A las tres de la tarde el cuerpo ya pesaba distinto.
Llevaba más de veinte hombres encima y el ritmo ya no tenía nada de novedoso. Entraban, se quitaban la ropa, se acostaban boca abajo. Yo les untaba aceite, les recorría la espalda, los muslos, los glúteos, y después, cuando pedían el final, me arrodillaba o me subía encima con la misma secuencia casi automática. La boca me sabía a látex y a piel ajena. Las rodillas me dolían. Los antebrazos me temblaban de tanto amasar espalda tras espalda.
El asco llegó de golpe con un cliente de panza grande y olor fuerte a sudor viejo.
Mientras le chupaba, sentí que se me revolvía el estómago.
Tuve que cerrar los ojos y concentrarme en la respiración para no apartarme.
Cuando se corrió, me lavé la boca con agua del baño hasta que me ardió la lengua.
Me miré en el espejo y vi la cara cansada, el rímel un poco corrido, la expresión plana.
La pereza se instaló después.
Cada nuevo golpe en la puerta me generaba un rechazo físico. “Otra vez”,
pensaba mientras me secaba las manos. “Otro más”.
Ya no había curiosidad ni esa chispa de la mañana.
Solo la obligación de levantarme, sonreír lo justo y repetir los mismos movimientos.
El cuerpo se me había vuelto pesado, lento, como si caminara dentro del agua.
El cansancio era lo peor. Me dolía la mandíbula de tanto abrir la boca. Me ardían los hombros.
Entre cliente y cliente me sentaba en el borde de la cama y cerraba los ojos cinco segundos, solo cinco, para no derrumbarme.
El frío de afuera se filtraba por las ventanas y yo estaba sudada y al mismo tiempo con escalofríos.
Conté el dinero del sobre: iba bien, pero ya no me generaba la misma emoción de horas antes.
Solo pensaba en cuántos faltaban para que terminara el turno.
En un momento, después de un hombre que se demoró demasiado y me dejó el cuello agarrotado,
me quedé parada en medio de la habitación mirando la cama deshecha.
Sentí una oleada clara de asco hacia el olor del aceite mezclado con semen,
hacia las toallas usadas, hacia mi propio cuerpo funcionando en piloto automático.
Todavía faltaban horas.
Y por primera vez desde la mañana, deseé con todas mis fuerzas que el reloj corriera más rápido.







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