Yo la miraba de reojo mientras caminábamos hacia el restaurante y se me paraba solo de pensar en cómo se había dejado coger y después me había chupado la verga hasta sacarme hasta la última gota.
Pedimos mesa en un rincón oscuro. Pedimos vino y ella se sentó pegada a mí, con la mano debajo de la mesa, rozándome el muslo.
—¿Todavía se te para de pensar en anoche? —me preguntó al oído, con esa voz bajita y cochina.
Yo le agarré la mano y se la puse encima de la verga, que ya estaba dura.
—Claro que sí… se me queda grabada esa cara que pusiste cuando te la metieron.
Ella se rio bajito y me empezó a sobar por encima del pantalón, despacio, sin que nadie se diera cuenta. El mesero vino a tomar la orden y ella seguía moviendo la mano, apretándome la verga mientras pedía el filete como si nada.
Cuando nos quedamos solos otra vez, se inclinó hacia mí y me susurró:
—Anoche me corrí tan rico… y después me tragué todo lo tuyo. Todavía siento el gusto.
Yo le metí la mano por debajo del vestido. No llevaba pantys. El coño estaba caliente y húmedo otra vez. Le metí dos dedos de una y ella abrió un poco las piernas, mordiéndose el labio para no gemir.
—Estás empapada otra vez… —le dije al oído.
—Porque me acuerdo de todo —respondió, apretando más fuerte mi verga—. De cómo me la metieron, de cómo me llenaron y de cómo después te chupé como una puta.
Seguimos así un rato, ella sobándome debajo de la mesa y yo metiéndole los dedos hasta que casi se corre en la silla. Cuando el mesero trajo la comida, ella se acomodó el vestido y me miró con esa misma cara de anoche: boca entreabierta, ojos brillantes, como si todavía tuviera la corona puesta.
Comimos rápido. No aguantamos más. Apenas terminamos pagamos y nos fuimos directo al carro. En el parqueadero, con las luces apagadas, ella se bajó el vestido hasta la cintura, sacó esas tetas enormes y se me montó encima. Me bajó el cierre, sacó la verga y se la embrocó de un solo movimiento, todavía mojada de lo que le había hecho debajo de la mesa.
—Métamela… quiero sentirla otra vez —me dijo, agarrándose las tetas mientras rebotaba encima de mí.
Yo le agarré la cintura y le di duro desde abajo, mirándola exactamente como la noche anterior: boca abierta, lengua afuera, gemiendo bajito para que no nos escucharan. Cuando me vine, se la clavé hasta el fondo y ella se corrió también, apretándome el cuello con las uñas y susurrándome al oído:
—Así… así me gusta… que me uses después de lo que pasó anoche.
Esa fue la cena del día siguiente. Y aunque no hablamos más del padrino, los dos sabíamos que esa noche había quedado marcada entre nosotros.








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