Después del hombre de la construcción el ritmo volvió a ser brutal.
Los clientes se acumularon. Uno detrás de otro, sin apenas tiempo de enjuagarme la boca o cambiar la toalla. El cuerpo ya no respondía igual. Cada vez que me arrodillaba sentía un pinchazo seco en las rodillas. La mandíbula me crujía. El cuello me dolía de tanto mantener la cabeza baja. En un momento, mientras un hombre me sujetaba el pelo con demasiada fuerza, pensé con total claridad: “Ya no quiero”.
Pero seguí.
El dolor se volvió una presencia constante. Me ardían los muslos, me pesaba la espalda baja, tenía un calambre intermitente en la mano derecha de tanto masturbar y sostener. El cansancio ya no era solo físico: era una niebla espesa detrás de los ojos. Contaba los minutos entre cliente y cliente como si fueran horas. Cada golpe en la puerta me provocaba un rechazo inmediato, casi infantil. “No más. Por favor, no más.”
Fue entonces cuando apareció el arrepentimiento.
Mientras un tipo se corría en mi boca con un gruñido largo, cerré los ojos y pensé en la mañana. En esa sensación de euforia cuando el sobre empezó a llenarse. En lo estúpida que me había sentido al creer que esto podía ser “la mejor idea del mundo”. Ahora solo quería que terminara. Quería desaparecer de esa habitación, del olor a aceite usado, de las toallas húmedas, de mi propio cuerpo funcionando como una máquina gastada.
Me miré un segundo en el espejo del baño entre un cliente y otro. La cara estaba pálida, los ojos hinchados, el rímel corrido. Me reconocí apenas. Sentí una oleada de vergüenza amarga. No hacia el trabajo en sí, sino hacia lo fácil que había sido convencerse por la mañana de que todo estaba bien. Hacia lo rápido que el cuerpo y la cabeza se habían quebrado.
Todavía faltaban horas.
La señora pasó por el pasillo y me dijo que había “bastante movimiento” por la lluvia, que la gente buscaba entrar del frío. Yo asentí en silencio. Por dentro solo repetía una frase, una y otra vez:
“Que se acabe. Que se acabe de una vez.”
El turno seguía.
Y yo ya estaba superada.







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