el cuello, las tetas y el estómago. Yo estaba nerviosa pero excitada. En un momento Carlos me miró sonriendo y dijo:
—Tranquila, mamita. Vamos a tratarte bien… aunque después no puedas caminar derecho.
Me reí otra vez y eso me ayudó a relajarme.
Empezaron a cogerme por turnos. Primero Miguel me puso a cuatro patas y me penetró fuerte por detrás. Tenía una verga gruesa y sabía usarla. Carlos se colocó adelante y me la metió en la boca. Me follaban al mismo tiempo, coordinados, gruñendo y diciéndome lo rica que me sentía. El ambiente era caliente pero seguía teniendo ese toque de complicidad y risa. Cada vez que gemía demasiado fuerte, uno de ellos soltaba un comentario gracioso que me hacía reír con la verga en la boca.
Entonces llegó el momento que nunca voy a olvidar.
Miguel me levantó como si nada y me colocaron de cabeza. Me sostuvieron invertida, con los hombros y la cabeza apoyados en la cama y el culo para arriba. Nunca me habían puesto en esa posición. La sangre me bajó rápido a la cabeza y todo empezó a darme vueltas. Carlos se metió primero por el culo, bien lubricado, y Miguel entró por delante. Double penetration brutal. Los dos me cogían al mismo tiempo, profundo, fuerte, sin piedad. Sentía sus vergas rozándose dentro de mí, estirándome al límite. Estaba mareada, casi sin poder respirar bien, pero el placer era tan intenso que no paraba de gemir y temblar.
— ¡Papi, me van a partir! —alcancé a decir entre gemidos.
Ellos solo gruñían y seguían follándome más duro. Me corrí tan fuerte que sentí que me iba a desmayar. Las piernas me temblaban sin control.
Cuando me bajaron, estaba aturdida y sudada. Fue ahí cuando se les ocurrió lo del fetiche raro. Empezaron a chuparme los pies. Primero Miguel me agarró una pierna y se metió mis dedos a la boca, lamiéndolos con ganas. Carlos hizo lo mismo con el otro pie. Al principio me dio mucha risa. Me hacía cosquillas y me parecía algo chistoso, pero poco a poco empecé a sentirlo rico. Sus lenguas calientes, la forma en que succionaban, mientras me acariciaban las pantorrillas… terminé gimiendo bajito, disfrutando esa atención que no esperaba.
Esa noche me cogieron varias veces más. A ratos duro, a ratos más suave, siempre con ese toque de humor y complicidad. Cuando se despidieron ya era casi de mañana. Me dejaron adolorida, satisfecha y con una sonrisa que no se me borraba.
Otra noche más donde entendí que el placer no siempre llega de la forma más elegante… pero llega.







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