El Peñón, un apartamento con vista a la colina y al río. Me contactó Rodrigo, un abogado de cuarenta y ocho años: "Mi esposa, Valeria, es una hotwife. Le gusta la elegancia, el buen vino, la música suave. Quiere que la tomes mientras yo pongo el disco".
Valeria me recibió con un vestido de terciopelo azul noche y tacones negros. Cuarenta años, cabello negro con reflejos azulados, ojos oscuros como el café, piel canela y un cuerpo escultural: senos operados perfectamente simétricos, cintura de avispa, caderas redondas y piernas infinitas. Olía a Chanel y a sexo anticipado.
—Rodrigo —dijo—. Poné el disco de boleros. Y luego sentate en el sofá y no te muevas.
Rodrigo puso un disco de boleros y se sentó en el sofá, con las manos sobre las rodillas. Yo tomé a Valeria de la cintura y la besé mientras los boleros llenaban el apartamento. Le bajé el cierre del vestido y lo dejé caer. Debajo llevaba un conjunto de encaje azul que combinaba con sus ojos.
La llevé al dormitorio y la recosté en la cama. Le quité el sostén y sus pechos operados aparecieron, perfectos, con pezones rosados que lamí con devoción. Luego la lencería, y su sexo depilado brilló bajo la luz tenue. La penetré lentamente, saboreando cada centímetro, mientras los boleros de fondo ponían la banda sonora.
—Rodrigo —gimió Valeria—. Decile lo que estás viendo.
—Estoy viendo a mi esposa siendo amada por otro hombre... y me siento honrado... —respondió Rodrigo desde el sofá.
La embestí con más fuerza, sintiendo sus caderas levantarse, sus gemidos mezclándose con la música. Valeria se corrió con un grito elegante, como ella misma. Rodrigo apagó el disco y nos sirvió dos copas de vino. "Gracias", dijo. "La próxima semana, ¿el mismo disco?".
¿Quieres vivirlo? Escríbeme.






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