La sede sur del Club Campestre, canchas de polvo de ladrillo rodeadas de palmeras. Me contactó Roberto, un socio de cincuenta años: "Mi esposa juega al tenis como una profesional, pero en la cama yo soy un amateur. ¿Jugarías un partido con ella?".
Elena tenía cuarenta y tres años, un cuerpo atlético forjado en las canchas: piernas largas y musculosas, brazos tonificados, senos pequeños y firmes que se marcaban bajo la camiseta polo blanca. Su falda plisada dejaba ver unos muslos bronceados, y su cabello rubio recogido en una coleta le daba un aire juvenil. Roberto, en cambio, vestía un pantalón corto y una camiseta de algodón, y cargaba una cesta con pelotas de tenis.
Ella es tuya en la cancha y fuera de ella me dijo Roberto. Yo solo soy el recogepelotas.
La llevé a un vestuario privado del club, con bancas de madera y duchas de mármol. Elena se apoyó en una banca y se levantó la falda, mostrando un culotte blanco que yo mismo le quité con los dientes. Su cuerpo sabía a sal y a sol de tarde de partido. La penetré de pie, contra los casilleros, mientras ella gemía aferrada a mi cuello.
Roberto llamé. Entra y recoge lo que ensuciemos.
El marido entró con su cesta de pelotas y un recogedor pequeño. Se arrodilló en el suelo del vestuario y comenzó a barrer polvo de ladrillo imaginario, con los ojos fijos en nosotros. Elena lo miraba desde mi hombro, excitada por la humillación.
Dile a tu recogepelotas lo bien que te estoy jugando le ordené.
Roberto, este hombre juega mejor que tú... mucho mejor... gimió ella.
Elena se corrió con un grito ahogado, y Roberto, desde el suelo, nos aplaudió con las manos manchadas de polvo. Luego se acercó y le ofreció una toalla a su esposa, mientras yo me duchaba. "¿Cuándo es la revancha?", preguntó él con una sonrisa sumisa.
Si juegas al tenis en el Club Campestre y necesitas un rival de verdad, ya sabes.







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