Ciudad Jardín, una torre de apartamentos con vista al club y al valle. Me contactó Mauricio, un contador de cuarenta y cinco años, con un mensaje breve: "Mi esposa, Ana María, necesita un hombre de verdad. Yo solo quiero sostener el espejo".
Ana María abrió la puerta con un vestido de coctel dorado y tacones altísimos. Treinta y nueve años, cabello castaño con mechas doradas, labios pintados de rojo furioso y un cuerpo de gimnasio: senos operados, cintura pequeña, glúteos redondos. Era una socialité de las que aparecían en las páginas de eventos benéficos. Mauricio, a su lado, parecía un asistente: le llevaba la cartera, le acercaba la copa. Esa noche también me la alcanzó a mí.
Gracias por venir me dijo Mauricio. Ella necesita ser atendida como merece.
Los guié al dormitorio principal, con su cama king size y sus sábanas de satén. Ana María se sentó en el borde y me miró desafiante. La besé sin preámbulos, mi mano en su nuca, mientras con la otra le bajaba el cierre del vestido. Mauricio esperaba junto a la cómoda, nervioso.
Trae ese espejo grande del baño le ordené sin soltar a su esposa. Y sosténlo frente a nosotros.
Mauricio obedeció al instante. Regresó con un espejo de cuerpo entero y lo sostuvo con ambas manos, temblando ligeramente. La imagen reflejaba a Ana María, ya desnuda, arrodillada en la cama, y a mí detrás de ella. La penetré despacio mientras ella se miraba en el espejo, sus senos operados balanceándose.
Dile a tu marido lo que ves le ordené.
Veo a una mujer siendo complacida de verdad, Mauricio... veo lo que tú nunca me das... gimió ella.
Mauricio apretó los bordes del espejo hasta que sus nudillos palidecieron. Pero siguió sosteniéndolo, firme, mientras su esposa se corría a gritos reflejada en el cristal. Después, cuando todo acabó, él apoyó el espejo contra la pared y me dio la mano. "Siempre quise sostener ese espejo", confesó con una sonrisa triste y feliz a la vez.
Si vives en Ciudad Jardín y quieres sostener el espejo para tu esposa, escríbeme







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