Que te miren así,
como si el mundo se detuviera en tu piel,
con los ojos oscuros de quien ya no puede
contenerse ni un segundo más. Que empiece con las manos temblando de ganas,
recorriendo tu espalda, tus caderas,
besos lentos que se vuelven urgentes,
labios que muerden y lamen y piden más. Que te digan al oído lo rica que estás,
que te agarren el culo con fuerza,
apretándote contra ellos mientras susurran
cuánto mojas, qué deliciosa estás ya. Que te traten con deseo salvaje,
que se inclinen a lamerte los senos con hambre,
chupándote los pezones, mordiéndote suave,
mientras sus dedos bajan y te abren. Que te masturben despacio y profundo,
hasta que estés empapada,
con el clítoris hinchado, duro,
pidiendo más, temblando de necesidad. Y cuando te penetren,
que sea profundo, constante,
que sientan cada centímetro de tu interior,
que te hagan gemir rico, sin control. Que te digan cosas sucias,
que te traten como algo que quieren
disfrutar sin medida,
sin prisa y sin piedad. Que te dejen temblando,
satisfecha y todavía caliente,
recibiendo todo ese deseo,
tumbada en la cama,
con el cuerpo aún ardiendo
y la boca abierta pidiendo
una última vez… más.






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