Hay mujeres que se pierden en la rutina. Y hay hombres que deciden encontrarlas. Mauricio me escribió un viernes por la tarde: "Mi esposa Beatriz cumplió cuarenta y cinco años y siente que ya no es deseada. Yo la deseo, se lo digo todos los días, pero no me cree. Necesita que otro hombre se lo demuestre. ¿Vos podés?".
Beatriz era una mujer que había sido hermosa y lo seguía siendo, pero ya no lo sabía. Cuarenta y cinco años, cabello castaño con canas que no se teñía, ojos color miel, piel bronceada por el sol de Pance. Su cuerpo era de madre y de amante: senos grandes y caídos, caderas anchas, muslos con celulitis, un vientre suave. Cuando abrió la puerta de la finca, llevaba un vestido de lino arrugado y sandalias.
—Mauricio —dijo—. Prepará la parrilla. Va a ser una noche larga.
Mauricio obedeció. Beatriz me llevó a la terraza, donde el río cantaba y los árboles susurraban. Sin preámbulos, se quitó el vestido. Debajo llevaba un traje de baño que no ocultaba nada. Su cuerpo era real, humano, hermoso.
La besé con calma, mis manos recorriendo cada pliegue, cada estría, cada lunar. Le quité el traje de baño y la recosté en una tumbona. La lamí sin prisa, saboreando su sexo maduro, sus labios vaginales gruesos, su clítoris que asomaba. Beatriz gemía con un vozarrón ronco, sus dedos enredados en mi cabello.
—¿Te gusta? —preguntó ella, insegura.
—Me encanta —respondí, y lo dije en serio.
La penetré en la tumbona, sus piernas abiertas, sus pies apoyados en mis hombros. La embestí con ritmo, sintiendo sus paredes apretarme, sus gemidos llenando la noche. Mauricio, desde la parrilla, nos miraba con los ojos húmedos.
—¡Mauricio! —gritó ella—. ¡Todavía soy deseable! ¡Todavía soy mujer!
Mauricio aplaudió desde la parrilla. Luego nos sirvió carne asada y vino. Beatriz comió con hambre, riendo, tocándome el brazo. "Hacía años que no me sentía así", confesó. Mauricio sonrió. "Por eso lo hice", dijo.
¿Quieres vivirlo? Escríbeme. Sin drogas, sin dinero. Solo placer.








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