Hay mujeres que parecen hechas para ser vistas. Y hay hombres que nacen para mirar. Rodrigo era uno de esos hombres. Me escribió un martes por la noche, después de que su esposa se durmiera: "Se llama Valentina. Llevamos ocho años casados. Me ama, yo la amo, pero ella necesita algo que yo no le puedo dar. No es el tamaño, no es la resistencia. Es la presencia. Vos tenés eso. Lo vi en tus relatos. Quiero que la tomes mientras yo miro".
Valentina era una mujer que quitaba el aliento. Treinta y cinco años, cabello castaño claro cayendo en ondas hasta media espalda, ojos avellana con destellos dorados, piel blanca con un lunar cerca de la boca que la hacía irresistible. Su cuerpo era de gimnasio, sí, pero también de madre: senos operados que habían amamantado, caderas anchas que habían parido, un vientre con estrías finas que contaban su historia. Y una sonrisa que te hacía olvidar cualquier otra cosa.
Cuando llegué a su apartamento en Ciudad Jardín, ella me recibió con un vestido blanco de verano que dejaba ver sus hombros desnudos. Rodrigo estaba detrás, con una botella de vino y dos copas. "¿Querés una copa antes?", preguntó él, servicial. "Después", respondí, sin dejar de mirar a Valentina.
La besé de pie, en el centro del salón, mientras Rodrigo servía el vino que nadie bebería. Su boca sabía a menta y a nervios. Mis manos bajaron por su espalda, sintiendo la tela fresca del vestido, hasta que encontré el cierre. Lo bajé lentamente, y el vestido cayó al suelo. Debajo solo había un conjunto de encaje color crema que contrastaba con su piel.
—Rodrigo —dije sin voltear—. Sentate en esa silla. Y no hables hasta que yo te lo pida.
Rodrigo obedeció. Valentina me miró con una mezcla de miedo y deseo, y yo la tomé de la mano y la llevé al dormitorio. La recosté sobre las sábanas blancas y me desnudé frente a ella, dejándola mirar. Sus ojos recorrieron mi cuerpo con avidez, deteniéndose en mi erección. Sonrió. "Ahora entiendo", susurró.
La lamí durante media hora. Su sexo era suave, depilado, con los labios vaginales pequeños y rosados, y un clítoris que latía bajo mi lengua. Gemía con la boca abierta, sus dedos enredados en mi cabello, sus caderas levantándose para buscarme. Rodrigo, desde la silla del salón, no podía vernos, pero podía oírnos. Y eso lo volvía loco.
Cuando por fin la penetré, Valentina soltó un gemido que atravesó toda la casa. Sus piernas se enroscaron en mi cintura, sus uñas se clavaron en mi espalda, y yo la embestí con la fuerza de quien sabe que está siendo observado. Cada gemido suyo era una carta de amor a su esposo, que la escuchaba desde la otra habitación con los ojos húmedos.
—¡Rodrigo! —gritó ella—. ¡Esto es lo que necesitaba... esto es lo que me faltaba!
Rodrigo entró al dormitorio sin que yo lo llamara. Se quedó en el marco de la puerta, mirando cómo su esposa se corría con otro hombre. Cuando ella terminó, temblando, él se acercó y le dio un beso en la frente. "Gracias", me dijo. "No sabés lo que acabás de hacer por nosotros".
¿Quieres vivirlo? Escríbeme. Sin drogas, sin dinero. Solo placer.








Comentarios
0 comentarios
Inicia sesión para dejar un comentario.
login Entrar