Llegó cerca de las cinco y media.
No era ni el más joven ni el más viejo. Hombre de unos cuarenta y tantos, ropa sencilla, mirada cansada. Entró sin la prisa de los anteriores y, en vez de tirarse de inmediato a la cama, se quedó de pie un segundo mirando la habitación como si no estuviera seguro de querer estar ahí.
—Solo masaje —dijo al principio—. Estoy hecho polvo.
Me gustó oírlo. Por primera vez en horas no sentí el cuerpo ponerse en modo automático. Le pedí que se acostara boca abajo y empecé a trabajarle la espalda con calma. Tenía nudos duros, de los que duelen al tocarlos. Cada vez que pasaba los pulgares él soltaba el aire despacio, como si llevara días sin respirar bien.
Habló poco. Me contó que trabajaba en construcción, que tenía dos hijos, que la esposa estaba enferma y que hacía meses no dormía una noche completa. No lo dijo buscando lástima. Lo dijo como quien nombra el clima. Yo escuché en silencio, sin fingir demasiado interés, pero sin cortarlo tampoco.
Cuando terminé la espalda, se giró. Me miró a la cara por primera vez de verdad.
—Si no quiere el final, no hay problema —le dije.
Él dudó. Después asintió apenas.
—Solo… un rato. Sin apuro.
Me subí a la cama con él y lo toqué despacio. No hubo urgencia. No hubo la crudeza de los anteriores. Fue un sexo cansado, casi suave, de dos personas que en ese momento necesitaban más el contacto que el desahogo. Cuando terminó, se quedó un momento quieto, con un brazo sobre los ojos.
—Gracias —murmuró—. De verdad.
Mientras se vestía, me miró otra vez y sonrió con un cansancio parecido al mío.
—Usted también se ve agotada.
La frase me atravesó. Nadie en todo el día me había visto como persona.
Solo como servicio.
Ese hombre, en cambio, me había nombrado el cansancio en voz alta.
Por un instante la habitación dejó de oler a aceite y a látex.
Se sintió simplemente humana.
Cuando salió, me senté en el borde de la cama y respiré hondo.
El reloj seguía corriendo y faltaban clientes,
pero por primera vez desde la mañana sentí un espacio pequeño y quieto dentro del pecho.
Un oasis mínimo.
Recordé que los que entran por esa puerta también cargan cosas.
Que pagan no solo por el cuerpo, sino a veces por cinco minutos de no estar solos con su propia vida.
Ese pensamiento no me quitó el cansancio.
Pero sí me devolvió, por un rato, un poco de aire.







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