Las curvas generosas de su cuerpo se marcaban bajo la tela fina: la cintura estrecha que se abría en unas caderas amplias, el vientre suave y redondeado, y esas tetas enormes y naturales que se balanceaban con cada paso. La tela se tensaba sobre los pezones ya duros. Su piel suave brillaba ligeramente, como si acabara de ducharse, y esa sonrisa pícara que siempre me desarma estaba dibujada en su cara.
Mírame dijo en voz baja, casi ronca.
Se dejó caer en el sillón de enfrente, abrió las piernas sin pudor y levantó la camiseta hasta dejar al aire completo su concha. Ya estaba brillante. Se pasó dos dedos por los labios hinchados, se los llevó a la boca, los chupó despacio y volvió a bajarlos. Empezó a masturbarse frente a mí como si fuera lo más natural del mundo.
Los dedos circulaban su clítoris con movimientos lentos al principio, luego más firmes. Sus caderas se movían en círculos pequeños, empujando contra su propia mano. Las tetas rebotaban con cada respiración profunda. Yo me quedé quieto, mirándola, sintiendo cómo se me endurecía la polla dentro del pantalón.
Me gusta que me mires susurró, abriendo más las piernas. Me gusta que veas lo mojada que me pongo cuando pienso en cosas… sucias.
Sus dedos entraron y salieron con un sonido húmedo y obsceno. El pulgar seguía frotando el clítoris. La camiseta subió hasta el cuello y ahora tenía las tetas completamente al aire: pesadas, naturales, con los pezones oscuros y duros apuntando hacia mí. Se apretó una con la mano libre, la levantó y se la llevó casi a la boca, lamiendo el pezón mientras se masturbaba con los dedos.
Hoy no quiero solo tus ojos dijo entre gemidos. Quiero más. Quiero que me compartas.
Se detuvo un segundo, los dedos todavía dentro, y me miró directo a los ojos con esa sonrisa que invita a todo.
Quiero que otros hombres me vean así. Que me toquen. Que me abran las piernas y me usen mientras tú miras. Que me llenen. Que me dejen marcada. Y que despues me uses también.
Volvió a mover la mano, más rápido ahora. Los gemidos se volvieron más altos. Las curvas de su cuerpo temblaban. La concha le hacía ruidos húmedos con cada embestida de sus dedos. Se corrió con las piernas bien abiertas, la espalda arqueada, las tetas sacudiéndose y un gemido largo y roto que llenó el salón. El orgasmo le dejó temblando, la mano todavía entre las piernas, la panocha contrayéndose a la vista.
Cuando recuperó el aliento, se levantó, se acercó a mí y se sentó a horcajadas sobre mi regazo, todavía empapada. Me agarró la cara con las dos manos y me besó profundo, dejando que sintiera el sabor de su panocha en su lengua.
Esto es lo que quiero, amor susurró contra mi boca. Que me compartas. Que me veas disfrutar con otros. Que seamos esa pareja abierta y juguetona que siempre hemos fantaseado. Sin prisas. Con respeto. Con química. Con ganas reales.
Me tomó la mano y la bajó hasta su panocha todavía sensible.
Empieza por aquí. Y después… busquemos a alguien que merezca ver a Esposa-T-Tani-K abierta de piernas, ofreciéndose.
Esa noche no hablamos de más. Solo cogimos lento, profundo, como si selláramos el pacto. Ella se vino otra vez con mi polla verga adentro, mirándome a los ojos y repitiendo en un susurro:
Compárteme… quiero que me compartas.
Y yo, con las manos llenas de sus curvas generosas, de sus tetas enormes y de su coño aún temblando, solo pude decirle que sí.








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