El último cliente salió a las diez y veinte.
Cuando la puerta se cerró detrás de él, me quedé quieta en medio de la habitación. El silencio entró de golpe, denso y completo. Ya no había pasos en el pasillo. Ya no se escuchaban voces ni el ruido de la ducha. Solo el zumbido bajo de la nevera en la cocina y el sonido lejano de la lluvia contra las ventanas.
Me senté en el borde de la cama.
Después me recosté un segundo, con los ojos abiertos, mirando el techo manchado. El cuerpo dolía por todas partes, pero el dolor ya no gritaba. Se había vuelto una molestia sorda, repartida, como el eco de algo que por fin había terminado.
La señora apareció en la puerta con el sobre en la mano. Contó el dinero delante de mí, sumó los extras y me lo entregó sin muchas palabras. “Aguantaste”, dijo. Nada más. Yo asentí. Guardé los billetes en el bolsillo interno de la chaqueta y me cambié de ropa despacio, como si cada prenda me devolviera un poco a mí misma.
Salí a la calle.
El aire frío de la noche me pegó en la cara y me limpió un poco. La lluvia había amainado. Quedaban solo goteras finas y el brillo mojado del asfalto bajo los postes de luz. Caminé hasta la esquina sin apuro. No pensé en los hombres. No pensé en las horas. No pensé en si volvería o no.
Solo caminé.
Había una quietud extraña en el pecho. No era felicidad. Tampoco alivio completo. Era algo más simple: la sensación de que la tormenta había pasado y, por primera vez en dieciséis horas, nadie me necesitaba para nada. El cuerpo estaba destrozado, la cabeza vacía, pero por dentro había un espacio finalmente en calma.
Llegué a la casa, me quité los zapatos en la entrada y me quedé un momento de pie en la oscuridad. Después fui directo a la ducha. El agua caliente me recorrió la espalda y me sacó el olor a aceite, a látex y a sudor ajeno. Me quedé debajo del chorro hasta que el agua empezó a enfriarse.
Cuando salí, me metí en la cama sin cenar.
Apagué la luz.
Y por primera vez en todo el día, no quise que el tiempo corriera más rápido.
Solo quise quedarme ahí, en silencio, dejando que la paz —esa paz cansada y frágil de después de la tormenta— me cubriera por completo.







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