A la mañana siguiente me desperté tarde.
El cuerpo seguía pesado. Me dolían las rodillas al doblarlas, la mandíbula al bostezar, la espalda al incorporarme. Me quedé sentada en el borde de la cama mirando el sobre con el dinero encima de la mesa. Lo conté otra vez, despacio. Alcanzaba para el arriendo, para la comida de las próximas semanas y todavía sobraba un poco. Esa cifra concreta me generaba un alivio real, casi físico.
Pero junto al alivio estaba la otra cosa.
La duda.
Me hice café y me senté frente a la ventana. Recordé el miedo de la madrugada anterior, la euforia tonto de media mañana, el asco, el cansancio, el momento de humanidad con el hombre de la construcción, el deseo desesperado de que todo terminara y, por último, esa paz rara de la noche. Todo había cabido en un solo día. Y ahora, con la cabeza un poco más clara, no sabía qué hacer con eso.
El teléfono vibró. Era el conocido.
“¿Qué tal te fue? La señora dijo que aguantaste bien. Si quieres, te deja turno la próxima semana.”
Me quedé mirando el mensaje sin responder.
Parte de mí quería escribir que no. Que una vez había sido suficiente. Que el cuerpo todavía recordaba demasiado. Otra parte, más fría y más práctica, miraba el sobre sobre la mesa y calculaba cuánto tiempo podía aguantar sin volver a entrar en esa casa.
La necesidad no se había ido.
Solo se había callado un rato.
Me levanté, guardé el dinero en un cajón y dejé el teléfono boca abajo. No respondí de inmediato. Tampoco borré el mensaje. Me duché otra vez, me vestí con ropa de calle y salí a caminar sin destino fijo. El barrio se veía igual. La gente iba y venía. Nadie sabía lo que yo había hecho el día anterior.
Mientras caminaba, la pregunta se me repetía sin respuesta clara:
¿Fue solo una vez para salir del hueco…
o acababa de abrir una puerta que después iba a costarme más cerrar?
No lo supe esa mañana.
Solo supe que la duda estaba ahí, quieta, junto a la necesidad, esperando a que yo decidiera.







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